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El origen del hombre y la caída de un estereotipo victoriano: machos promiscuos y hembras mojigatas


Escultura de Charles Darwin en el Museo de Historia Natural de Londres Escultura de Charles Darwin en el Museo de Historia Natural de Londres

El 24 de febrero de 1871 la editorial John Murray publicó en Londres la primera edición del Origen del hombre, el segundo libro sobre la teoría de la evolución de Charles Darwin después de El origen de las especies (1859). Publicados en plena época victoriana, ambos libros han servido para que generaciones de naturalistas hayan sostenido que los machos son promiscuos por naturaleza mientras que las hembras son tímidas y recatadas, un axioma que ya no se sostiene.

El origen de las especies, la obra capital de Darwin, sacudió los cimiento sociales victorianos en 1859, aunque no decía casi nada sobre cómo afectaba la idea de evolución a los seres humanos. Una docena de años más tarde, Darwin se enfrentó directamente con un asunto muy espinoso. En El origen del hombre, Darwin argumentó que todas las criaturas estaban sujetas a las mismas leyes naturales y que, como otros animales, los seres humanos habían evolucionado durante millones de años.

«Debemos, sin embargo, reconocer que el hombre, [...], con todas sus nobles cualidades, [...] con toda su inteligencia semejante a la de Dios, [...] lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen». Ese párrafo revelador es el colofón con el que Charles Darwin cerró el texto de El origen del hombre (1871) en el que el naturalista británico aplicó a nuestra estirpe los postulados evolutivos que había establecido en lo que ya había sido, tras la Biblia, el libro más publicado en todo el mundo, El origen de las especies.

El origen del hombre fue un superventas. Como escribió Cyril Aydon: «Tener el nombre de Darwin en la portada y los monos y el sexo en las páginas interiores, era el sueño de cualquier editor». El libro todavía se considera un hito en la historia de la Biología, aunque, inevitablemente, algunos pasajes sigan pareciendo ofensivos para algunos lectores modernos, especialmente cuando Darwin especula sobre cuestiones de raza y roles de género. También abordó problemas difíciles que continúan provocando debates en la actualidad, como la evolución de las mentes y las creencias morales.

En El origen del hombre, Darwin detalla una teoría que llamó "selección sexual": la idea de que, en muchas especies, los machos luchan entre sí para acceder a las hembras, mientras que en otras especies las hembras eligen machos más grandes o atractivos para copular. La teoría del combate entre machos explicaría, por ejemplo, el desarrollo de los cuernos de un toro o de un alce, mientras que el ejemplo por excelencia de la "elección femenina" se ve en las pavas, que, según Darwin, prefieren aparearse con pavos reales que tienen el mayor tamaño y colas más grandes y coloridas.

Habida cuenta de que encajaba con los prejuicios predominantes de la época, la hipótesis del combate masculino, que presenta a los hombres como agresivos y a las mujeres como pasivas, parecía bastante plausible para los contemporáneos de Darwin. Siglo y medio después, el asunto de que los machos son promiscuos por naturaleza mientras que las hembras son tímidas y recatadas, constituye un axioma tan extendido como insostenible.

Ciertos comportamientos humanos como la violación, la infidelidad conyugal y algunas formas de violencia de género se consideran como rasgos adaptativos que evolucionaron porque los hombres, cargados de testosterona, son lascivos, mientras que las hormonas femeninas, los estrógenos, hacen que las mujeres sean sexualmente mojigatas.

Esas suposiciones se basan, en buena medida, en la anisogamia, es decir, en las diferencias de tamaño y el supuesto coste energético de producir espermatozoides en comparación con los óvulos. Charles Darwin fue el primero en aludir a la anisogamia como una posible explicación de las diferencias entre hombres y mujeres en el comportamiento sexual.

 

El impacto de El origen del hombre se dejó notar en la publicidad española de finales del XIX. En Badalona, los hermanos catalanes Bosch y Grau crearon una bebida que llegaría a ser líder mundial en su tipo: el Anís del Mono. La imagen de Darwin fue incorporada a la etiqueta en una alegoría sobre el parentesco entre humanos y primates. Dominio público.

La breve mención de Darwin se amplió finalmente a la idea de que como los machos producen millones de espermatozoides “baratos”, pueden aparearse con muchas hembras diferentes sin incurrir en un coste biológico. Por el contrario, las hembras, que producen relativamente pocos huevos “caros” que contienen nutrientes, deben ser muy selectivas y aparearse solo con el “mejor macho”. Este, por supuesto, proporcionaría esperma más que suficiente para fertilizar todos los óvulos de una hembra.

En realidad, tiene poco sentido comparar el coste de un óvulo con un espermatozoide. Aunque un macho produzca millones de espermatozoides para fertilizar a un solo óvulo, lo que es relevante es el coste de millones de espermatozoides frente al de un óvulo. Además, los machos producen semen que, en la mayoría de las especies, contiene compuestos bioactivos críticos que son muy costosos de producir. Como ahora también está bien documentado, la producción de esperma es limitada y los machos pueden agotar su reserva de espermatozoides.

A pesar de la promiscuidad de los machos de algunas especies, las aves han desempeñado un papel fundamental para disipar el mito de que las hembras evolucionaron para aparearse con un solo macho. En la década de 1980 se creía que aproximadamente el 90% de todas las especies de aves cantoras eran “monógamas”, es decir, que un macho y una hembra se apareaban exclusivamente entre sí y criaban a sus crías juntos. En la actualidad, solo alrededor del 7% están consideradas monógamas.

Las técnicas moleculares modernas que permiten el análisis de paternidad han revelado que tanto los machos como las hembras se aparean a menudo y producen descendencia con múltiples parejas. Es decir, participan en lo que los investigadores llaman “cópulas extraparejas” (EPC) y “fertilizaciones extraparejas” (EPF).

Las tasas de EPC y EPF varían mucho de una especie a otra, pero el maluro australiano azul (Malurus cyaneus), un ave socialmente monógama, es un magnífico ejemplo extremo: el 95% de las nidadas contienen crías engendradas por otros machos y el 75% de las crías tienen padres ajenos a su supuesto progenitor monógamo.

 

Una pareja de maluros australianos (la hembra a la derecha) un ejemplo de falsa monogamia. Foto.

Esta situación no es exclusiva de las aves: en todo el reino animal, las hembras con frecuencia se aparean con varios machos y producen crías con varios padres. Ahora sabemos, sin lugar a duda que, aunque generaciones de biólogos asumieran que las hembras eran sexualmente monógamas, eso no es cierto.

Los estudios modernos han demostrado que la teoría de que no hay ningún beneficio para una hembra “promiscua” no se cumple en una amplia gama de especies: las hembras que se aparean con más de un macho producen más crías. Entonces, ¿por qué los científicos no vieron lo que tenían delante de sus ojos?

Los escritos de Darwin estaban muy influenciados por las creencias culturales de la época victoriana. Las actitudes sociales victorianas y la ciencia estaban estrechamente entrelazadas. La creencia común era que los hombres y las mujeres eran radicalmente diferentes. Además, las actitudes hacia las mujeres victorianas influyeron en las creencias sobre las hembras no humanas.

Los machos eran considerados activos, ardorosos, combativos, más volubles, evolucionados y complejos. Por el contrario, las mujeres eran pasivas, cariñosas, menos volubles, con un desarrollo equivalente al de un niño necesitado de protección paterna. Se esperaba que las “mujeres como dios manda” fueran puras, sumisas a los hombres, restringidas sexualmente y desinteresadas en el sexo, y esta representación también se aplicó sin problemas a las hembras de todos los animales.

Los prejuicios y las expectativas inconscientes pueden influir en las preguntas que hacen los científicos y también en sus interpretaciones de los datos. Muchos científicos asumieron el indudable “sesgo androcéntrico” de El origen del hombre y vieron la promiscuidad en los hombres y el recatamiento en las mujeres porque eso es lo que esperaban ver y lo que la teoría y las actitudes sociales les dijeron que deberían ver.

Para ser justos, antes de que se impusieran los análisis moleculares de paternidad, era extremadamente difícil determinar con precisión cuántos compañeros tenía realmente un individuo. Las técnicas modernas también contribuyeron a derribar los estereotipos de comportamiento sexual masculino y femenino que habían sido aceptados durante más de un siglo.

La evidencia contraria, la evolución de las actitudes sociales y el reconocimiento de los fallos en la asunción del preconcepto ampliamente aceptado sobre el comportamiento sexual entre machos y hembras, es actualmente objeto de un serio debate científico. El estudio científico del comportamiento sexual está experimentando un cambio de paradigma. Las explicaciones y afirmaciones fáciles sobre los comportamientos y roles sexuales entre machos y hembras simplemente no se sostienen.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.