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Violencia y represión franquista en Madrid


La calle de Atocha tras un bombardeo, 1936 / Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía La calle de Atocha tras un bombardeo, 1936 / Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

La violencia en la toma del poder tras el golpe de Estado de los militares rebeldes de 1936 fue consustancial al movimiento subversivo frente a la república parlamentaria. Una democracia dormida que no esperaba aquella sublevación pese a las turbias noticias que de ella se tenían. El Presidente Casares Quiroga al ser avisado la noche anterior de que se levantarían los militares africanistas decidió en un macabro juego de palabras irse a dormir. (“¡muy bien, que se levanten! Yo, en cambio, me voy a acostar”). Aquella decisión provocaría sueños rotos a varias generaciones de españoles.

Era el 17 de julio de 1936. La siguiente noche tuvo a un nuevo Presidente, Martínez Barrios, como protagonista de un intento de crear un gobierno de concentración en donde hasta al General Mola se le ofreció el Ministerio de la Guerra y para una persona de su confianza el Ministerio de la Gobernación. Aquella conversación telefónica en donde el militar, terco como una mula, indicaba que ya era demasiado tarde y que la violencia debía extenderse por todo el país. Mola señalaba la necesidad de crear “una atmósfera de terror”. Sangre de españoles a cambio de conquistar el poder.

Después Giral, que duró mes y medio, disolvió a la tropa y convirtió en soldados a civiles ayudados por militares. Un carnaval de milicianos malvestidos obligados por su ubicación geográfica a ir a la guerra en una nueva versión del ejército de Pancho Villa. El Estado había saltado por los aires y un millar de justicieros manchaban las calles de sangre a los barrios madrileños y el corazón de nuestra república parlamentaria. En septiembre llegaba a la presidencia Francisco Ricardo Largo Caballero para equivocarse en su política del llamado Gobierno de la Victoria. Sustituido por el Doctor Negrín en mayo de 1937 la guerra ya estaba perdida. El fisiólogo intentó alargar la contienda para ligarla a la inminente confrontación europea y mundial que se preveía. Pero lo que desconocía es que hasta que no acabase la guerra española no iba a comenzar aquella.

Mientras se sucedían los gobiernos republicanos en medio de fracasados intentos de paz el golpe de Sanjurjo, Mola, Franco y otros militares africanistas iba ganando terreno pintando de azul mahón el mapa ensangrentado de España. El avance fue rápido y descoordinado hasta que tropezaron con Madrid. Mola por el norte y Franco por el sur desearon plantar su bandera en el Palacio Nacional. No pudieron tomar una ciudad que militarmente era difícil defender. Allí esperaba el urbanismo de los Austrias y el de los Borbones para enmudecer los cañones rebeldes. Pero con los madrileños habían topado. Ellos defendían sus casas, sus familias y sus negocios. Se agarraron al terreno entre consignas nacionalistas y bravatas revolucionarias hasta salir a la descubierta con una granada de mano frente a un tanque. La resistencia del Madrid del “No Pasarán” impidió la victoria de los sublevados hasta que se rindió por hambre, decadencia y miseria.

Tres años aguantando balas de cañones y obuses, bombas incendiarias de la aviación, ataques con bombas de mano, ametralladoras y fusilería. Y lo que más dolía no eran los agujeros de las balas sino los del estómago. Una epidemia se cebaba con la capital aislada, el hambre. En Madrid se cultivaba el coso de la plaza de toros de las ventas, los pies de las estatuas de la Plaza de España, las riberas del Manzanares y cualquier sitio era bueno para plantar cualquier cosa mientras desaparecían las hierbas que nacían en cualquier parte. Aunque Carlos Morla afirmaba que los dirigentes políticos cada día estaban más gorditos.

Madrid cayó en manos rebeldes bajo banderas blancas para convertir la ciudad cosmopolita en un cuartel vigilando a sus vecinos. Los servicios de información de Falange comenzaron a investigar el comportamiento y la ideología de los madrileños durante la guerra. Los primeros años de la victoria clamaban venganza contra los perdedores. Así “los rojos” se hacinaron en lugares concentracionarios para etiquetar a una población no combatiente, además de las cárceles y campos de trabajo. Algunos presos de las cárceles franquistas murieron por una sospechosa “hemorragia”. Fusilados en tapias y cunetas, arrojados en pozos, ahorcados en supuestos suicidios y hasta eliminados con garrote vil.

La situación de los presos izquierdistas empeoró porque se acercaron auténticos criminales para desarrollar su odio. En una nueva versión de la “Escuadrilla del Amanecer” apareció en la prisión franquista de Porlier un grupo de indocumentados. Una pandilla de criminales había entrado en el cuerpo de prisiones (Correa, Menoyos, La Rata Papelera, Queipo y otros) porque sabían que de esta manera tendrían contacto con los presos. De manera vengativa satisfacían su pasión por maltratar al género humano dejando salir su odio interior. Estos cumplían el trabajo represivo organizado por las nuevas autoridades del régimen fascista. Disfrutaban provocando a los presos para cuando protestaban darles una paliza.

A la eliminación de “enemigos” al tomar cada población (terror en caliente) se sumaron los Consejos de Guerra en donde civiles fueron juzgados por militares achacándoles ser “rebeldes contra los rebeldes”. Una justicia vuelta del revés en donde un ejército de viudas y huérfanos deambulaba buscando como sobrevivir entre visitas carcelarias y con el frío metido en los huesos. La mayor incidencia de la represión franquista en Madrid se dio al final de la guerra y durante los años de la Segunda Guerra Mundial. A partir de 1948 los niveles de represión bajaron en cuanto a fusilamientos evolucionando hacia otro tipo de presión sobre las familias de la población. No se podía mover nadie sin permisos. Viajar de un pueblo a Madrid, y al revés, estaba controlado.

Mientras se organizaban las ruinas de la ciudad del Manzanares se creaban Comisiones de Examen de Penas y Juntas de Servicio de Libertad Vigilada. Entre arribas a España y vivas a Franco fueron cayendo con penas de muerte varios miles de madrileños. La venganza había llegado y firmas invisibles atestiguaban hechos del pasado poco claros. Acusaciones que señalaban a toda una familia mientras el franquista General Aranda enviaba una carta secreta a los ingleses (1944, publicada en 1994) sobre la farsa del Gobierno de Franco que era una caricatura del fascismo con la única idea de permanecer en el poder y con una situación social que iba en contra de la dignidad y la libertad humana.

Tras la guerra se paseaban camisas azules con insignias, correaje negro cruzado al pecho, pistola y botas militares para imponer el orden del nuevo régimen político. Enrique Magán afirma que su madre y su tía fueron acusadas de haber colaborado en un hospital anarquista como miembros de Solidaridad Internacional Antifascista en labores de limpieza y cocina. En 1940 eran fusiladas en las tapias del Cementerio de la Almudena las hermanas Concha y Fernanda Casado Malpisica. Además también lo hicieron con su hermano Benigno (impresor, UGT) y se buscaba a otro hermano para ajusticiarlo de igual forma, en lo que parece un caso de represión familiar.

A Fernanda Casado Malpisica (Colmenar de Oreja, Madrid) le arrebataron a su hijo de dos meses en su prisión madrileña lanzándolo contra un sofá. Enrique, que hoy es un jubilado, fue reclamado por su abuela para sacarlo de la Cárcel de Ventas. Sobrevivió amamantado por una ama de cría en un pueblo de Guadalajara y terminó en una inclusa. Aquel niño sigue buscando información sobre su familia porque con aquellos años convulsos aun no conoce exactamente quien fue su padre ni las circunstancias que rodearon la aniquilación de su familia. La respuesta estaba en Miraflores de la Sierra, otra población madrileña.

La venganza y el silencio estuvieron presentes entre la sociedad civil de posguerra. Bajo la idea de reeducación social parte de la población civil debía aprender las nuevas ideas con la pedagogía del miedo. La propaganda estatal mostraba a Franco como Cid Campeador. Con el Caudillo al frente se justificaban las ejecuciones masivas como actos públicos inquisitoriales poniendo sambenitos a familias, barrios y hasta municipios. Julio Aróstegui indicaba que el miedo por el terror establecido causó un “trauma social” mientras los madrileños trabajaban en lo que podían para sacar adelante a su familia en tiempo de silencio.

Bibliografía utilizada en este artículo:

- Abella Bermejo, Rafael, La vida cotidiana durante la guerra civil. La España nacional, Planeta, Barcelona, 1973.

- Aróstegui, Julio, “La defensa de Madrid y el comienzo de la guerra larga”, Edward Malefakis (Dir.) La Guerra de España (1936-1939), Taurus, Madrid, 1996, pp. 137-165.

- Cánovas Cervantes, S., Proceso Histórico de la Revolución Española. Apuntes de «Solidaridad Obrera», Ediciones Júcar, Madrid, 1978.

- Gijón Granados, Juan de Á., Balas al sureste de Madrid, 1936-1945. Un paseo por las checas, Paracuellos, la Batalla del Jarama, el asesinato de Andreu Nin y la represión franquista, Círculo Rojo, El Ejido (Almería), 2012.

- Hernández Holgado, Fernando – Montero Aparicio, Tomás (eds.), Morir en Madrid (1939-1944). Las ejecuciones masivas del franquismo en la capital, Antonio Machado, Madrid, 2020.

- Morla Lynch, Carlos, España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano, 1936-1939, Renacimiento, Sevilla, 2008.

- Núñez Díaz-Balart, Mirta, “El porqué y el para qué de la represión”, Mirta Núñez Díaz-Balart (Coord.) La Gran Represión. Los años de plomo de la posguerra (1939-1948), Flor del Viento, Barcelona, 2009, pp. 21-52.

- “Las mecánicas de la infamia”, Mirta Núñez Díaz-Balart (Coord.) La Gran Represión. Los años de plomo de la posguerra (1939-1948), Flor del Viento, Barcelona, 2009, pp. 133-282.

- Núñez Díaz-Balart, Mirta-Rojas Friend, Antonio, Consejo de Guerra. Los fusilamientos en el Madrid de la posguerra (1939-1945), Compañía Literaria, Madrid, 1997.

- Pérez-Olivares García, Alejandro, La victoria bajo control: Ocupación, orden público y orden social del Madrid franquista (1936-1948), Tesis Doctoral, UCM, e-print, 2017.

- Preston, Paul, El gran manipulador. La mentira cotidiana de Franco, Ed. B, Barcelona, 2008.

Juan de Á. Gijón Granados es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja en la enseñanza secundaria desde hace más de 20 años en la Comunidad de Madrid. Profesor Visitante (2006) en el Instituto de Historia (CSIC). Ha colaborado con la editorial Oxford en la elaboración de libros para profesores y alumnos. Entre sus temas de investigación están las Órdenes Militares, la arquitectura militar o la represión de los dos bandos en la Guerra Civil, entre otros. www.juangijon.com