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Represaliados por el franquismo en zonas rurales de Madrid


El Maestro Antoni Benaiges y los alumnos de la escuela rural de Bañuelos de Bureba (Burgos). 1934-36. Coloreada. "En 1936 el maestro les prometió que los llevaría a conocer el mar, pero la tortura y asesinato del maestro Benaiges truncó para siempre aquella promesa." https://twitter.com/latinapaterson/status/1275034994054967296/photo/1 El Maestro Antoni Benaiges y los alumnos de la escuela rural de Bañuelos de Bureba (Burgos). 1934-36. Coloreada. "En 1936 el maestro les prometió que los llevaría a conocer el mar, pero la tortura y asesinato del maestro Benaiges truncó para siempre aquella promesa." https://twitter.com/latinapaterson/status/1275034994054967296/photo/1

Los vecinos de Chinchón antes de acabar la guerra decían aquello de “en marzo el que no estirará la pata estirará el brazo” mientras las mozas del pueblo no sabían que hacer, si irse con los nacionales o con los de la 110 (batallón republicano). La sabiduría popular describía de manera socarrona un tiempo de silencio en nuestra historia, la llegada al poder de los sublevados de 1936. Sin un ideario político, salvo el de permanecer en el poder, el Caudillo fundó un sistema de partido único imitando el fascismo italiano. “Franco, Franco, Franco” se repetía por las calles como si fuera la Santísima Trinidad. Bajo palio entraba en la historia un personaje que desayunaba firmando penas de muerte sin pudor.

Rondar las calles era una tradición española en los pueblos pero tras la guerra se apagaron aquellas zambombas, panderetas, almirez, guitarras, anises y cantos embriagados por el vino de la tierra para dar paso a otro tipo de rondas. Energúmenos de poco cerebro y otros a los que les hervía la sangre, buscando venganza por algún acontecimiento ocurrido durante la guerra, se juntaron para torturar y asesinar a los perdedores. En los pueblos todo se sabía pero además se creaba dentro del partido, FET de las JONS, una sección de información que no era otra cosa que un intento de desarrollar una investigación en cada pueblo que determinase el comportamiento de cada vecino en la contienda. De cada pueblo se realizó una investigación. Se trataba de obtener la llave para ejecutar más españoles por supuestos delitos durante la guerra.

Los rebeldes no buscaban solo el triunfo militar al progresar en la conquista territorial por el solar republicano porque en su avance buscaban la limpieza sistemática sobre enemigos políticos del territorio adquirido. La limpieza social que el líder rebelde desarrolló tras la guerra entre paisanos españoles pretendía homogeneizar la sociedad bajo el pensamiento único del fascismo. Franco se quedó más solo que la una al acabar la Segunda Guerra Mundial pero, aun así, supo disimular en un proceso de desfasticización hasta conseguir el apoyo del amigo americano en el contexto de la Guerra Fría. Se eliminaron entonces fotografías con las banderas nazis alemanas o fascistas italianas y hasta el recuerdo de aquellas bandas de falangistas que torturaron y asesinaron por toda España a los vecinos bautizados como “rojos”.

A las mujeres se las rapó la cabeza en ocasiones para ridiculizarlas mientras eran paseadas por el pueblo tras haber ingerido aceite de ricino (algunas con un kiki y un lazo rojo). Por debajo de aquellas faldas resbalaban sus heces líquidas mientras otros vecinos se reían de aquella situación en que las “rojas” expulsaban “el comunismo pata abajo”. Algunos represaliados no fueron paseados porque “se suicidaban” en la noche en la prisión del pueblo. Aunque todos sabían que lo habían ahorcado como represalia de un pasado reciente. Otros desaparecieron de noche por el campo en aislados pozos de venganza.

Según el General Sanjurjo “Franquito el cuquito” no era de fiar y el General Queipo de Llano la bautizó como “Paca la culona” por su poco gusto por los lupanares. El jefe y su fiel tropa calificaron algunos asesinatos de los revolucionarios del 36 como hechos brutales pero a igual fenómeno realizado por ellos mismos era identificado como “limpieza y deber” para dejar en la piel de toro tan solo a los españoles de bien, unos “verdaderos” españoles. Los otros se ve que eran de mentira pero el catálogo de fosas comunes y tumbas de nuestros cementerios reflejan una realidad social incontestable.

Al volver a sus casas con la mentira de Franco se ubicaba a la población en diferentes edificios concentracionarios temporales como plazas de toros o conventos en donde, durante unos días, se clasificaba a los vecinos que volvían a su hogar. Por sus tapias volaban mensajes a sus familiares para dar noticia de vida en forma de papel y lápiz. Mientras en aquellos pueblos se buscaban restos de la guerra por el campo porque un kilo de balas era un kilo de comida. Con una azadilla se rebuscaban alambradas que enrollaban en palos y casquillos de bala entre las trincheras de una guerra que había dejado cicatrices en el alma de los españoles.

Acabada la guerra había 150.000 presos en las cárceles franquistas que fueron soltados poco a poco dado el hacinamiento y las pésimas condiciones higiénico-sanitarias. Aquellos presos fueron a sus casas vigilados por el régimen. En 1940 se crearon 52 Comisiones Provinciales de Examen de Penas para la revisión de las sentencias por rebelión. Desde la Comisión Central de Examen de Penas se controlaba el territorio con presos que saldrían fuera de las prisiones con la creación del Servicio Nacional de Libertad Vigilada que tenía a su vez una Junta Provincial del Servicio de Libertad Vigilada y a su vez Juntas Locales. La función de este organismo era vigilar la conducta político-social de los que salían en libertad provisional por los decretos de indulto concedidos a los juzgados por tribunales militares. Este organismo estaba adscrito a la Dirección General de Prisiones y a la Comisión Central de Libertad Vigilada. De esta última dependían las Juntas Provinciales y las Juntas Locales. Un país entero ubicado entre barrotes.

Al medio millón de exiliados, que faltaron en sus casas, hemos de sumar cerca de 400.000 presos en campos de concentración y de trabajo. Muchos volvieron para ver a sus familias ahogados por la emoción y el llanto por un sufrimiento impuesto por el líder del país que a modo señorial gustaba de dar latigazos a sus vasallos para dejar claro quien mandaba aquí. La guerra la había ganado Paco el de los duros y un ejército servil vigilaba a los españoles. Un país entre barrotes con la excusa de la victoria en donde muchas familias sufrieron el nuevo y “salvador” régimen político.

En Valdaracete los “Lucas Arteaga” habían perdido a su madre en 1937 dejando siete hijos. A los 15 días de enterrar a su madre murió el hermano mayor en el frente dejando a su mujer viuda y embarazada. Al dar a luz ella murió en un accidente dejando dos niñas huérfanas. Acabada la guerra el cabeza de familia va a la cárcel cinco años por tener un carné sindical (UGT). Mientras tanto los dos hijos mayores eran internados en batallones de soldados trabajadores como prisioneros desafectos al régimen. Uno de ellos vuelve a casa para sacar adelante a los cuatro pequeños. Al año y medio se lo llevaron a un batallón de trabajadores preso. Le tocó crecer al mayor de los cuatro que quedaban en casa. Cuando los dos hermanos acabaron su condena les tocó a ambos hacer la mili en África. El mayor de los cuatro que quedaban (19 años) sacó adelante a los otros tres de 15, 12 y 6 años de edad. La vendimia, la aceituna y la siega mezclada con la búsqueda de todo tipo de hierbas forrajeras así como la práctica oportuna de la mendicidad consiguieron que los chicos salieran adelante.

Para uno de los dos hermanos que hacía la mili en África la situación aun fue peor. Recibió una carta de su novia con la que llevaba siete años. Lo dejaba. Tras pedir explicaciones por carta y viendo que no había respuesta volvió al pueblo el mismo día que la estaban enterrando porque se había suicidado ahogada en el río. El otro hermano tras la mili se apuntaba a la División Azul desapareciendo en el combate de Krasny Bor, en los arrabales de Leningrado, junto a otros 1.200 españoles muertos en 1943. Al año siguiente salía de la cárcel el cabeza de familia.

Manuel era el penúltimo hijo de la familia y nos contaba entre rabia y pena la historia de su familia, que como muchas otras quedaba enterrada en aquella España grande y libre. Ni paz, ni piedad ni perdón. Violencia, venganza y silencio. De ciertas cosas no se pudo hablar hasta 40 años después, bajando la voz y mirando antes a un lado y a otro. Era un tiempo de silencio.

Bibliografía utilizada en este artículo:

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- Núñez Díaz-Balart, Mirta, “Las mecánicas de la infamia”, Mirta Núñez Díaz-Balart (Coord.) La Gran Represión. Los años de plomo de la posguerra (1939-1948), Flor del Viento, Barcelona, 2009, pp. 133-234.

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- Southworth, Herbert R., El lavado de cerebro de Francisco Franco. Conspiración y guerra civil, Crítica, Barcelona, 2000.

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Juan de Á. Gijón Granados es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja en la enseñanza secundaria desde hace más de 20 años en la Comunidad de Madrid. Profesor Visitante (2006) en el Instituto de Historia (CSIC). Ha colaborado con la editorial Oxford en la elaboración de libros para profesores y alumnos. Entre sus temas de investigación están las Órdenes Militares, la arquitectura militar o la represión de los dos bandos en la Guerra Civil, entre otros. www.juangijon.com