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Sin Mario y con Lola, algo más de cinco horas de… soledad


Lola Herrera interpretando al personaje de Carmen Sotillo, de "Cinco horas con Mario", obra de Miguel Delibes. Lola Herrera interpretando al personaje de Carmen Sotillo, de "Cinco horas con Mario", obra de Miguel Delibes.

Nunca he leído Cinco horas con Mario (1966). Y a mis años no voy a entonar el “mea culpa” para sorpresa y pasmo de los seguidores del autor…A mí Delibes (1920-2010) nunca me ha entusiasmado. Corrijo: solo El camino, lectura obligatoria de pequeña que me agradó.

Del resto, nada que reseñar. Corrijo. Sí. La película que dirigió Mario Camus en 1984, homónima del libro: Los santos inocentes, me gustó mucho más que el propio texto.

La tan traída y llevada historia del finado Mario resulta una apuesta segura en las tablas y más con Lola, Herrera, se entiende. Esa dama octogenaria, que borda sus actuaciones dramáticas. Firmo ya el mérito de su valía profesional. Indiscutible.

La representación que estos días ofrece el teatro de Bellas Artes, la he visto en varias ocasiones hace años, muchos años y estoy firmemente resuelta a no leer el libro.

Me basta con el monodiálogo, soliloquio, recitación, parlamento, razonamiento… o lo que sea que mantiene Carmen Sotillo con ese Mario que le ha dado tan mala vida. ¡Y que lo digas!

Me alegra comprobar que cada vez hay menos “Marios” y más “Cármenes” dispuestas a reivindicar lo suyo, pero “vivito y coleando” el antagonista… Después de muerto es fácil sacudir al colodrillo de su cónyuge y echarle en cara el abandono al que la ha sometido su desidia y apatía; su abulia.

Una soledad que invade a la protagonista en el escenario tan sobrio y tan lleno a la vez. Porque Mario es un energúmeno, torpe y muy poco avispado; o quizá no sea tan tristón como lo pinta su viuda…

Y de eso van las cinco horas, o más. Muchas más horas que cinco: toda una vida convivida, bueno, mínimamente compartida con un tipo egoísta. Y no es que Lola “se queje”: pues sí, claro que se queja y motivos no le faltan, pero “a buenas horas mangas verdes” que diría el propio novelista.

En cada una de las puestas en escena de esos párrafos, que no parrafadas sino diálogos a varias voces de la garganta femenina que Lola Herrera “vomita” con rabia y furia, a gritos, consigo olvidarme de Miguel, tan localista y tan viejuno, tan rancio con sus argumentos ñoños y melifluos, terruñero, repetitivo y aburrido; soporífero; a veces tremendista, moroso y lento. Ya está aclarado mi escaso entusiasmo inicial.

Y solo veo y escucho a la actriz, rodeada de pocos muebles con el cuerpo presente de su ya “exmarido” podríamos decir, pero rebosante de recuerdos, malos recuerdos, pienso yo…

Una “actoraza” que consigue un sincretismo y una fusión de tal magnitud con Carmen Sotillo que parecen confundirse como si fueran las dos caras de la misma moneda, piel sobre piel. Su lamento quejumbroso se hace corto: parece que quienes asistimos a la función la animáramos a que siga, como en el diván del terapeuta, que lo saque todo y que alivie su pena.

Deseamos vivamente que el muerto siga más muerto que nunca o no: que levante la cabeza y que ella le haga la peineta, pero claro, ese gesto tan desdeñoso queda feo en una señora de clase burguesa de aquellos sesenta.

Creo que esa mujer provinciana debería haber conocido a la Yerma lorquiana, allá por 1934, que se hartó de gritarle, en vida, a su marido Juan. Le gritaba desesperada el derecho a ser madre. Cierto es que pudo haberlo sido, pero los cánones sociales mandaban, y tenía que ser un hijo sacramentado matrimonialmente, si no, para rato Yerma aguanta la taciturnez de su cónyuge, otro apático y abúlico como Mario.

A mí me parece que Lorca creó una fémina muy moderna, autónoma e independiente, que cansada de pedir lo que se le “debía”, quitó de en medio al “instrumento” que podía servirle para sus fines. Sí, Yerma también padeció una terrible soledad, por eso mandó Juan a sus hermanas a que la acompañaran en la casa familiar; más que compañía, vigilancia a la “enloquecida” de la esposa.

Carmen, en cambio, estuvo muy atenta a los movimientos y a los no movimientos de su marido. Pero callaba, se mordía la lengua una y otra vez. Al final, le gritó, vaya si le gritó: ese alarido retumbó en el teatro, pero ni por esas: Mario, impasible el ademán, siguió muerto; ahora bien, el desahogo de Lola quedó impreso en nuestros tímpanos.

Media

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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