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Un nacionalismo peculiar: el tercer carlismo


Carlos de Borbón y Austria-Este. / Wikipedia. Carlos de Borbón y Austria-Este. / Wikipedia.

Por "tercer carlismo" nos referimos al movimiento desarrollado entre 1868 y 1876 por los legitimistas españoles. Su nuevo pretendiente, Carlos VII, fue presentado entonces como la solución para evitar el ”desastre nacional” derivado de la revolución democrática de 1868. Políticamente, al contrario que los realistas de inicios del siglo XIX, que se habían concentrado en defender las instituciones tradicionales tal y como se encontraban entonces, la nueva generación de carlistas defendió que bastaba con restaurar " su naturaleza". De esta manera resultaba más importante la esencia de las Cortes y de los municipios, que el modo de formar aquellos cuerpos. Las leyes debían adaptarse a las nuevas realidades sociales del siglo XIX pero inspirándose y respetando el espíritu de las leyes fundamentales, ya que los carlistas no creían en constituciones de raíz liberal. Y, por otra parte, no resultaba necesario resucitar íntegramente la legislación del Antiguo Régimen que, por la marcha de los tiempos, se había transformado en obsoleta.

No obstante, en pleno auge del nacionalismo liberal, los carlistas tuvieron que dar también su definición de nación. En su opinión, había que volver a los principios que la habían definido la durante siglos, combinados en sus aplicaciones prácticas con las exigencias y progresos legítimos de la época, como escribió Bienvenido Comín, secretario de Carlos VII, en 1870. Otro escritor carlista, Benítez Caballero, acusó a los liberales de todos los matices de pretender constituir la Nación española como si la patria de los Reyes Católicos hubiera esperado catorce siglos la venida de los liberales para constituirse. Pero si esa idea para sus adversarios podía resultar lógica -ya que ellos no creían que Dios era el auténtico creador de la constitución histórica de España por medio de los hombres- para los carlistas resultaba inaceptable.

El periódico "El Cuartel Real" señaló que el único partido nacional era la Comunión Carlista. Los carlistas eran los únicos españoles verdaderos, confirmó el catalán Alier y Sala en su folleto El partido carlista y la revolución española, en 1872. Carlista y nacional fueron, pues, palabras sinónimas como subrayó el periódico El Eco del Bruch y el general Marconell, por lo cual, resultaba imposible que España fuera la patria de los liberales.

A finales de 1872, los carlistas se alzaron nuevamente a la lucha armada y ésta fue presentada como guerra a ultranza contra el extranjero –Amadeo I de Saboya, la masonería, el internacionalismo- y quienes lo defendían: las familias políticas liberal-demócratas. La Nación apareció de nuevo definida por el catolicismo pero también por el amor exclusivo. El respeto a la tradición nacional no fue incompatible con cierta xenofobia, aunque muy matizada, pues al ejército carlista llegaron voluntarios franceses, portugueses, alemanes e italianos a combatir junto a los españoles.

El nacionalismo de los tradicionalistas les hizo añorar la imagen de una nación admirada como en la época de los Reyes Católicos y los Habsburgo. Su sueño imperial hizo que los carlistas lucharan contra el abandono de Cuba, soñaran con la reconquista de Gibraltar e, incluso, de Portugal. No obstante, ese singular nacionalismo español tenía también sus límites para algunos oradores tradicionalistas. La salvación de la sociedad les debía llevar, señaló Artiñano y Zuricalday, a mirar más allá de España. Si la revolución era un fenómeno internacional, había que organizar una internacional restauradora. Se trataba de fundar una nueva nacionalidad sobre la idea católica universal, ante la cual desaparecerían las fronteras, se acabarían las naciones y el porvenir sería de las razas. Entre ellas, la latina podía ser la dirigente del mundo, soñaron algunos escritores carlistas, cuyas ideas no fueron totalmente asumidas por todos sus compañeros de viaje político, ya que, en el fondo, herían el concepto de Nación española.

Tras el fracaso militar carlista en la Tercera Guerra (1872-1876), se asentó nuevamente la Monarquía constitucional en España con la llamada Restauración borbónica (1875-1931), en donde sus apoyos afianzaron el concepto conservador-liberal de Nación como se puede comprobar en el discurso sobre la Nación que Cánovas del Castillo pronunció en el Ateneo de Madrid en 1882. Para Cánovas, ésta era un instrumento necesario de la Providencia y de progreso, siendo una agrupación necesaria para desarrollar la civilización y el progreso humano. Sin las naciones, la sociedad humana estaría despedazada en tribus, en ciudades, en particularismos feudales, sin capacidad para acometer ninguna gran empresa como la expansión colonial. El proceso de formación de los Estados-Nación en el siglo XIX, en su opinión, era el gran movimiento del momento. No mostró entusiasmo por ello, pero aceptó pragmáticamente el hecho como parte del avance de la civilización, de la ley del progreso, en la que creyó firmemente.

La Nación española era un conjunto de “gentes por muchos siglos unidas, idénticas en tradiciones, costumbres y opiniones, e indisolublemente enlazadas por fructíferas relaciones de todo linaje”. La voluntad de los hombres era el componente de la Nación en su origen, pero tras numerosos siglos de Historia, las naciones no se podían cuestionar y deshacer en un solo día. La Nación entendida como vehículo de una finalidad superior, civilizadora o religiosa, estuvo también presente en las versiones conservadora del nacionalismo catalán y vasco. Pero, a diferencia del pensamiento canovista, afianzaron la idea romántica de la Nación como comunidad de factores heredados e irrenunciables, como la raza, la sangre, la etnia, lo cual conllevaba la superioridad de unas naciones, razas y pueblos sobre otros.

Sin embargo, el proyecto nacionalista liberal no llegó a completarse en el siglo XIX. El lento desarrollo de un mercado verdaderamente nacional, el fracaso nacionalizador del sistema educativo, entre otros factores, no llegaron a fomentar una profunda conciencia nacional. La tenaz resistencia a la uniformidad nacional de los tradicionalistas, sobre todo en el País Vasco y Navarra, resultó excesivamente intimidatorio para el nacionalismo liberal, que se impuso en las tres guerras carlistas pero continuó respetando, pese a las actuales leyendas políticas, unos especiales privilegios fiscales que nunca llegaron a superarse.

Para saber más:

José Álvarez Junco, Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Taurus, 2002.

José Luis Comellas, Cánovas del Castillo, Ariel 1998.

Antonio Moral, Las guerras carlistas, Sílex, 2006.

Doctor en Historia por la Universidad de Alcalá y especialista en la etapa contemporánea. Ha ejercido como profesor universitario y ha escrito numerosos artículos sobre cine e Historia Contemporánea en diversos medios.