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El “ángel rojo” Melchor Rodríguez García (1893-1972). Héroe y villano


Melchor Rodríguez y su secretario Juan Batista. Fotografía de la película documental, candidata a los premios Goya 2021, “Melchor Rodríguez el ángel rojo”, de Alfonso Domingo. Melchor Rodríguez y su secretario Juan Batista. Fotografía de la película documental, candidata a los premios Goya 2021, “Melchor Rodríguez el ángel rojo”, de Alfonso Domingo.

Para mi amiga María Isabel, a sus 79 primaveras.

Cuando unas monjas de Alcalá de Henares tuvieron la gracia de bautizar a Melchor como un “ángel rojo” no sabían la trascendencia de tan celestial pirueta lingüística para designar a uno de los “malos” en la confusa guerra civil que devastó España a finales de los años treinta. Las monjas vieron en los anarquistas a uno de sus enemigos pero se encontraron que uno de ellos fue capaz de sujetar a una violenta muchedumbre cabreada por el bombardeo franquista de la ciudad complutense. Se ayudó con el arma de su voz, su hábil perspicacia sevillana y su pistola Star (la tradición oral dice que de grandes dimensiones). Salvar a un millar y medio de presos no es moco de pavo. Fueron muy largas las casi seis horas de discusión a cara de perro. Aquella tarde realizó su mejor faena, digna de un maestro.

El antiguo novillero había nacido en el barrio sevillano de Triana. De monaguillo pasó a calderero, carrocero, novillero, ebanista y vendedor de seguros. Debutó con 15 años en la afición taurina para salir a hombros en 1915 en San Lúcar de Barrameda. En la plaza de Tetuán de las Victorias (Madrid) sufre una grave cornada que lo mantiene dos meses en un hospital en 1918. Volvió a los ruedos pero tras varias cornadas fue convencido a principios de los años 20 para que el artista no acabara en el cementerio antes de tiempo. Ingresó en UGT, luego CNT y FAI. Conoció la cárcel Modelo de Madrid con la monarquía alfonsina, la dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República. Destruida en la guerra durante el franquismo convivió con otros presos en Porlier y Carabanchel. Melchor era una persona simpática con cierto deje de gracia andaluza que aseguraba que aquella institución era como su segunda casa. Allí pasó muchas horas leyendo y escribiendo.

En prisión conoció a un feliz funcionario de prisiones que había llegado en 1932 a la cárcel Modelo desde el levante español y que se mostraba servicial y educado con los presos. Juan Batista Gutiérrez (1902-1977) era el Jefe de Servicio en la Modelo y sería nombrado su secretario para desarrollar su cargo de Delegado Especial de Prisiones en noviembre de 1936. Melchor se lo pidió por su gran competencia advirtiéndole que arriesgaba su vida. Carlos Morla lo retratataba como un “gordo risueño, símil del Dios japones de la felicidad”. Se rodeó de un buen equipo para frenar las ejecuciones extrajudiciales que se estaban produciendo en las cárceles durante el Gobierno Largo Caballero. Junto a él estaban el anarquista Celedonio Pérez Bernardo (que se quiso cargar a Hitler y Franco en Hendaya) y el funcionario de prisiones Salvador Salmerón Céspedes. Aupado por las presiones del cuerpo diplomático y de la alta jerarquía de la justicia republicana consiguió parar aquella trama para liquidar a los presos derechistas. Arriesgando su vida y la de sus colaboradores frenó la violencia en la retaguardia republicana madrileña.

El 6 de diciembre de 1936 se produjo el bombardeo indiscriminado sobre la población de Guadalajara. Un numeroso grupo de milicianos que andaban por Guadalajara organizó el asesinato de 282 presos de la prisión. Al frente de aquel tumulto iban miembros de la Primera Compañía del Batallón Rosemberg compuesto en su mayoría por voluntarios de la provincia de Guadalajara. Solamente sobrevivió un preso, Higinio Busons, que después colaboró en la represión franquista. Melchor y su secretario estaban en Valencia ese día y al volver a Madrid se enteraron por un diplomático rumano (Helfant) de la catástrofe. Visitaron Guadalajara a la mañana siguiente con del diplomático. Allí encontraron escondido entre colchones al superviviente.

En esta ocasión llegaron tarde. Sin embargo dos días después ocurrió que Alcalá de Henares fue bombardeada (8 de diciembre de 1936). Un coche llegaba a Alcalá de Henares en el momento de producirse el bombardeo fascista a la ciudad. El Ford (CE-1.400) paró. Dentro iban el chófer (no queda claro si ese día era Rufo Rubio u otro llamado Paquito) y de copiloto Juan Batista, secretario del anarquista. Detrás Melchor Rodríguez y dos guardias civiles. Lo pasaron muy mal viendo la devastación entre explosiones y humo. Cuando parecía que acababa aquella estupidez Melchor daba órdenes de continuar a la cárcel. Detrás llevaba en camiones 70 presos con destino a la prisión de Alcalá de Henares.

Sin haberlo preparado Melchor se convirtió en héroe. Los vecinos armados estaban ya dentro de la propia prisión y con la intención de ejecutar a los presos como venganza. Tuvo que subirse encima del coche para hablar a la multitud al llegar. Melchor defendió a los presos afirmando que ellos no eran los culpables del bombardeo. Reflexionó ante la turba exaltada que no podían ser tan asesinos como los rebeldes. Les dijo que no podían matar a los presos porque tenían que ser juzgados primero. Cuando lo acusaron de fascista respondió que él era un obrero y más revolucionario que todos ellos. Les echó en cara que por sus ideas había pasado en la cárcel 20 años y les preguntó:

“¿os creéis que la Revolución es para asesinar en la cárcel a unos pobres seres indefensos? ¿Queréis matar fascistas? Muy bien, a matarlos, pero en el frente. Yo voy con vosotros.”

Habían salido de Madrid a las 15.00 horas aproximadamente. La discusión duró desde las 16.00 hasta casi las 22.00 horas. Melchor se pegó a puñetazos con algunos de los concentrados. Otro le encañonó con su fusil en el pecho y Melchor le animó a disparar si tenía narices. Tras la tensión vivida al héroe se le ocurrió la clave para salvar a los presos. Les dijo que los armaría para que pudieran defenderse y esto fue lo que finalmente ahuyentó a la muchedumbre concentrada.

Don Melchor, como un rey mago, fue héroe para unos y villano para otros. Según el momento exaltado y acusado desde los dos bandos enfrentados. El grupo de personas que le siguió en el trabajo de dignificar la vida de los presos madrileños lo veía como un líder. Su energía tiró de ellos configurando un equipo extraordinario. Al final de la contienda fue nombrado por Casado alcalde de Madrid. Entregó la villa del oso y el madroño a los rebeldes para casi finalizar la guerra. Melchor volvió a la cárcel como villano ante la incredulidad de los presos a los que había salvado. El franquismo lo condenó en Consejo de Guerra para ir a prisión 5 años pese a haber defendido siempre a sus compañeros o a personas que no conocía. Salía por fin en 1944 de Porlier a la calle para continuar con su militancia anarquista. Esto lo llevaría a la prisión de Carabanchel también en los cincuenta. Se confesaba anarquista humanista y señalaba que se podía morir por las ideas pero no matar a nadie por ellas. De su trabajo como delegado de prisiones se habló muy bien hasta en la Sociedad de Naciones.

En su entierro madrileño de 1972 se escucharon canciones anarquistas en pleno franquismo y un padre nuestro. Las lagrimas se mezclaron. Allí estaban todos los que habían hecho la guerra rindiendo homenaje al héroe. Por fin se pusieron de acuerdo. A partir de 2009 empezaron los homenajes. Se levantó un recuerdo en su casa sevillana, se puso una placa en la antigua cárcel de Alcalá, se bautizó un centro penitenciario con su nombre y por fin una calle madrileña. Cuentan por Madrid que los operarios que colocaban la placa con su nombre se vieron sorprendidos por un rompimiento de gloria iluminando aquella calle. La diosa Clío impartiendo justicia.

Bibliografía utilizada para este artículo:

- Berlinches Balbacid, Juan Carlos, Violencia política en la provincia de Guadalajara (1936-1939), AACHE, Guadalajara, 2014.

- Cabanellas, Guillermo, “El señorío del anarquista Melchor Rodríguez”, Historia y Vida, nº 84, 1975, pp. 112-119.

- Camba, Francisco, Madridgrado documental film, 2.ª edición, Ediciones Españolas, Madrid, 1940.

- Gijón Granados, Juan de Ávila, Los presos de Madrid en 1936. La historia de las ejecuciones extrajudiciales de las cárceles del Gobierno Largo Caballero en los alrededores de Madrid, Espuela de Plata, Sevilla, 2020.

- Morla Lynch, Carlos, España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano, Renacimiento, Sevilla, 2008.

Para saber más. Biografías sobre Melchor Rodríguez:

- Domingo, Alfonso, El ángel rojo: la historia del anarquista Melchor Rodríguez, Almuzara, Córdoba, 2009.

- Olaizola, José Luis, El anarquista indómito. La leyenda del ángel rojo, Libroslibres, Madrid, 2017.

Juan de Á. Gijón Granados es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja en la enseñanza secundaria desde hace más de 20 años en la Comunidad de Madrid. Profesor Visitante (2006) en el Instituto de Historia (CSIC). Ha colaborado con la editorial Oxford en la elaboración de libros para profesores y alumnos. Entre sus temas de investigación están las Órdenes Militares, la arquitectura militar o la represión de los dos bandos en la Guerra Civil, entre otros. www.juangijon.com