Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

El escaparate humano de las exposiciones: del cuadro a la realidad


La Venus del espejo es un cuadro de Velázquez (1599-1660), el pintor más destacado del Siglo de Oro español. Actualmente se encuentra en la National Gallery de Londres, donde se la denomina The Toilet of Venus o The Rokeby Venus. / Wikipedia. La Venus del espejo es un cuadro de Velázquez (1599-1660), el pintor más destacado del Siglo de Oro español. Actualmente se encuentra en la National Gallery de Londres, donde se la denomina The Toilet of Venus o The Rokeby Venus. / Wikipedia.

De paseo por esas exposiciones, algunas taaannn… ¡famosas! Tanto que si alguien osa proferir que no la ha visitado, la mirada ajena roza la perplejidad, y si además no se hace cola durante horas para entrar a la exhibición pictórica, el desprecio es absoluto.

He comprobado que en muchas ocasiones nos da reparo reconocer que en la sala de aquel museo tan renombrado no sabemos si estamos en el lavabo de casa, en un andamio o en medio de un albañal. Claro, que siempre hay un listo que tiene explicación para todo, como si hubiera compadreado con el artista y le hubiera dicho el secreto de tamaño despropósito. ¿Por qué no expresar exactamente nuestra sincera opinión?

Es de “buen tono” aparentar cierta pose, muy impostada y artificiosa en el mundillo del arte. Un cuadro azul: ¡excepcional! Otro en el que aparecen pegoteados de cualquier manera, una tela de rafia, un cristal y un alambre: ¡excepcional! Sigamos con la pintura…

A mi edad, cierta, me atrevo a decir que muchas veces resulta mejor el envoltorio que el relleno, más interesante y más atractivo el continente que el contenido en una perfecta metonimia.

Tengo mi protocolo personal a la hora de ver una exposición: empiezo por la entrada, obvio, y sigo hasta el final observando las pinturas desde la distancia, sin leer el pie de cada cuadro. A buen paso, sin pararme, solo quiero una primera impresión global. Y vuelta para atrás hasta la casilla de entrada. Cierto: en dirección contraria. Tengo que aclarar que era mi ritual antes de la pandemia; ahora no es posible dar marcha atrás: una vez entras, como bien sabemos, seguimos la línea de la exposición y la distancia de seguridad, no solo de los cuadros sino del resto de visitantes.

En otros tiempos, como digo, volvía sobre mis pasos y entonces, sí, desde el principio me detenía en aquellos cuadros que me llamaban la atención: por su color, por su no color, por sus figuras o la ausencia de ellas, por su composición o descomposición, incluso me acercaba a leer el título que el artista había consignado a las telas que cubrían las paredes.

En este vaivén, siempre había algo que captaba mi total interés, y hoy en día también, aunque solo exista el “va” y no el “ven”: las personas que asistían como yo a ese evento cultural.

Mi imaginación febril me pierde por meandros humanos a modo de un escaparate fluvial y me encuentro observando a personas que como yo nos hemos concitado sin previo aviso en ese recorrer de salas. Observar su actitud, ante los cuadros tiene “su intríngulis”. Intento adivinar nacionalidad, profesión, parentesco si van acompañados…Todo “un cuadro”, o mejor, una colección de cuadros.

Algo parecido me pasa en el metro de Madrid. Me fascina la línea gris, la circular. Uno se sienta, y le da para leer un cuento o para observar la variopintez de Madrid: desde el mundo universitario, privado y público con sus “outfits” reglamentarios y su lenguaje característico más o menos nasal y gutural según estaciones y paradas hasta ciudadanos foráneos que migraron a Madrid en busca de una mejor vida. El crisol idiomático es fascinante. A veces se me olvida que estoy leyendo y prefiero mirar y escuchar; aprendo mucho: formas de comportarse y relacionarse, conversaciones entrecortadas y chateos en los móviles. Hemos pasado del ruido charlatán a los sonidos de las redes. Toda una exposición pictórica pero viva. Uno y muchos cuadros vivientes para una exposición real y humana, para ese Gran Teatro del mundo calderoniano.

Hace unos años, en 1990, se celebró una gran Exposición sobre Velázquez en el Museo Nacional del Prado. Después de una larga y fría espera para entrar, vi a un joven llorar ante el cuadro de la Venus del espejo, traída para la ocasión de la National Gallery de Londres donde se “apodaba” The toilet of Venus (curiosa traducción). Quizá el viaje mereció el llanto silencioso de su observador, arrebatado o compungido: siempre me perseguirá la duda, pero esa imagen me atrapó mucho más que la del cortinaje rojo que descubre a un angelote con el espejo mostrando el cuerpo reposado y ebúrneo de la diosa.

De haberlo conocido Velázquez, le habría invitado a participar de la estampa, ¿quién sabe? O a pasear con sus amigos don Pedro y Felipe por las galerías de palacio. Su actitud me distrajo del cuadro, absolutamente.

Tengo un colega muy pragmático y celoso de su tiempo que prefiere visitar las exposiciones por Internet. Intenté convencerle de las bondades, virtudes y ventajas de presenciarlas en vivo y en directo; esgrimí razones del tipo, “ves la obra real, en el sitio que le corresponde, rodeada de otras obras, experimentas sensaciones …” y noté que algo no funcionaba en mi argumentario, bastante escueto, por cierto, que no lograba que diera su brazo a torcer ni el más mínimo ápice: él, erre que erre, que en su ordenador y en su casa; y entonces caí en la cuenta; a mí me gusta observar los cuadros y a la gente que los observa en una suerte de caelidoscopio multifocal: muchos ojos, todos a una, con un común interés: el cuadro.

De vez en cuando me asalta la imagen –poco original, la verdad- de un posible y nuevo trabajo: ser vigilante (a) de alguna sala museística; también les observo a ellos: ¿qué pensarán de nosotros durante sus paseos atentos o sentados en sus taburetes vigías? ¿Hablarán con Nicolasito, tan quieto mirando al frente? ¿Le advertirán a la vieja que el huevo ya está más que frito? y ¿A la reina María Luisa que se cambie de atuendo que vaya pinta luce de caballerete?

Mientras, me doy cuenta de que una señora le enseña a su amiga cómo ha de reparar en un detalle minúsculo haciendo un juego con los dedos cual mago birlibirloque: primero coloca delante de su ojo derecho el pulgar, luego lo tuerce a la izquierda…intento emular el gesto y no veo ni torta del cuadro que tengo frente a mí. Y vaya lío que se trae aquel estudiante con bloc y bolígrafo en ristre (no se permiten fotos con el móvil) apuntando y calándose las gafas a la vez…Todo un escaparate.

Da igual el museo, la ciudad, el país, el motivo de la exposición…de nuevo la cultura es un lujo y un placer. Y siempre, segura. “Filomena”, a mi pesar…

Periodismo riguroso y con valores sociales
Necesitamos tu apoyo económico para seguir contando lo que otros no cuentan. Para donar haz clic en el botón "COLABORA" de abajo. Muchas gracias por tu apoyo.
Slider