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EL PERIÓDICO
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Conciencia de clase. Historias de las comisiones obreras


El hilo conductor de los veintiún relatos que componen este libro es poner en valor el papel que desempeñaron miles de heroínas y héroes anónimos que, de forma generosa y desinteresada, lo dieron todo por traer de vuelta la democracia a España.

Mujeres como Petra Cuevas, dirigente del Sindicato de la Aguja de la UGT durante la II República, de la cual Elvira Lindo, en un relato entrañable y a veces áspero, como su vida, nos recuerda la contundencia de sus palabras: “si luchas puedes perder, si no luchas estás pérdida”. “Petra” narra la historia de una mujer luchadora que nunca perdió la sonrisa: “una mujer que luchó sin dejar que la amargura la venciera. A eso se llama valentía”, así nos la describe la autora.

Manuel Rivas, en “el aprendiz”, nos ofrece un cuento de una belleza metálica. Duro cuando describe la tortura a la que fue sometido Luis Ferreiro, líder sindical y comunista gallego, para que confesase donde está la máquina, la ciclostil, con la que imprimían la propaganda contra Franco. Pero a la vez el escritor gallego construye un hermosísimo juego literario entre el valor de las palabras y la búsqueda de la confesión por parte de los torturadores: “Si hay que morir, pues se muere pero ni una palabra de más” (…) “Esconder las palabras dentro del cuerpo. Detrás de cada hematoma, detrás del dolor, donde más duele el dolor. Y así iras haciendo soportable lo insoportable.”

Petra Cuevas y Luis Ferreiro son el nexo de unión entre la lucha obrera durante la Segunda República y los retazos de la resistencia obrera que de forma dispersa empieza a organizarse en España a partir de finales de los años cincuenta y principios de los años sesenta en torno a las comisiones obreras.

En “Maria la perraquilla” Pedro A. Jiménez nos relata la “huelga del tren” de 1955. El primer conflicto laboral organizado por los vendimiadores del Marco de Jerez cuando las huellas de las matanzas de la guerra aún estaban muy frescas entre los jornaleros andaluces: “Nos dividirán. O nos hacen fijos a todos o a ninguno. ¿A quién dejamos atrás? ¿A los más jóvenes, con sus nuevas familias? ¿A los mayores que conocen su oficio y lo enseñan a los otros? ¿A los que vinieron de Trebujena? ¿A los de Chipiona? Siempre hemos dado todos juntos el callo y la cara. Y llevamos diez años de subidas. O todos o ninguno.”

La fuerza de las huelgas mineras de Asturias, que se iniciaron en La Camocha en 1957, es el momento histórico que han elegido José Babiano y Ana F. Asperilla en “el último héroe de la Camocha” para explicar cómo se construía desde abajo la legitimidad de esas primeras comisiones obreras: “La empresa se ve obligada entonces a reconocer como interlocutor a una ‘comisión obrera’. Es la comisión la que ha de ordenar la vuelta al tajo, mientras tanto los trabajadores seguirán con los brazos caídos. Pero, ¿qué es esa comisión?, ¿quiénes la forman? Un puñado de trabajadores que se han venido significando a la hora de presentar las reclamaciones ante los jefes y el Sindicato Vertical. Por esta razón se han hecho acreedores de la confianza de sus compañeros.”

Estas huelgas fueron las que obligaron a que en 1962 el propio ministro-secretario general del Movimiento y Delegado Nacional de Sindicatos tuviera que sentarse a negociar en Oviedo con una representación mixta de enlaces y de “comisiones de trabajadores mineros”.

En su cálido texto “O todos o ninguno: Memoria de la huelga más larga del franquismo” Isaac Rosa escoge narrarnos con maestría la huelga de Bandas de Echevarri, sucedida en Vizcaya a mediados de los años sesenta. Lo hace a través de dos supervivientes que, más de cincuenta años después, reviven aquella huelga que duró 163 días: “Ganamos perdiendo. O perdimos ganando, lo que prefieras –dicen los viejos luchadores- No pudieron con nosotros más que usando la fuerza, las amenazas, el chantaje. Desnudamos al régimen, y eso lo entendieron los que vinieron después”.

El título de su relato ¡O todos o ninguno! es el grito que se repite en muchos de los conflictos laborales sucedidos durante la oscura noche del franquismo, expresión desnuda de la fuerte solidaridad que impregnaba las luchas obreras de esos años de plomo, de la incipiente conciencia de clase que iba tomando cuerpo en una estructura social diezmada por la represión.

Todos estos grandes autores muestran una parte muy épica, pero también muy desconocida de nuestra historia, en la que algunos hasta dieron su propia vida: Antonio Huertas, Cristóbal Ibáñez y Manuel Sánchez, los tres trabajadores de la construcción muertos por disparos la policía en Granada en 1970, Amador Rey y Daniel Niebla muertos por la represión policial en El Ferrol en 1972.

Antonio Campos, en el sobrio y sentido relato “muerte de un albañil”, desgrana minuciosamente las últimas horas de Pedro Patiño, un albañil y sindicalista asesinado por un guardia civil en 1971 en Madrid. Su único delito fue repartir octavillas convocando a la huelga de la construcción para reivindicar un salario mínimo de unas miserables 400 pesetas diarias, 2,40 euros.

En “Para matar un monstruo hacen falta muchos valientes” Benjamín Prado narra con su exquisita prosa la huelga de la SEAT en 1971, durante cuya represión murió el trabajador Antonio Ruiz Villalba. Este fue un conflicto emblemático porqué sacudió uno de los símbolos del desarrollismo del régimen: la gran fábrica de automóviles española. La policía llegó a infiltrar a agentes entre los trabajadores con el objetivo de descabezar la protesta. Así nos lo cuenta Benjamín: “Eran seres indomables las protestas se sucedían desde mediados de la década de los sesenta. Desafiaban a un estado totalitario cuyo único argumento era el uso de la fuerza”.

“Los miembros de la Coordinadora convocados fueron llegando a la capital por diversos medios de transporte, y una vez allí fueron recogidos por diferentes coches para llevarlos al lugar de reunión. Desde el principio hubo indicios de que la Policia estaba al corriente del encuentro. Marcelino aunque vivía en Madrid salió con más de dos horas de antelación, y fue en un coche conducido por su yerno. Miguel Angel Zamora recuerda que el compañero que le recogió dio muchas vueltas y sospechó que un coche les seguía, por lo que abandonaron el vehículo en Carabanchel antes de ir al sitio acordado de la cita.” Con esta prosa que parece más un thriller al estilo John Le Carre Mayka Muñoz nos describe minuciosamente la detención, el 24 de junio de 1972, de la Coordinadora General de las Comisiones Obreras en un intento del régimen por descabezar la organización. Asi como la fuerte ola de solidaridad nacional e internacional que se desató contra el juicio a unos dirigentes sindicales que iban a ser condenados tan solo por defender los derechos de los trabajadores, algo que en la inmensa mayoría de los países europeos era completamente legal. Finalmente el juicio contra los sindicalistas se transformó en un juicio político contra el régimen.

Unos pocos meses antes se había desarrollado en Milan la exposición “Amnistía que trata de Spagna”, que Ana Abelaira y Susana Alba describen detalladamente en el relato del mismo nombre. En esa exposición, realizada con la colaboración de las tres centrales sindicales italianas CGIl, CSIL y UIL y que contó el cálido apoyo de Rafael Alberti, se mostraron cuadros que habían cedido más de cien artistas españoles, franceses e italianos de la talla de Picasso, Miro, Vassarely, Guttuso, Tapies, Antonio Saura, Genovés, Soledad Sevilla, Equipo Crónica, Gordillo, Amalia Avia, Alberto Corazón, Eduardo Úrculo. El objetivo, plenamente logrado, fue recabar fondos para la lucha sindical y política antifranquista.

Una vez muerto el dictador en 1976 se desató la “galerna de huelgas” que impulsó CCOO para romper los estrechos márgenes de la transición que quería impulsar el franquismo sin Franco. En el libro se recogen varios de esos conflictos:

La huelga de Laforsa que, en defensa de los 200 trabajadores que habían sido despedidos de forma autoritaria, movilizó solidariamente a toda la comarca del Baix Llobregat. Javier Tebar narra el conflicto, con una abundante y pormenorizada documentación, que en enero de 1976 llevo a la huelga a 120.000 trabajadores de las zonas de mayor densidad industrial de España en solidaridad con los trabajadores despedidos: “La posición de la comisión de representantes obreros ante la autoridad gubernativa fue la de mantener la huelga si no se ofrecían garantías de que no se produciría ni un solo despedido, ni en Laforsa ni tampoco en la empresa Guix, la otra empresa de la comarca en conflicto por despidos. La posición negociadora de los representantes obreros estaba fijada: ¡O todos o ninguno!”

La huelga de la sanidad de Valencia de 1976 nos la cuenta Pedro G. Rios desde un punto de vista completamente original, desde la mágica belleza de los ojos de un niño: “Y entonces la vi, vi la bota, no sé por qué fue lo primero, supongo que era incapaz de levantar la mirada del suelo, tanto era mi miedo; una bota militar, negra, reluciente. Y luego lo vi a él, la porra en la mano, mirando la escena como la vaca mira al tren. La doctora se le encaró, le gritó que se fuese, que ese sitio era sagrado. Él no se lo esperaba, levantó la porra… Y de repente se hizo el silencio, y el mundo se paró, y ya nada volvió a ser igual. Y como en sueños, como si no fuera yo, di un par de pasos y me puse en medio, entre la doctora y la porra, y extendí mi brazo, y le ofrecí al policía mi caramelo Sugus sabor piña. Mi único caramelo”.

Uno de los conflictos laborales más emblemáticos, de las decenas que tuvieron lugar en esos meses organizados solo por mujeres, fue la huelga de la Rok de Madrid. Amaya Olivas utiliza una prosa combativa para relatárnoslo en “Gloria y la Rok”: “Otras compañeras se sienten presionadas por sus familias, sobre todo por los padres, porque los capataces les están llamando para que las metan en vereda, y pongamos fin a la huelga. Pero a las chavalas ya no nos paran. Hemos aguantado mucha presión, dentro de casa, y fuera. La pasión que tenemos se torna indestructible”.

La reacción del agonizante régimen a esa espectacular movilización social fue extremadamente violenta y sangrienta. Primero fue la matanza de Vitoria de marzo de 1976, trágico episodio que nos narra con fuerza y rabia la Miguel Ángel Sánchez Sebastián en el relato “Sangre de marzo”. Como ejemplo esta escena en la que nos describe como la policía desaloja a sangre y fuego la iglesia de San Francisco de Asis, donde había más de cuatro mil trabajadores en una asamblea: “A la salida de la iglesia un policía mata a un joven trabajador de un tiro en la nuca, a escasa distancia. El infierno se alarga todavía unos minutos y en las conversaciones por radio de los grises se oyen algunas terribles frases que merecerían formar parte de una antología dedicada a los crímenes de Estado: Buen servicio. Hemos contribuido a la paliza más grande de la historia. A mansalva, ¿eh? Ahora que ya tenemos munición, a mansalva, y a limpiar”. Limpiar, limpiaron, mataron a cinco trabajadores, alguno de un tiro en la nuca, e hirieron a más de ciento cincuenta.

El momento más delicado de la frágil transición, la ejecución a sangre fría de los cinco abogados laboralistas del despacho de Atocha en enero de 1977 por parte de pistoleros fascistas respaldados por jerarcas franquistas, la describe con precisión de relojero Rafael Fraguas en “Ataque al corazón de la clase obrera”. La impresionante reacción obrera y ciudadana a esa sangrienta provocación hizo saltar los goznes que intentaba imponer el régimen y permitió que la democracia llegara a nuestro país: “Centenares de miles de madrileños y madrileñas testimoniaron su dolor al paso de los féretros que avanzaban lentamente en dirección al cementerio del Este. Ni los más ancianos de la ciudad recordaban una manifestación tan masiva (…) y que discurría lentamente a través de algunas de las principales arterias de Madrid”. Finalmente el 15 de junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones democráticas en España después de 41 años.

También se rememora la huelga general del 14-D de 1988, que supuso una normalización de la relación entre los sindicatos y el poder político en democracia, al poner de manifiesto que el poder de negociación de los trabajadores también tenía que reivindicarse frente a un gobierno democrático. Jesus Montero en “Fundido a negro” nos transporta mágicamente a los primeros instantes de esa noche emblemática del 14-D: “Quince segundos después de las doce, el telediario funde a negro. Como había previsto el Comité de Huelga, si la gente se levantaba de sus puestos, cesaba su tarea y abandonaba las cámaras, las mesas de mezclas, los micrófonos, focos y teclados, en cuanto terminase el vídeo que estuviera en el aire, la imagen iría a negro”.

Por último, lo que nos ha sucedido, individual y colectivamente, a partir de marzo de 2020 debido a la pandemia ha vuelto a poner de manifiesto que es precisamente en los momentos de dificultad es cuando las personas sacan lo mejor de sí mismas, y eso se ha reflejado en las acciones de miles de afiliadas y afiliados, de delegadas y delegados de CCOO que han defendido no solo el salarios y las condiciones de trabajo de sus compañeras y compañeros sin pedirles el carnet, sino algo mucho más básico, su salud e incluso su vida. La palabra SOLIDARIDAD ha vuelto escribirse en mayúsculas. En los cinco breves relatos finales, basados también en historias reales, se homenajean a todas ellas. En este fragmento se recuerda lo sucedido en el Hospital Severo Ochoa de Leganés durante esos días: “Era la mañana del 17 de marzo de 2020, estaba amaneciendo, Mercedes no podía ni imaginar lo que iba a encontrar en pocos minutos. Tras pasar las puertas de cristal, el espectáculo que se le ofrecía era dantesco. Su hospital había sufrido una mutación radical en apenas unas horas. Aquello parecía un hospital de campaña en plena guerra”.

Todos estos relatos intentan reflejar, como dice Joaquín Estefanía en el prólogo del libro, que “la conciencia de clase es la capacidad que tienen los ciudadanos que pertenecen a una clase social de ser conscientes de las relaciones sociales antagónicas, y de actuar conforme a esa conciencia”.

Autores: Elvira Lindo, Manuel Rivas, Isaac Rosa, Benjamín Prado, Amaya Olivas, Unai Sordo, Pedro G. Rios, Mayka Muñoz, Miguel Angel Sanchez Sebastián, Pedro A. Jiménez, Ana F. Asperilla, José Babiano, Javier Tebar, Susana Alba, Rafael Fraguas, Antonio Campos, Ana Abelaira, Jesus Maria Montero y Bruno Estrada. Prólogo de Joaquín Estefanía.

Editorial: La Catarata.