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Del “Laberinto” al Congreso: hace 40 años


Guillermo Pérez Villalta. La excavación, 2020. Guillermo Pérez Villalta. La excavación, 2020.

“María Pilar, rápido, al coche: algo ha pasado en Madrid”.

Todavía retumban en mi cabeza las palabras de mi padre cuando aquel lunes, a las 8 menos diez de la tarde, me recogió de mis clases en la universidad de Navarra para llevarme a casa en coche, sin esperar a que yo llegara como siempre en la “villavesa”. Hace 40 años. Y hoy con la distancia espacial y temporal, sonrío… rictus agridulce.

Desde Madrid, donde vivo, me siento “protagonista” de muchos de los acontecimientos que aquí se han producido y que siguen teniendo lugar; estoy segura de que mi padre, si viviera, recordaría ese momento, esta vez, con su hija en la capital.

Escribo con resaca histórica y con nostalgia. También con alegría. Sin ser muy consciente de lo que supone una “comparecencia” real en nuestra ciudad, he recorrido la zona del Congreso. Y lo digo porque para llegar a la Sala de exposiciones Alcalá 31, he tenido que superar varios controles policiales (y no por perimetraje pandémico).

La antigua Calle del Turco (trágicamente histórica por testimoniar el asesinato de Prim en 1870) hoy del Marqués de Cubas, me conduce a la de Alcalá. Un cielo azul, limpio y brillante. Este martes luce un color “psicodélico” como muchos de los cuadros de Pérez-Villalta (1948-).

Me hundo en sus plataformas y me pierdo en el “laberinto” de estructuras montadas para observar libremente la obra de este artista. Cada uno elige por dónde encaminar sus pasos. Las moles pintadas casi se caen encima del espectador: una arquitectura paisajística que nos remonta a Rubens con sus “tres gracias” o al escenario “shakespeariano” de Titus Andronicus.

Subimos y bajamos las baldosas y azulejos trazados geométricamente; suelos en perspectiva, caminos hacia el interior donde amenaza el Minotauro, termas y baños, tan rígidos que simulan sarcófagos casi vivientes, húmedos y silenciosos; si nos fijamos bien, aparece la Venus de Tanhäuser. Recorremos de forma laberíntica el espacio dedicado a una retrospectiva del pintor, y sus figuras, encajadas como muñecos blandos nos invitan a mirar y a seguir mirando: su posición relajada o acomodada al rincón donde se parapeta, tumbada al sol de un paisaje abierto, en reposo casi durmiente…

No se sabe si son peluches de trapo en posturas imposibles, apartados para nuevas caricias…

Dentro de ese “Laberinto artístico”, la imaginación vuela sin mordaza ni bridas que la contengan, como el jinete que monta ciego dejándose llevar casi por el aire.

Moles perfectas, naturalezas clásicas, renacentistas y hombres, muchos hombres que ni se miran ni se tocan; ni se hablan. Están. Caminan. Como comparsa de ese minimalista desequilibrio ordenado. Líneas perfectas y quizá mucho sentimiento, o sueños, imágenes que nacen de una vida muy vital y muy mirada. Estructuras brutalistas: sin aliño ni adorno; lo inservible y residual, sobra; lo importante es entrar y adivinar cómo salir de tantas ventanas planas, andamios vacíos donde pensar, atreverse a vencer al monstruo. Edificios, torres, cúpulas y pináculos: todo quieto, instalado por una mudanza para ser transportado de nuevo.

Poca acción, casi nulo el movimiento, estatismo, soledad en compañía, atenta espera; vanos y huecos sobre mares infinitos. Un “Jardín de las delicias” anquilosado, espectral. Escenografías auténticas para la representación humana en cualquier instante. Escondrijos falsos y recónditos. Imágenes futuristas, celdas que se pueblan sin que nuestros ojos vean a sus moradores, quizá porque ya no son, ya no existen. Prismas y cubos; juego de espejos. La óptica del autor se configura a partir de lo personal para sublimarlo y conformarlo suave y tirante a la vez.

Complejidad de sensaciones. Placer estético, armonía sostenida, cromatismo matizado, seres próximos al visitante y un escenario universal. El mismo teatro del mundo. Planeamos sobre sus visiones personales y sobrevolamos sus emociones. Sin inquietud. No hay dobleces, no se puede torcer: alguna espiral aislada nos sorprende.

De la austeridad a la policromía pero sin explosión de color; todo muy riguroso y severo. Al final, entramos a su propio Laberinto y compartimos el gusto de comprobar que de nuevo, la cultura es segura.

Desandamos el camino por la calle decimonónica, este martes 23 de febrero, y ahora sí me doy cuenta de que el rey va a asistir al Congreso. En Madrid. Hace 40 años.

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