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“A las flores”: un soneto de Calderón de la Barca cerca de la Gran Vía


Estas que fueron pompa y alegría

Despertaron al albor de la mañana…

Una de las imágenes emblemáticas y marca de la casa capitalina es la Gran Vía tan inspiradora de canciones modernas, películas “bestiales”, doctorales y culturetas.

Paseo obligado de viandantes decimonónicos, “testiga”, como dijo la inefable Chus Lampreave en la almodovariana Mujeres, de manifestaciones trabajadoras, carrozas reales y desfiles “orgullosos”. Y muchos visitantes, muchos.

Fotos e imágenes de antaño y de ahora. En blanco y negro, sepia artístico y colorines diurnos y nocherniegos.

…A la tarde serán lástima vana

Durmiendo en brazos de la noche fría.

Uno siempre quiere pasar y pasear por esa calle tan grande y tan ancha, sobre todo ahora que se han reducido los carriles para motores de variada cilindrada.

A mí me gusta asomarme a esta Vía desde la esquina de la calle del Barquillo y dejar a mano izquierda el edificio que alberga la sede del Instituto Cervantes; desde ahí contemplo el Círculo de Bellas Artes y recuerdo sus famosas escaleras exteriores instaladas en plena fachada para acceder, ante la mirada de los curiosos, al baile de máscaras, o la Cibeles, siempre reposando en su “trono” protegido por leones y lejos, la puerta de Alcalá, “mírala, mírala”.

Este matiz que al cielo desafía,

Iris listado de oro, nieve y grana,…

Subo un tramo y miro con nostalgia literaria las calles de Hortaleza y Fuencarral. Me interesa alcanzar la Carrera de San Jerónimo: unos leones, otra vez, distintos de los que “conducen” a la diosa, estos salvaguardan la democracia, creo.

Se oye bullicio que llega de la Puerta del Sol pero yo tengo una cita en la calle del Príncipe: me espera el “constante” en el Teatro de la Comedia.

…será escarmiento de la vida humana:

¡tanto se emprende en término de un día!

Acudo con ganas y con miedo. Tengo muy mal recuerdo de ese soneto dedicado “a las flores”.

Aunque no soy muy calderoniana, estudié su obra con fruición e interés, incluso le dedico varias sesiones a explicarla y comentarla en mis cursos de Literatura, pero algo había en esos 14 versos que se me escapaba.

A florecer las rosas madrugaron,

Y para envejecerse florecieron,

Cuna y sepulcro en un botón hallaron.

Cuando leí la “comedia famosa” de El príncipe constante, me dejó perpleja un soneto en apariencia de fácil comprensión y entendimiento; pues no, ocultaba secretos insondables que yo en mis tiempos de estudiante no supe ni intuir ni adivinar. Por eso no pierdo la ocasión de acudir a la representación que el dramaturgo áureo escribió en 1629.

Tales los hombres sus fortunas vieron:

En un día nacieron y espiraron;

Que pasados los siglos horas fueron.

Planteamientos neoestoicistas del cristianismo, dudas existenciales, agonía por dentro y por fuera, tres “jornadas” sobre el libre albedrío, fundamentos éticos, salvación o condena, privación, esclavitud y muerte. Fe, defensa del valor constante. Superación de la adversidad. Intenso, muy intenso. Por eso yo no pispé la enjundia de los “florales” cuartetos y tercetos.

Garcilaso de la Vega me resultaba más digerible, San Juan de la Cruz cargado de mística o el mismo Góngora con todo su culteranismo. Pero me di de bruces con la pompa, el albor, la noche fría y el botón sepulcral.

Algo cambió en el recinto dramático.

Cuesta entrar en el texto, a menudo plúmbeo del autor madrileño, exige los cinco sentidos del espectador y alguno más también.

Por eso, la puesta en escena suele estar exenta de parafernalia que distraiga de la palabra. En esta ocasión, lucen trajes de chaqueta actuales solo con algún elemento distintivo que nos retrotrae a la época en que se escribió el argumento histórico.

Austeridad y sencillez en el escenario: no cabe otra que atender lo que nos dicen a lo largo de dos horas.

Tengo las ideas más claras: don Pedro condensó los principales conceptos de filosofía, religión y política que marcaron el barroco en esos endecasílabos: un manual de actuar áureo con visos del más genuino presente.

Salgo a la calle: diluvia. El ambiente está limpio y las luces se reflejan en el asfalto de esa Gran Vía cuyo aspecto cambia de nuevo. Hay que recogerse pronto pero aún queda tiempo para contemplar el Círculo de Bellas Artes, la Puerta de Alcalá, lejana y lluviosa y encarar la calle del Barquillo. Contenta. Muy contenta. Retumban las “flores” noctámbulas que Calderón compuso.

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