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EL PERIÓDICO
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Los caminos del caminante


Finalizando el mes de enero de 1939, Barcelona está quebrada, madre e hijo, ven que el camino está cortado, largo, vacío, el olor a pólvora y a fuego se hace más intenso, el día es desapacible, están en una finca acomodada, pero el aire huele a muerte, hace frío, descansan la fatiga acumulada en los últimos años, al día siguiente empiezan un nuevo camino, Barcelona parece que va a caer, atrás quedan el viaje que inició en noviembre de 1936, a Valencia, y que está a punto de culminar, por lo demás, toda su vida está compuesta de viajes, de caminos…

La mañana aparece ingrata y húmeda, dolorosa y frágil para las despedidas, bajo un manto de lluvia, desasosiego y frío emprenden el camino. Forman parte de un grupo de personas, señaladas, hundidas por la tragedia, que pretenden abandonar España. En la caravana están Antonio Machado, Ana Ruíz, su madre, con ellos marchan otros familiares como José, el hermano que le sigue en edad, duermen en un pueblo a pocos kilómetros de la frontera, la desazón no cede y los nervios por la situación les mantiene tensos, perdidos, ausentes. La mañana del 22 de enero sigue siendo invernal, toman la carretera que los llevará hasta Port Bou, el paso fronterizo está colapsado, una caravana de coches espera paciente a que se les permita entrar en territorio francés, los gendarmes de frontera hacen gestos hostiles, ponen pegas, todos tienen un presentimiento; allí el camino se acaba, no les permitirán llegar a su destino. Todo parece arreglarse pero tienen que dejar los coches y pasar andando. Madre e hijo, acceden, se apean, dejan las maletas, se miran con profunda tristeza y recuerdan las tardes de domingo en la calle General Arrando de Madrid, donde se reunían los hermanos a escribir obras como: El hombre que murió en la guerra, La Lola se va a los puertos…, allí quedaron sin terminar varios manuscritos.

Los gendarmes fronterizos, desbordados, analizan los pasaportes, consultan y rompen la moral de ese grupo formado por enfermos, ancianos, mujeres y criaturas. No son los primeros que han decidido exiliarse, tampoco los últimos, las horas pasan, miran atrás y observan como la caravana crece. Tras mucho tiempo de espera paciente y densa logran atravesar el puesto fronterizo.

Atrás queda Barcelona, a punto de ser ocupada. Ninguno de los dos; Ana y Antonio, gozan de buena salud, pero no queda otra, caminar…, existe el temor más que fundado que, tras tomar Madrid, con la victoria de los sublevados, habrá revancha contra los que no piensan como ellos, Manuel, el hermano mayor de Antonio, lo sabe bien.

Al fin llegan a Cerlére, primer pueblo francés. Van ligeros de equipaje, aún así su paso es lento por la fatiga, el sufrimiento y el desánimo. Sus pasos, ahora, se encaminan hacia el Rosellón.

Durante el viaje madre e hijo hablan de sus antepasados, los Álvarez Guerra, nacidos en Zafra, su bisabuelo José, experto en agricultura, filosofía y matemáticas, fue el primero en escribir en España cobre el krausismo y fue militar en 1808.

El abuelo Antonio, catedrático de medicina en la universidad de Sevilla. En aquella ciudad se inició su primer camino, fue en tren y llegó a Atocha, llegaron tras ganar el padre, abogado y folklorista conocido por Demófilo, la catedra de zoografía.

Sus profesores en Madrid fueron, entre otros; Giner de los Ríos, Joaquín Costa, Bartolomé de Cossio, recuerda a compañeros como Julián Besteiros, y la vida bohemia y bullanguera de ese Madrid que respiraba hondo la luz y la alegría. Luego llegaron los pinitos en el teatro y otros pequeños trabajos y le siguió el salto camino a París y el trabajo como traductor.

Camino entre letras, su primer libro: “Soledades”, y un nuevo camino hasta Soria, para ejercer de profesor de francés, allí viajó con letra sobre papel por los “Campos de Castilla”. Caminó en ambiente frío hasta dar con Leonor, que le cambió el paso, luego la zancadilla; la muerte se vistió de niña. Un nuevo camino, esta vez a Baeza, se siente dolido y solitario, se margina su imaginación, tal vez, por los cerros de Úbeda. Estudia para caminar más aprisa, filosofía.

Un nuevo camino esta vez le acerca a Segovia, se cartea con su nuevo amigo, un tal Federico, joven poeta granadino, da un buen paso, participa en la puesta en marcha de la Universidad Popular Segoviana.

Parece que el camino ensancha, es nombrado académico de la RAE, aunque no toma posesión y de ahí, la esencia, el gran secreto de su existencia; Guiomar (Pilar), con quien desea hacer camino y lo consigue a duras penas.

En abril del 1931, le reclaman para izar la bandera tricolor en el balcón del ayuntamiento de Segovia. A partir de ahí los pasos fueron zancadas, con menos poemas y más problemas.

Al fin consigue caminar con firmeza por Madrid, donde ha ganado la catedra, Luis Santullano, de la secretaría del Patronato de las Misiones Pedagógicas, le designa para organizar el teatro popular, deja en un linde del camino la poesía y busca la prosa y la dramaturgia como compañeras de viaje. Sus otros compañeros de viaje ya los conoce: Cossio, Giner de los Ríos, Casona…

Llegan momentos de obuses y pólvora, el ambiente se enrarece, huele a odio y sangre. Le piden sus amigos poetas que deje la capital, se resiste, al final, sus hermanos José y Joaquín le convencen y parten hacia Valencia, en Rocafort se instalan. Recuerda la insidiosa despedida a su amigo Federico con la elegía: El crimen fue en Granada. Decae su ánimo, su espíritu está herido.

En el viaje sigue recordando su infancia en la Sevilla que le vio nacer y que tras su partida con pocos años, solo una vez regresó a ella. Recuerda el palacio de las Dueñas, que le vio crecer.

Llegan al fin a Colliure, el poeta está rendido, toman una habitación en la pensión Bourgnol-Quintana, se instala como puede, ligero de equipaje pero con el pensamiento abierto al recuerdo, con ganas de rememorar a sus compañeros de antaño: Al profesor de gimnasia Juan Mairena y a su maestro Abel Martín, de entre sus 33 seudónimos que usa en sus artículos hay uno que le sigue resultando gracioso, el de Antonio Machado, un hombre que nació en Sevilla en 1895, 20 años después que él y murió en Huesca una mañana cualquiera de un día cualquiera.

Los seudónimos intentan abrirle paso para que siga el camino y siga haciendo historia en la literatura, pero Antonio no puede, toma pocas notas, la desesperanza ha anidado en él.

La gente en ese pueblo francés es buena, saben quien es y le ayudan en lo que pueden, pero él no se siente con fuerzas para caminar más.

Al fin, el 22 de febrero, el miércoles de ceniza de 1939, deja el camino a un lado y descansa para siempre.

Tras su muerte, José, su hermano encontró un papel en uno de sus bolsillo con una nota manuscrita que decía: “estos días azules y este sol de la infancia”

Ese pensamiento formó parte del deseo de forjar los últimos caminos…

Aquel día, al entierro de la sardina fueron todos sus seudónimos y heterónimos, hasta el otro Antonio Machado 20 años más joven, no hubo plañideras, donde ellos estaban solo se les escuchó recitar estos versos:

Caminante, son tus huellas/el camino y nada más;/Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar./Al andar se hace el camino, /y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar./Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.

Ergónomo PhD. Profesor del Master Prevención de Riesgos Laborales en Suffolk University Campus Madrid. Sindicalista. Dramaturgo y Escritor. Vicepresidente del Colectivo de Artistas Liberalia. Guionista y conductor de los programas de radio: Mayores con reparos, Salud y Resistencia y El Llavero.