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EL PERIÓDICO
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La oscuridad de nuestro Siglo de Oro y la “luz” del Siglo de las luces


Pues yo no lo veo tan claro, o sea, tan oscuro como unos cuantos afirman. Y lo hacen sin cortapisas. Así de sinceros y rotundos.

Seguro que son una caterva de afrancesados a los que siempre les molestó nuestro “desorden apasionado”, nuestros poemas barrocos llenos de citas mitológicas e intertextos, una mística arrebatada de nimbos coronados, ese Cervantes enloquecido pugnando en Campo de Criptana o contrito en Sierra Morena, los florilegios públicos que se dedicaban el miope y cojitranco de Quevedo y el calvorota y “nasón” de Góngora, el pugilato entre el ¿austero? y sombrío Calderón y el jacarandoso y libertino Lope, o Tirso que también desde sus hábitos andaba enredando tramas y argumentos escandalosos.

Resulta un tópico repetir que el Siglo de Oro fue lo más nuestro, el traje que mejor se avenía a nuestro carácter e idiosincrasia.

Pero, ¿qué es lo nuestro? Vivir de puertas afuera para ver y que nos vean, para compartir y disfrutar. Para sufrir juntos y llorar unidos. Mezclarnos en un “melting pot”, crisol de culturas, lograr un cruce y una encrucijada en la que caben muchos y muy variados; reír y no sonreír, la sonora carcajada, el grito cercano al oído del próximo, los ademanes propios y roces ajenos, la vorágine y el descanso, las charlas y el silencio, la fiesta y el ruido, la paz y el mar. La montaña. Y la siesta tan denostada y tan necesaria. A quien la prueba, le gusta, como nuestra “dieta”. Carnavales y confesión, comilonas y austeridad, burbujas y agua. Pintura obscena y escultura litúrgica, procesiones y charangas, literatura profana y música sacra.

Lo antiguo y lo nuevo…todo eso y mucho más.

Pero…¡¡Llegamos al “siglo de las luces”!! -que no sé si escribirlo con letra capital o dejarlo capitidisminuido-, ¡ni bombo ni platillo! se merece su anuncio tan bien alumbrado por los franceses, borbones a la cabeza. Me resulta esa centuria un páramo yermo, un secarral: un despoblado inhabitado.

Menos mal que “arribaron” ellos para poner orden y equilibrio a este grupo de desgarramantas españoles que solo sabían de maridos cornudos, doncellas ingenuas, damas arpías, alcaldes replicantes, santos en éxtasis, tabernas mugrientas y bailes procaces…

Gracias a ellos todo se recompuso y volvió a una cuadrícula arquitecturizada por el equilibrio y la sensatez. ¡Pasmada; me quedo de una pieza!

Donde antes afloraba el sentimiento, ahora razón, donde antes brillaba la pasión, ahora razón, donde antes surgía la improvisación, ahora razón…¡¡qué pereza y qué aburrimiento!! Y sobre todo, antinatural y artificioso. Costumbres y maneras se imponían impostadas, incrustadas a fuerza de pico y pala.

Comedimiento nos traían con el deseo de poner puertas al campo y encontramos unas gazmoñerías dignas de quien solo tiene horchata en las venas.

Se acabaron los claroscuros, el contraste, la selva avoraginada, el tenebrismo, el paisaje animado, los personajes arrebatados, las emociones desbocadas…

Con la “luz” de las luces, todo se reduce a una estancia, poco movimiento y mucho entendimiento “lumínico”.

El siglo XVIII tiene cierta sustancia: la de contemplar cómo algunos españolitos de pro, que viajaban por otros lares, venían con el marchamo de “allí fuera, mucho mejor”; son modelos del complejo que siempre nos ha acompañado. Y no me voy a poner patriotera sino crítica.

Resulta fácil conocer otros países y a modo de guía viajera, tan del gusto de la época de aquellos pudientes neoclásicos, poner a caldo a su propio país, sin argumentos, solo describiendo las “lindezas” de los ajenos. Leer a Cadalso aburre, leer a Larra satura, leer a Jovellanos adormece, leer a los Moratín y a Feijóo… ¡Cuántas lecciones de moralina!

De siempre nos ha disgustado que nos sermoneen, que nos apunten con el índice admonitorio. De antes y de ahora.

Aquella luminaria constituía una resma de blandenguerías encorsetadas, normas que ni nos iban ni nos venían. Lecturas de salón palaciego, representaciones de cámara.

Todo muy ordenado…¡¡el orden!! ¿Tanto miedo les daba salirse de la línea? Ya lo decía el lema del Despotismo Ilustrado, “todo para el pueblo pero a este que le ondulen con la permanent…”

Eso sí, fueron muy aplicados en recoger y sistematizar reglas lingüísticas, se afanaron en propiciar educación elitista, y…y…poco más. Desde mi punto de vista cultural, creo que el Siglo de Oro refulge mucho más por lo sombrío y lo sosaina de la centuria que le siguió.

Casi vamos “barranca abajo” con ese siglo enciclopédico: lo único que provocó fueron energías renovadas de volver a lo nuestro, a lo que nos complace. La luz del Oro, de nuestro siglo áureo.

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