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Fácil y muy divertido: un rato de “gala” en el Auditorio


De patio de colegio el día de la fiesta de fin de curso: así era este sábado el ambiente en el Auditorio Nacional de Madrid. Bullicio y ruido entre el público que ocupaba todo el recinto. Ni una butaca libre (bueno, solo las exigidas por la distancia social); lleno hasta la bandera en terminología taurina. Pocos toros y muchos coros.

Expectación y entusiasmo. Se celebraba la Gala de Ópera a cargo de la Orquesta Filarmonía de Madrid. Y voces, muchas voces corales repartidas por el escenario y los asientos laterales. Muy espectacular. De negro y con mascarillas. Todos. Los intérpretes y los asistentes, por supuesto.

Entre “elisiris” y “zingari” anda el juego musical; sonrisas, seguro, y comentarios en voz muy baja, también alguna “lacrima furtiva” que se escapa más allá del escenario, y casi tarareamos con “Carmen” su obertura. Dirigimos con pierna y manos los movimientos que marca Pascual Osa sin dejar de acompañar a Ana Lucrecia García y a Emmanuel Faraldo en alguno de los diálogos que mantuvieron a dúo.

Verdi gusta a todos: cuchicheos al oído a quien tenemos al lado para identificar que Rigoletto “ensalza” a la “donna è mobile”. Imposible mirar el reloj.

El público atento espera la siguiente pieza. “Fígaro” se cuela para compartir con “Norma” unos momentos brillantes: Mozart y Bellini, mis favoritos, sin duda.

“¡Ay! Que esto se acaba, ¿tan pronto?”. Un final, esperable y magnífico: Nessum Dorma sobrecoge siempre.

Pasa una hora, pedimos más, “¡¡otra, otra!!” (sic). Continúa el ambiente festivo.

Como en esas sociedades gastronómicas en las que a la altura del postre, después de una opípara comilona, los cocineros se arrancan a pleno vozarrón: “desde Santurce a Bilbao”. Y llega “Nabucco”…primera propina. El auditorio se mueve balanceándose en sus sitios. Puedo imaginar el silabeo tras las mascarillas, llevados por el deseo de participar en todo el conjunto orquestal. Aplausos y de nuevo, “¡¡otra, otra!!”

“Libiamo” final. Bravísimo. Palmas al compás de la melodía, sentados, y aplausos en pie. Toda una gala operística, puro jolgorio.

Solo faltó entonar, cual colegialas, “qué buenas son las madres ursulinas, que nos llevan de excursión”.

Soy consciente de mi esfuerzo y mi afán por conseguir complacencia en la ópera. Y lo intento con todos los sentidos. Frunzo los ojos hasta lo imposible y abro las orejas…

La gala en el Auditorio no fue ópera dirán los exquisitos: cierto. Pero ofreció una posibilidad a quienes no nos gusta este género de acercarnos a sus “episodios” más famosos y populares. Y no importa si uno va con los deberes sin hacer. Resultó un acto vistoso, lleno de ilusión y entusiasmo.

Lo dicho: facilito y muy divertido. No me canso de repetirlo: la cultura sigue siendo segura.

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