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Ramón de Cala, por Federica Montseny


  • Escrito por Federica Montseny
  • Publicado en Cultura

En el interesantísimo “Brevísimo Ensayo para una antología de escritos españoles de izquierda”, que fue publicando por entregas en La Revista Blanca, Federica Montseny glosó la vida y obra de Ramón de Cala y Barea (1827-1902), demócrata, republicano, intelectual, socialista utópico, y extremadamente sensible a la cuestión social:

“La figura de Ramón de Cala y Batea tiene toda la prestancia señoril de la cuna hidalga de que fué hijo. Como Salvoechea, de quien fué amigo y compañero de luchas, aun cuando Cala contara 14 años más y cuando Salvoechea entró en la lucha política como republicano, evolucionando después hacia el socialismo y el anarquismo, Cala ya fuese una de las figuras más destocadas del federalismo, como Salvoechea, repito, Ramón de Cala procedía de una familia aristocrática de Jerez de la Frontera y cursó la carrera de Derecho. No obstante, no la terminó, porque pronto le absorbió la política y surgió un hondo divorcio con su familia.

Actuó literariamente, con su pluma docto y florida, de gran periodista, en casi todos los periódicos de izquierda de España, pero particularmente en La Igualdad, en donde sostuvo una gran polémica de ideas, sobre diferencias de apreciación acerca del federalismo, con Pi y Margall. Después de la intentona revolucionaria del 66, tuvo que huir a Francia, de donde volvió para ayudar en los preparativos de la revolución de septiembre del 68. Hallándose en Jerez agitando entre el pueblo, fue detenido y encarcelado el 17 de septiembre. Pero al día siguiente entraron en Jerez, rindiendo a la plaza, los sublevados, y Ramón de Cala fué libertado. En Andalucía el nombre de Ramón de Cala, como más tarde el de Salvoechea, levantaba una admiración y un cariño espontáneo. Se le consideraba ejemplo de lealtad ideal y de incorruptible honradez. Alma generosa y esforzada, con ese fervor y ese espíritu de aventura del andaluz, dio al periodismo la categoría de un apostolado. En él, la pluma como en todos aquellos hombres de corazón y de voluntad, fué sólo un medio de defender una causa que en ellos se engrandecía, proyectando sobre ella la amplitud de Sus pensamientos y la riqueza moral de esas almas que fueron las representantes en España de un siglo de renacimiento europeo. Y aparte su obra de periodista y su acción de luchador, de revolucionario, que dio a su silueta el nimbo y la seducción de una figura legendaria—sus correrías de agitador por sierras y cortijos, su arrogancia y su gran nobleza de actitudes, que ennoblecía en él mismo las ideas, atrayendo el alma del pueblo y encadenándola por la simpatía despertada en cuantos lugares pasó—, aparte esto doble labor, hay luego su producción más densa y más profundas su El problema de la miseria resuelto por la armonía de los intereses humanos, estudio notabilísimo en donde abordó de frente, con audacia y espíritu avanzado dentro de la izquierda en que militaba, la cuestión social, siguiendo esa admirable evolución del federalismo, que abrió las puertas de España a la Internacional y que reunió alrededor de Bakunin el núcleo más rico y más adicto de sus primeros amigos ideales; su Sublevación de los campesinos en Francia en 1789, historia del movimiento proletario que presagió la Revolución Francesa, acabando de enterrar los restos del feudalismo bajo el fulgor de los incendios de bosques y castillos, movimiento de venganza y de respuesta al terrible pacto del hambre, semejante al de los husitas bohemios. Y su obra más importante, quizá la mejor de cuantas se han escrito sobre la Commune de París, y ahora completamente olvidada: Los comuneros de París, historia de la revolución federal de Francia en 1871. Ramón de Cala asistió personalmente a toda la epopeya revolucionaria y a todo el horror de la represión gubernamental en la Semana Trágica que vivió el pueblo de París. Estaba él allí entonces y en La Ilustración Republicana Federal, que se publicaba en Madrid en el 71, encuentro numerosas cartas de Ramón de Cala, glosando con fervor y desesperación aquel movimiento revolucionario, el primero de carácter netamente social del mundo y en el que ha parecido agotarse el espíritu combativo del pueblo francés.

De todas las obras de Cala es ésta la que merece más ser desempolvada por su valor de testimonio directo y porque en ella hay puestas todas las ideas sociales y filosóficas de Cala y campea por ella el espíritu batallador y ardiente de esa alma mística en el fondo, encamación de todo el espíritu de Andalucía, que tiene un Jerez considerado por Rocker, con Barcelona, «los dos polos revolucionarios de España».

(La Revista Blanca, número de 15 de marzo de 1930).