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EL PERIÓDICO
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De duelo, palabras y cáncer


Acabo de hablar con un colega de la universidad que con el tiempo se ha convertido en amigo.

En un curso que impartí, él era doctorando y hubo una gran conexión entre ambos; las dentritas nos animaron a sincerarnos a través de las palabras. Y de los gestos. Ambos somos muy de ademanes que no desmanes, señales y gestos elocuentes llenos de significados.

Recuerdo que escribía muy bien y lo sigue haciendo hoy en día. Insistió en que deseaba mejorar su estilo y parece que veía en mí esa varita mágica que ayuda a superarnos en la comunicación. No necesitó de mis consignas. Es un gran profesional.

Me pidió algo al finalizar una de las sesiones: “Pilar, deberías escribir sobre el lenguaje tan eufemístico del cáncer”. Pasmo mío y por qué no, curiosidad.

Cuando se habla del cáncer damos rodeos, utilizamos circunloquios “ha fallecido de una larga enfermedad”, “fulano está malito”, “mengana está delicada”, incluso bajamos el tono de voz y la entonación se convierte casi en leve susurro, como si quisiéramos exorcizar la enfermedad con los decibelios al mínimo. Un lenguaje muy suave y de puntillas.

Y seguramente se hace por respeto al fallecido o a los pacientes o por el miedo particular de uno mismo que puede verse reflejado en esa funesta situación. Oímos la palabra “cáncer” y se nos cuaja el cerebro, sí, en esta ocasión no nos “da un brinco” como ante la pregunta por la recomendación de un libro.

El cerebro se encoge y la sensación de realidad adquiere otra dimensión. Nos han transportado a otro cuerpo, a otra vida. El suelo se abre a nuestros pies y nos sentimos levitar. Nuestro organismo se ha vuelto blando y parece que flotamos.

Yo que soy tan dada a hablar y escribir, me cuesta hacerlo del cáncer y no porque desconozca la palabra “maldita” (¡lagarto, lagarto!) ni el alcance de la enfermedad, sino porque puedo aburrir al personal.

“Pilar, ¿y por qué no escribes también sobre el vocabulario tan beligerante del cáncer?

Y ahí entramos en la lucha contra un adversario al que vamos a ganar, sobre el que vamos a vencer y acabar victoriosos; como si fuera un ser extraño, animado, con pies y patas y una boca que te engulle, nos gritan: “eres una campeona”, “tú puedes”, “eres una superviviente” y así diferentes y variopintas formas que adopta el “ánimo” ajeno y la sorpresa que también llevan encima, porque el susto no nos lo quita nadie.

Muchos especialistas en salud física y mental, aconsejan y casi exigen la palabra: la palabra oral y escrita. “¡¡Habla!! Saca lo que lleves dentro. Dilo todo. Escupe!!”

Ufff. ¡¡Cuánta orden!! ¡Y cuánto esfuerzo! ¡Y cuánto trabajo!

Yo, defensora convencida de que la palabra acerca y tiende puentes, deshace barreras y ayuda a compartir, no lo tengo tan claro en esto del cáncer.

El respeto sí que es necesario. El que quiera que lo cuente, y el que haya decidido echar la persiana, poner cremallera y punto en boca, pues eso…” ¡a otra cosa, mariposa!”

Hacer el duelo: vivirlo con los otros. Para ayudarse a uno mismo y ayudar al resto. Sigo con la duda unamuniana, casi agónica, de empezar a “largar” y no parar. O de quedarme quieta y muda.

Me detiene el tiempo que se necesita, la calma requerida, la cabeza fortalecida y la salud restaurada.

Aunque quizá debería hacer mío el dicho de “no dejes para mañana…” Le daré otra vuelta a eso de escribir, de emplear palabras para hablar del cáncer.

En cualquier caso, el agradecimiento, va por delante, siempre.

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