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EL PERIÓDICO
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La conversación


La había invitado a un breakfast, sonaba fino y a buen hotel. Ella al oír esa palabra se acordaba del almuerzo de los agricultores de su pueblo junto al cocero: una buena cata de tomate con orilla de pan y tocino. Se había puesto para la ocasión sus mejores galas adquiridas en rebajas. Casi nunca se arreglaba, había perdido la ilusión, entre eso y las prisas, había optado por las prisas. Era una nueva oportunidad, estaba pendiente una conversación, casi un negocio.

Al final no puedo ser, en el último momento anuló. En el fondo sintió una liberación, se puso cómoda deleitándose con buena música que le proporcionaba su hijo y bailó charrupi con su nieto, un moreno de rizos abundantes con mirada oscura que enamoraba, tremendas pestañas.

Al día siguiente, antes de regresar a su ciudad recibió una invitación para tomar algo. Cuando caía el sol la fue a buscar; saltándose normas de tráfico y señales de orden la llevó a un merendero frente al mar donde ponían unas bravas de imitación, típicas de un lugar de playa donde en diciembre solo hay jubilados y fríos pisos alquilados de bajo precio.

Sentados junto a ellos había solamente dos mujeres con gran diferencia de edad. La joven explicaba con ademanes que había dejado el instituto por los porros, enfrentada como estaba a su familia. Desde que sacaba al perro y la había conocido era otra persona. La ingenuidad y la cara gótica y aérea con la que contaba su hazaña sobrecogían. La señora gruesa, atónita miraba embelesada a esta chica que se ofrecía como flor a punto de abrirse. Comenzaron a rozarse y a besarse con mucha ternura, mientras crecía la pasión.

Con cierta envidia contemplaba la escena y rozó la mano hermosa de él, de fuertes dedos hábiles y delicados, que con una sonrisa de sobreentendidos retiró suavemente. Estaban de espaldas al mar, llegaba el rumor continuo de las olas con su olor salado, el tiempo pasaba y sintió la mentira de lo que no llegaba. Las patatas se desinflaban en un tomate tan artificial como falso. Con las claras de cerveza golpeaban las mesas. Deseaba salir de allí, salir corriendo, que el viento la llevara al otro lado del mar, entre olivos.

No hablaban el mismo idioma, apenas se entendían con el traductor, no obstante esa fuerza irresistible que se llama deseo los fundía en el imposible. Caía la noche, se recogían en sus anoraks. Sonaba Michael Jackson, black or white.

No se terminaron las bravas, la llevó a casa de su hijo y en la puerta le dio un abrazo que le hizo crujir los huesos. Subió las escaleras despacio, quería pensar ese instante un poco más. Quizá con unos cruasanes en un pequeño café podrían entenderse, en otra ocasión.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.