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EL PERIÓDICO
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El Manifiesto del Frente Popular


Este 16 de febrero, una vez más, he tenido la suerte de que la Agrupación Ateneísta Juan Negrín y la sección de Literatura del Ateneo de Madrid me invitaran a participar en una mesa redonda en el salón de actos de dicha institución.

En ella quise transmitir la importancia que tuvo el Manifiesto del Frente Popular como elemento unificador y como programa de mínimos, y sobre todo quise encuadrarlo históricamente.

Como se sabe, el Frente Popular fue una coalición de centroizquierdas, que nace en 1935 con el fin de ganar las elecciones de febrero de 1936 como reacción a la gran crispación, la crisis económica y el dominio de la derecha que se había materializado en España tras las elecciones de 1933.

Estaba compuesto por un amplio espectro de partidos que son capaces de llegar a un acuerdo de mínimos que frenara a la intolerante derecha. Se podría decir que estaba formada por dos grupos bien diferenciados:

- La izquierda burguesa o partidos republicanos, como la Izquierda Republicana (IR), fundada en 1935, por Manuel Azaña, Giral y Casares Quiroga, como resultado de la fusión de varios partidos republicanos (la antigua ORGA, el partido Radical-Socialista independiente entre otros); o la Unión Republicana (UR), fundado por Martínez Barrio, en septiembre de 1934, como fusión de varias formaciones con idea de recomponer la unidad republicana (recordemos que Martínez Barrio había sido la mano derecha de Lerroux dentro del partido Radical).

- Las formaciones obreras como el partido Socialista Obrero española (PSOE), fundado por Pablo Iglesias en 1879, siguiendo las directrices de la Primera Internacional. Durante la República sus principales dirigentes fueron Indalecio Prieto, Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero. Otra de sus ramas más importantes sería la Unión General de Trabajadores, sindicato obrero (UGT), y creada en 1888, de la que formaba parte la Federación Nacional de Juventudes Socialistas o el partido comunista entre otras. Incluso, los anarquistas se mostraron menos beligerante, aunque no participaron.

Encuadremos el movimiento dentro de lo que estaba ocurriendo en ese momento. Las fuerzas conservadoras triunfaron en las elecciones de 1933, ralentizando cuando no paralizando gran parte de las principales reformas (agraria, religiosa, educativa, laboral) llevadas a cabo por el bienio progresista. Las izquierdas sienten que los sectores conservadores frenan las aspiraciones de la clase trabajadora.

La CEDA exige la incorporación de tres ministros al gobierno, lo que se interpreta por la izquierda como un giro hacia el fascismo, lo que provoca manifestaciones en contra. Se produce la revolución de Asturias (1934) y la proclamación de la republicana catalana (Lluís Companys). Ambos levantamientos, mal coordinados y organizados son sofocados con una dura represión, la disolución de la Generalitat, el Estatuto de Cataluña, y la de muchos ayuntamientos. Se clausuran sindicatos y se detienen a miles de opositores. Al año siguiente, diversos escándalos de corrupción (estraperlo o caso Nombela). El gobierno conservador cae y que el presidente de la República disuelve el parlamento y se convocan elecciones; no aceptándose la oferta de Gil Robles de formar gobierno.

Así pensaba Gil Robles de la República:

“Hay que ir al Estado nuevo y para ello se imponen deberes y sacrificios. ¡Qué importa si nos cuesta hasta derramar sangre!… Necesitamos el poder íntegro y eso es lo que pedimos… Para realizar este ideal no vamos a detenernos en formas arcaicas. La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento, el Parlamento se somete o le hacemos desaparecer”.

Pero más aún, durante bienio negro, la CEDA consiguió 270.000 permisos de armas para sus afiliados.

Las izquierdas por su parte miran de reojo lo que pasaba en Francia. Allí, el partido comunista y el partido socialista pasan de las utópicas de un frente único, a la unidad de acción, que los llevará a finales de 1934 a proponer: “la construcción de una alianza entre las clases obreras y medias”, lo que dará origen al Frente Popular francés.

En España se siente que hay que hacer algo parecido ante la deriva de la CEDA, falange y el resto de las fuerzas fascistas, lo que lleva a que a finales de 1935 se llegue a un acuerdo de mínimos en las reivindicaciones y un reparto en las listas electorales que consiguió aparcar las discrepancias. Se había conseguido unir a los moderados de izquierdas, a los centristas, a las opciones socialistas e incluso a los comunistas.

José Diaz, secretario General del partido Comunista afirmará: “La lucha no está planteada en el terreno de la dictadura del proletariado, sino en el de la lucha de la democracia contra el fascismo, como objetivo inmediato” y también “la lucha no es hoy de clase contra clase, sino de cultura contra barbarie”.

En palabras de Santos Juliá, se encendió: “en aquella mitad de España que se sintió derrotada en las elecciones de 1933, la esperanza de un nuevo triunfo, inspirada no tanto por lo que el pacto decía, sino por el simple hecho de decirlo”. El manifiesto del Frente Popular aparece sólo un mes antes de las elecciones de 16 de febrero de 1936 (firmado el 15 de enero de 1936 y publicado, un día más tarde, en el periódico El Socialista). Se trata de un programa electoral que establece las bases y los principios de unidad y sus metas políticas, siendo el compromiso de distintas fuerzas firmantes para recuperar el impulso reformista del primer Bienio (1931-1933).

El Manifiesto fue redactado por una comisión electoral integrada por todos los firmantes. El proceso hasta llegar al acuerdo fue complicado. Todos tuvieron que hacer concesiones, pero primó el deseo de crear una alternativa a la derecha de la CEDA de Gil Robles.

El pacto tiene como base una declaración de objetivos comunes, que los firmantes se comprometían a llevar a término en el caso de conseguir ganar las elecciones y lograr una mayoría en las Cortes. Por encima de los intereses partidistas estaba la voluntad lograr la meta, procurando agrupar el espectro más amplio posible como queda reflejado en el preámbulo:

Sin perjuicio de dejar a salvo los postulados de sus doctrinas, han llegado a comprometer un plan político común que sirva de fundamento y cartel a la coalición de sus respectivas fuerzas en la inmediata contienda electoral y de norma de gobierno que habrán de desarrollar los partidos republicanos de izquierda, con el apoyo de las fuerzas obreras, en el caso de victoria”.

Las principales reivindicaciones acordadas son:

- Amnistía para los represaliados de 1934. Lo que propicia que los anarquistas, aunque no firmaran el acuerdo, no se mostrasen beligerantes.

- Fomento del sistema de la educación pública.

- Reforma del sistema de propiedad agrario.

- Reforma de la industria que fomentara el saneamiento financiero y la investigación.

- Aumento de la obra pública, como medio para salir de la crisis.

- Reestructuración del sistema bancario. Recuperación y desarrollo de las libertades autonómicas.

Pero los grupos obreros quisieron manifestar su posición, más allá del acuerdo firmado. Por ejemplo, en el Manifiesto se dice en el punto IV: “Los republicanos no aceptan el principio de la nacionalización de la tierra y su entrega a los campesinos, solicitado por los delegados del partido socialista” y en el punto VI: “No aceptan los partidos republicanos las medidas de nacionalización de la Banca propuestas por los partidos obreros”.

Este acuerdo creo esperanza en una gran parte de la población que estaba cansada de corrupción y estrecheces, pero sobre todo un profundo deseo de libertad, lo que llevó al Frente Popular a la victoria el 16 de febrero de 1936 y a la recuperación de los valores y principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad que había llevado al establecimiento de la II República.

Funcionario del Cuerpo de Gestión de Sistemas e Información de la Administración General del estado. Actualmente destinado en el Ayuntamiento de Madrid como jefe de Unidad en la subdirección general de Comunicaciones del Organismo Autónomo Informática Ayuntamiento de Madrid (IAM). Doctor en Historia e historia del arte y territorio con la tesis “Masonería y Política en Madrid (1900-1939). Miembro del Centro de Estudios históricos de la Masonería Española (CEHME). Miembro del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid. Libros: La quema de conventos de mayo de 1931 en el Madrid republicano. El anticlericalismo de la gasolina y la cerilla. Saarbrücken, Academia Española, 2015, y La masonería madrileña en la primera mitad del siglo XX. Madrid, Sanz y Torres. 2019.