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Poder, valor y respeto: “Parole parole…”


Muchos de nosotros hemos tarareado esa famosa canción italiana en la que un dueto cuenta el final de un amor: el hombre promete y la mujer incrédula le contesta: “palabras, palabras”.

Podríamos pensar que las palabras se las lleva el viento, y que a diferencia de las escritas, permanecen.

No hace mucho, ante un auditorio formado por juristas, mayoritariamente fiscalas y fiscales, defendí el poder y el valor de la palabra. Y el peligro y los riesgos que entraña. A veces las palabras resultan tramposas y esconden alguna intención aviesa, torticera, ofensiva e insultante; constituyen un auténtico reflejo de todo lo que se quiere expresar, transmitir y comunicar.

La palabra es un “arma”. Sí, lo reconozco. A simple vista no invita a la paz ni al perdón ni a la reconciliación.

La primera imagen que nos inspira es muy gráfica: sugiere lucha, conflicto y beligerancia. Adquiere, pues, unas connotaciones negativas dicho término. Estoy segura de que no nos deja indiferentes. Ocurre que “arma” se asocia a poder, a superioridad. A destrucción.

Y de eso voy a hablar en las siguientes líneas. Del valor. Del riesgo, del miedo de esa arma lingüística hoy en día; del poder de la palabra: un genuino adversario para la convivencia en sociedad, para el bienestar colectivo. Se nos olvida muy fácilmente el acomodo ajeno. El pensar en el otro.

Me anima el convencimiento de que tanto lingüistas como juristas –entre otros colectivos que hacemos de la palabra nuestra profesión, periodistas, por ejemplo- hemos de configurar una urdimbre acorde con los tiempos que vivimos, y no podemos hacer oídos sordos a la situación tan grave que están padeciendo muchos grupos sociales, algunos todavía muy marginados y nada visibilizados.

Sabemos que el lenguaje es “un organismo” en constante cambio, se mueve sin parar, se modifica. Es fugaz y caduco. Conocer sus entresijos, matices y el auténtico valor que posee, dota de poder y fuerza al usuario. Ojalá el objetivo fuera cooperar, colaborar y convivir.

Convendría procurar que la palabra sea conciliadora, facilitadora, que tienda puentes y abra puertas, que no atice portazos, ni cierre ventanas, ni levante muros o invente barreras.

Tenemos suerte de contar con el recurso de la palabra…

Pero, ¡ojo! que en no pocas ocasiones esta sobreviene arma arrojadiza, insultante, puro vituperio, auténtico desmán e intransigencia ante lo diferente y lo desconocido. Hemos aprendido que el lenguaje, reflejo de la mente humana y canal de transmisión de pensamientos y emociones, se nos ofrece como un modo de hacer tangibles las acciones. Somos lo que hablamos.

El idioma se convierte en el medio de expresión para hacer patentes ciertas distorsiones que se vienen produciendo con el paso del tiempo: violencia verbal, anomalía en los registros idiomáticos, ambigüedad polisémica.

Somos conscientes de que hay un halago familiar cálido y afectuoso, un reconocimiento y premio que nos llega de la voz del otro como una mano tendida al corazón; una palabra amable sin matiz perverso, sin preminencia hacia el débil al que se quiere someter y subyugar.

Existen otras palabras agresivas, insolentes, procaces y subversivas, desconsideradas, faltas de urbanidad y respeto; se cuelan de malos modos en las relaciones humanas, sociales y profesionales contraviniendo las reglas del juego y del trato: bofetada a mano abierta.

La palabra debe ofrecer al otro el presente y el regalo de nuestra modestia y nuestra discreción, al tiempo que mostramos respeto por su ser, por su esencia humana. La palabra ha de favorecer el respeto civilizado, sin sobresaltos ni gritos hirientes, sin maledicencia.

La palabra lanzada supone que la persona que recibe esa lanza nos pertenece, la hacemos nuestra sin pedir permiso, así, porque sí, porque mando yo o porque lo digo yo.

La sociedad moderna y civilizada se ha de sustentar a partir del respeto a la libertad ajena; tolerar y acallar el acoso por miedo es perpetuar la asimetría jerárquica, supone romper el espejo en el que nos miramos como personas y seres inteligentes con capacidad de amar. Conviene evitar el reduccionismo y ampliar la estrechez de miras. Quitarnos las orejeras y extender nuestro punto de proyección hacia un futuro accesible a todos por igual y poner el foco en la esencia, en lo importante.

El idioma crea y piensa y dirige sentimientos y emociones; recordémoslo. Hablar es hacer y actuar, comportarse con palabras. La mejor forma de trabar conocimiento con el otro, con los otros, sean próximos o no es con el lazo de la palabra.

Nuestras palabras hablan de nosotros. La palabra es producto de nuestros pensamientos que pasan a ser emociones y estas se verbalizan y se muestran en actos concretos. El poder de la palabra puede hacer mucho bien y mucho daño. Socavamos la autoestima, ninguneamos al otro, con el insulto lo hacemos menos digno. El grito erige barreras. Destroza la personalidad.

Algunas versiones de Parole parole se titulan No tengo miedo, El secreto, El pozo, I‘m Not Scared

A buen entendedor, pocas palabras…

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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