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Alberto Corazón, ingeniero del signo


Alberto Corazón, diseñador gráfico, pintor y escultor. / PABLO ALMANSA. Alberto Corazón, diseñador gráfico, pintor y escultor. / PABLO ALMANSA.

Muere en Madrid el impulsor del diseño editorial, gráfico y la señalética en España.

La muerte de Alberto Corazón Climent (Madrid, 1942- 2021), editor, escritor, diseñador gráfico e industrial, pionero de la señalética en España y académico de Bellas Artes, es una pérdida intelectual de grandes proporciones para la creación gráfica en España. Su desaparición conmueve la memoria de un segmento de la generación de intelectuales y artistas españoles, nacidos en la posguerra franquista, que consiguió emancipar y trascender los férreos límites impuestos a la imaginación, al pensamiento y a la creatividad por aquel régimen liberticida. La característica principal de la propuesta intelectual de Alberto Corazón puede ser contemplada más que como una meta específica, como toda una rica senda ascendente de logros expresivos. Senda que fue trazando laboriosamente sobre la escena cultural española con su rica y plural obra gráfica y plástica, mediante una evolución progresiva hacia rangos de expresividad cada vez más plenos.

Fueron estos pasos los que le guiaron desde la Tipografía y las Artes Gráficas a la edición y el diseño editorial a la crítica de la Cultura, al diseño gráfico luego, con posterioridad, al diseño industrial, para encauzar una propuesta propia hacia la Señalética y culminar en la Escultura y, al cabo, la Pintura. Su más honda singularidad residía en la extraordinaria desenvoltura que mostró a la hora de integrar, vertebradamente, estudios, conocimientos y oficios en una mixtura erudita que él supo insertar, de manera magistral y única, en esa frontera lábil y bella existente entre la palabra escrita y la imagen; entre el texto y el símbolo; entre los significados y los significantes, a cuya fusión armoniosa, temperada y prolífica, tendió en casi todas sus obras. “Su ideal fue siempre el de interpretar la palabra escrita de los textos mediante imágenes”, explica su amigo el artista plástico Enrique Cavestany, que evoca el libro que su amigo tituló El mapa no es el territorio, donde hizo cristalizar, de una forma sistematizada, sus proposiciones textuales y sígnicas, por desvelar los arcanos de la representación gráfica en cuyo desencriptamiento se involucró valientemente.

Poderoso entusiasmo

Dotado de un potente estro que algunos conocedores de su obra califican de poético, anidaba en Alberto Corazón una pulsión más que didáctica, comunicativa, altamente expresiva, presidida por un poderoso entusiasmo por contagiar de su saber, generosamente, a cuantos sintonizaran siquiera un ápice con la longitud de onda de su enorme talento, señala Cavestany.

Nacido en el seno de la familia de un comerciante de textiles de lana con tienda en uno de los accesos a la madrileña Plaza Mayor, fueron quizá los ricos tintes y la policromía de las madejas los primeros vehículos que estimularon su vocación plástica, en la base misma de su sensibilidad expresiva. Estudiante en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Complutense, en los procelosos años sesentas el campus universitario más politizado del país, Alberto Corazón se impregnó, documentadamente, del potente criticismo sociopolítico allí existente. Y lo hizo de modo que su arquitectura ideológica halló en la atmósfera que se respiraba en aquel reducto de libertad –defendido a pedradas contra la policía política franquista y la Policía Armada-, algunos de los principales valores y referencias éticas que a partir de entonces acompañarían e inspirarían su riquísima obra creativa. Eso sí, acompañada tal vivencia por un respeto profundo y consagrado al estudio, a la fundamentación documental y al debate, “en el que le distinguía la naturalidad de su pensar y la facilidad con la que sabía comunicarlo”, asegura Enrique Cavestany.

Aquella casi certeza generacional en la omnipotencia de las ideas de sus años estudiantiles -su jovial cercanía al Partido Comunista de España y a los sindicatos era entonces una constante-, configuraría en él la entidad intelectual de su personalidad, vector muy semejante al que perfilara el talante empirista de los jóvenes del XVIII de la Europa ilustrada. Si bien las Luces habían llegado potentemente a España en su día, de la mano, entre otros, de los Cabarrús, Ensenada y Floridablanca, en sus discurrir histórico, espadones, validos e intrigantes, además de nobles analfabetos, se encargaron de apagarlas con su secular oscurantismo. Corazón recobraría, junto con algunos exponentes de su generación como el crítico de Arte Valeriano Bozal o el poeta Carlos Piera, aquella herencia ilustrada manifiesta en la versatilidad de sus saberes, en su fértil sincretismo y en un racionalismo cartesiano jugosamente enriquecido, entonces, por la dialéctica marxiana.

Mas todo ello sin alejarse un ápice de la sabiduría sustantiva, matérica y artesana, sobre la que había cimentado la posibilidad de expandir su ímpetu comunicativo; era la misma destreza que le otorgaba una extraordinaria cualificación para adentrarse desde la teoría en la práctica y remontar desenvueltamente el circuito inverso; y lo hacía mediante el despliegue de todo tipo de recursos expresivos, para materializar con ellos las ideas gracias a una jugosa paleta cromática siempre afinada y refinada conceptualmente por su extensa cultura.

Poco a poco, su pulsión comunicativa le había guiado primero hacia el mundo de las Artes Gráficas y al de la edición –Ciencia Nueva sería una de las editoriales que impulsó y Alberto Corazón, Plaza Mayor, 30, su propio sello-, donde podía asumir desde la redacción hasta la composición de los textos, además de la confección y hechura de las portadas, técnica ésta en la que comenzó a sobresalir para ocupar la preeminencia del gremio junto a portadistas consagrados como Daniel Gil, al que Alberto Corazón consideraba un maestro.

Tras ampliar estudios en una célebre escuela de diseño de la ciudad escocesa de Glasgow, donde brillaba la estela de un McIntosh, y visitar durante fructíferos períodos la Italia donde imperaba la teoría del diseño del pionero Bruno Munari y de Gillo Dorfles, Alberto Corazón completó su formación, desde la que accedería a un cosmopolitismo insólito hasta entonces en el mundo de los ilustradores y diseñadores españoles. En él anudaría enjundiosas relaciones profesionales y de él recibiría numerosos reconocimientos y galardones, como la Medalla de Oro del prestigioso American Institute of Graphic Arts.

Arte conceptual

Pronto se adscribiría al arte conceptual, “del cual fue un exponente típico”, señala Enrique Cavestany. Ambos compartieron cincuenta años de amistad. “Amistad profunda, afectuosa y solidaria, si bien no implicaba, en absoluto, que supusiera afinidad ni coincidencia de ideas”, precisa. “Accedió al mundo de la creación desde una cultura fecunda, documentada y erudita que, si bien le acreditaba con creces para desplegar el pensamiento teórico, se asentaba sobre amplios conocimientos de la cuatricromía, la fotomecánica, la tipografía y la cromática, entre muchos otros”. Para su amigo Cavestany, “cuando Alberto desarrolló sus diseños gráficos, tan solo aquí se hallaban a su nivel unos pocos diseñadores como Pepe Cruz Novillo o los catalanes Enric Satué y Francesc Torres”.

En 1989 obtendría Alberto Corazón el Premio Nacional de Diseño. Su ferviente creatividad incorporaba una versatilidad admirable. Su pasión por la Comunicación visual no tenía parangón en España, al decir de algunos críticos de Arte. Tras involucrarse en una exhaustiva documentación, que no desdeñaba incluir el estudio de las motivaciones de sus clientes tanto institucionales y en menor medida, privados, se volcaba en hallar la expresión más depurada de que le fuera demandado. Era capaz de idear desde el logotipo de un Ministerio del Estado hasta la completa señalización del tráfico de la Isla de Mallorca. Son suyos los logos de la ONCE, Editorial Anaya, Paradores Nacionales, Ferrovial, Universidad Autónoma de Madrid, SGAE, Casa de América, Círculo de Bellas Artes, la Fundación Francisco Umbral, Junta de Andalucía, entre muchos otros... En su obra de diseño industrial, ideó el modelo de teléfono Domo, para la compañía Telefónica, o la imagen e identidad corporativas de la Biblioteca Nacional, con sus hitos luminosos que nombraban sus secciones. De su estudio madrileño surgieron miles de anagramas, emblemas, cartelería, sellos y toda una jugosa panoplia gráfica, con una originalidad y una calidad sin par. Y ello sin descuidar su perenne vocación por el estudio incesante de la Escultura y la Pintura, donde recaló en la última fase de su creativa vida no solo como gran connaiseur sino también como artista innovador comprometido.

Académico y solidario

En el año 2006, su experiencia y nombradía nacional e internacional, rubricada por numerosos galardones, propiciaron su acceso a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, como representante del vector creativo de los diseñadores que tan magistralmente encarnaría. Su sano corporativismo profesional le llevó asimismo a presidir prestigiosas instituciones como la Fundación Arte y Derecho, de la Visual Entidad de Gestión de Artistas Plásticos, VEGAP. “Siempre se mostró solidario e involucrado en lograr que la voz y la presencia social de los artistas y diseñadores se oyera en los principales centros culturales de decisión donde debiera ser escuchada”, recuerda apenado Enrique Cavestany. Recuerda con una sonrisa de afecto y gratitud que Alberto Corazón le ayudara decisivamente a crear la imagen corporativa de La Mandrágora, un espacio abierto a la música y al arte ideado por Cavestany que esmaltó culturalmente los años setenta en Madrid con actuaciones de Joaquín Sabina, Javier Krahe y Alberto Pérez, entre muchos otros, así como exposiciones de pintura, dibujo, diseño y eventos, más certámenes poéticos y jocosos.

Alberto Corazón, estuvo casado en primeras nupcias con Saluqui Brabo, con la que tuvo dos hijos, Baruc y Oller, ambos diseñadores. En una posterior relación, se unió a la empresaria, especialista en Identidad Corporativa, diseñadora de joyas y musicóloga, Ana Arámbarri, madre de su hijo Alberto y de las hermanas Natalia y Carolina García de la Rasilla. Vivió siempre en Madrid, ciudad que amaba y conocía profundamente.

Con él desaparece uno de los principales artífices de la Comunicación visual en España y del genial maridaje entre la palabra y el signo que, con su esfuerzo incesante, supo fundir en un abrazo conceptual imperecedero. Al modo de un ingeniero del signo, asumió tal compromiso con la desenvoltura de un maestro artesano, fascinado por la aventura vital del conocer y la de regalar a sus semejantes el hallazgo de su expresión más bella y generosa: un Arte propio, cristalino fruto de su impar talento.

 

Algunos de los logos diseñados por Alberto Corazón.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.