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El enfrentamiento militar en el valle del Jarama (1937)


El día 8 de febrero de 1937, el flanco izquierdo de la defensa de Madrid, capital de la España republicana, era arrollado por un avance de las tropas nacionales, que habían penetrado 8 kilómetros en las líneas enemigas y habían llegado hasta la orilla del río Jarama. Daba así comienzo una de las contiendas más emblemáticas de la Guerra Civil española, en la que lucharon varias de las mejores unidades de ambos bandos: la batalla del Jarama, que tuvo sus principales escenarios en las localidades madrileñas de Arganda del Rey y Morata de Tajuña. / Foto de archivo. El día 8 de febrero de 1937, el flanco izquierdo de la defensa de Madrid, capital de la España republicana, era arrollado por un avance de las tropas nacionales, que habían penetrado 8 kilómetros en las líneas enemigas y habían llegado hasta la orilla del río Jarama. Daba así comienzo una de las contiendas más emblemáticas de la Guerra Civil española, en la que lucharon varias de las mejores unidades de ambos bandos: la batalla del Jarama, que tuvo sus principales escenarios en las localidades madrileñas de Arganda del Rey y Morata de Tajuña. / Foto de archivo.

11 de enero de 1937. El hielo se agarraba a las difíciles carreteras entre Aranjuez y Arganda del Rey. Por allí el bielorruso Leiba Lazarevich Feldbin (alias Orlov), que había sido enviado como miembro de los servicios secretos del Ministerio del Interior de la URSS (NKVD), se estrellaba con el coche en un grave accidente que casi le costó la vida. Del hospital de Chinchón (Madrid) pasó a otro de Bétera (Valencia) y desde allí hasta una clínica de París donde llegó el 17 de enero recuperándose en un par de meses de dos vértebras dañadas. Su presencia allí se debía a informaciones que señalaban que a mediados de enero se iba a producir un avance franquista cruzando el río Jarama y llegando hasta Alcalá de Henares. Inspeccionando las posibles defensas de la zona el soviético entendía que los rebeldes pretendían cercar Madrid cortando las carreteras de Valencia y Barcelona.

El proyecto del alto mando franquista se debió retrasar por el mal tiempo y no se produjo hasta el 6 de febrero. Duro combate por ambas partes que se enfriaría el 27 de febrero para dejar las posiciones enfrentadas y vigiladas hasta el final de la guerra. Por allí acudieron desde Valencia el Presidente del Gobierno Largo Caballero y el líder de los rebeldes Francisco Franco desde Vitoria. Ambos entendían la importancia de una batalla que se daba en las trincheras, en los cielos y en la prensa. Los italianos se negaron a enviar tropas allí porque tendrían que operar bajo órdenes de oficiales alemanes de la Reichswehr (Generales Sperrle, Von Faupel y Von Thoma, autores de los planes de la Batalla del Jarama). El General Varela concentraba a 40.000 veteranos sobre el terreno bajo las órdenes del General Ordaz. Entre ellos estaban dos batallones de ametralladoras compuestos por soldados alemanes camuflados con el uniforme de la legión extranjera.

Ante la inminencia del ataque los dirigentes del Quinto Regimiento Enrique Castro y Vittorio Vidali acudieron a Morata de Tajuña para inspeccionar las tropas. Allí Líster fue sorprendido, tras una patada a la puerta, borracho y con dos prostitutas. Tras la amenaza de fusilamiento allí mismo delante de la tropa hubo de lavarse la cabeza para salir al balcón donde tambaleándose formó parte, de manera callada, del discurso del Quinto Regimiento sobre la defensa de Madrid a los soldados ubicados en esta población. Se enviarían tropas de refuerzo de las Brigadas Internacionales. Los servicios secretos de la Internacional Comunista operaban entre barbechos para apuntalar la defensa de Madrid.

La artillería comenzó a hablar en medio del caos de movimientos de tropas republicanas que acudían desde diferentes lugares de Madrid. Las tropas rebeldes avanzaron y el 8 de febrero desde una altura se cortaba el tráfico de la carretera a Valencia en un tramo de unos cinco kilómetros en Arganda del Rey. Los republicanos desviarían las comunicaciones por carreteras más hacia el este hasta enlazar con la carretera de Valencia a la altura de Villarejo de Salvanés.

En el cielo jugaban a matarse Heinkel, Fiat, Junkers, Saboya, Polikarpov y Katiuskas. Mientras en tierra los 42 tanques T-26 soviéticos cosían el frente en los avances de las tropas moras franquistas. Dentro de estos carros de combate un comandante soviético de carros blindados dirigía mientras otro español ayudaba a cargar balas y un taxista madrileño conducía el tanque a 20 km. por hora y sin radio. Un jinete a caballo se acercaba a cada T-26 para dar órdenes babilónicas entre los olivares del valle. Frenados los rebeldes la contraofensiva republicana quedaba en nada mientras el paludismo hacía mella entre la población y los soldados. La batalla quedó varada en medio de los olivos.

González de Miguel señala el intercambio de prensa entre ambos bandos desde las trincheras. A la luz de la luna y en una tensa vigilancia con los dedos en los gatillos se escuchaban insultos y saludos para los amigos y la familia. Ambrosio del Hoyo, un dinamitero republicano, sobrevivió de milagro a la batalla. Apodado “El Tío Bolsillitos”, porque apenas medía 1’50 m., fue sorprendido en una avance de las tropas moras teniéndose que meter en la barriga de una mula muerta. Un soldado enemigo clavó la bayoneta en la panza del animal y atravesó el gemelo de una pierna mientras Ambrosio se mordía la lengua en un silencio tenso. No fue descubierto. Tras la guerra la presión del franquismo le haría acabar en una chabola del Pozo del Tío Raimundo.

No tuvo tanta suerte el piloto británico Clem Beckett que entre los olivares hizo sonar una ametralladora frente a la aviación, artillería y tropa enemiga hasta que se acabaron las balas. Las bombas de mano de los moros entre aullidos acabaron con su vida. Las grandes bajas en la batalla provocaron deserciones individuales y en masa. Comenzaron a aparecer heridos del bando republicano con balas que dejaban huella de la quemazón en la piel (por dispararse de cerca ellos mismos). Tras varios fusilamientos la tropa aprendió a poner un trozo de pan entre la pistola y la mano para simular una herida de bala enemiga. Tampoco tuvo mucha suerte un soldado de la 17 Brigada Mixta republicana porque desertó para pasarse a las tropas franquistas en medio de la noche y saltaba por error hasta otra trinchera republicana al grito de “Arriba a España” y “Viva Cristo Rey”, por lo que fue juzgado en Consejo de Guerra. Se anotaba otra baja en la batalla de un desorientado soldado “republicano”.

Con las botas llenas de barro y el polvo de las explosiones en la cabeza comían un chusco de pan, manteca y mantequilla mientras los camilleros iban y venían hasta hospitales improvisados donde clasificaban a los heridos para sacarlos del frente o abandonarlos a su suerte. Si podían viajar se les trasladaba a la retaguardia. En estos hospitales se realizaron transfusiones de sangre por primera vez en la historia.

El Comandante Gómez de Zamalloa, agujereado por las balas republicanas, aguantaba el tirón en el Pingarrón terco como una mula. Como no lo consiguieron derribar de la cima terminaron bombardeando las posiciones franquistas con pasquines que decían que Franco estaba vendiendo España a trozos a los italianos y alemanes. Allí quedaron varias fosas en recuerdo de la estupidez humana. La fosa de los legionarios franquistas, la fosa con forma de media luna de los Tabores de Regulares, la del Batallón Lincoln, la de los brigadistas franceses y belgas, la del Batallón Thaelmann, la del cementerio del cruce de dos carreteras y la fosa de los brigadistas británicos. La existencia de estas fosas se produjo porque cuando los muertos en combate eran muchos para trasladarlos a los cementerios de los pueblos cercanos se abría una zanja en el suelo y se sepultaba a todos juntos.

El Coronel republicano Burillo confesaba que la batalla fue un desastre militar camuflado por el heroísmo de millares de soldados que quedó en tablas. La continua desorganización, la mala preparación de los soldados, las órdenes que no se obedecían y el moderno armamento provocaron unos 17.000 muertos entre ambos bandos. Mientras Hemingway hacía sonar las campanas de la muerte en la literatura, Sam Wood inmortalizaba el puente de Arganda en el cine y la canción irlandesa “Red river valley” se transformaba en la famosa canción “Jarama Valley” con diferentes versiones. En ella se contaba que los brigadistas extranjeros se hermanaron con los brigadistas locales. Los jóvenes camaradas dejaron sus lágrimas en aquel lugar maldito, el valle del Jarama.

Bibliografía usada en este artículo.

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- “El cementerio del cruce”, La Batalla del Jarama. Un recorrido histórico por los escenarios de la lucha, Tajar-Gobierno de España, Madrid, 2011, pp. 245-254.

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- Zuehlke, Mark, The Gallant cause: canadians in the spanish civil war, 1936-1939, John Wiley & Sons Canada, Mississauga, Ontario, 1996.

Juan de Á. Gijón Granados es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja en la enseñanza secundaria desde hace más de 20 años en la Comunidad de Madrid. Profesor Visitante (2006) en el Instituto de Historia (CSIC). Ha colaborado con la editorial Oxford en la elaboración de libros para profesores y alumnos. Entre sus temas de investigación están las Órdenes Militares, la arquitectura militar o la represión de los dos bandos en la Guerra Civil, entre otros. www.juangijon.com