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Pierre Benoit visto desde España en 1931


  • Escrito por Isidro Bureba Muro
  • Publicado en Cultura

Reproducimos un artículo de Boris Bureba (Isidoro Bureba Muro) sobre el escritor Pierre Benoit del otoño de 1931:

“Es joven. Aún no tiene cuarenta cinco años, y ya conoce el sabor del triunfo, de la gloria. No tiene nada del clásico bohemio. Hoy, la de escritor es una profesión que puede ser lucrativa; lo es para los que escriben como Pierre Benoit. Se ha dicho de él—¿quién, teniendo fama, no tuvo enemigos?—que no viaja, que es grande su fantasía y que la imaginación suple lo que sus ojos no vieron...

Pierre Benoit ha viajado y viajará. Así lo esperamos. Hijo de militar, paseóle su padre por Argelia y Túnez, en donde pasó su infancia. Luego, sus libros son pruenas irrefutables de sus andanzas por los países que describió con pluma maestra. Después, su afición a los libros—fué bibliotecario en el ministerio de Instrucción pública—consolidó una cultura de las más amplias.

Empezó escribiendo versos, y en esto no fué original. Sin embargo, su «Diaduméne» (1907) y su «Les suppliantes» (1916) tienen la armonía, el encanto y el misterio que después había de saber dar también a su prosa.

Su primera novela: «Koenigsmark». Su revelación: «La Atlántida». Su mejor novela: «La señorita de la Ferté». Complemento de estos tres triunfos: «El lago salado», «Olvidado» «Por Don Carlos», «El pozo de Jacob», «El rey leproso», «Alberta», «La castellana del Líbano», «Eromanga, isla maldita», «Sol de media noche»... Documentos obtenidos durante sus tres o cuatro vueltas al mundo: China, Australia, Canadá, Argentina, Palestina, Rusia, Africa_ ¿Quién ha dicho que Benoit no ha viajado? aquel que no haya leído sus obras...

Casi todos los meses se hablaba de Piense Benoit. Ayer, una reimpresión. Hoy, una nueva novela. ¿Mañana?... El mañana de un académico es muy problemático, ya que su sillón se asienta en el pasado...

No hace mucho se ha publicado una nueva edición de «La señorita de la Ferté», y salió al mismo tiempo el original en París y la traducción en Madrid, el número catorce de sus novelas. Como buen latino, Benoit es supersticioso: era preciso saltar pronto por encima del trece.

«Un almuerzo en Sousceyrac» es el título de la última producción del autor francés tan arraigado ya en nuestro público. «Un almuerzo en Sousceyrac»..., pueblo el más pleitista de la región del Segala, de hombres rudos como su paisaje. De ese almuerzo, copioso, nace el drama, un drama de herencia que descubre todas las intrigas de que son capaces los hombres—y las mujeres—avaros. Una mujer pobre, quien, por circunstancias muy verosímiles, muere rica. Un heredero del que nadie se acuerda, y que surge entre los que su herencia acapararon, cuando nadie lo esperaba, precisamente después de ese «almuerzo en Sousceyrac»...

¿Quién disfruta aquella herencia? Una mujer, una mujer, ¡oh Pierre Benoit!, de las que tú modelas, de as que no pueden ser confundidas con otras. Fascina al heredero—este heredero es también de tus «muñecos», Pierre Benoit—, y ya no hay interés, ni herencia, ni luchas; sólo t'ay amor..., que tal vez no sea compartido.

Esta, como todas las novelas del prestigioso escritor—que se sabe de memoria veinte mil versos de Víctor Hugo y muchas tragedias de Racine--, nos muestra su prodigioso don le abrir nuestro espíritu a perspectivas inexploradas, de lograr evocar y crear una atmósfera tan sólo con algunos epítetos, de graduar el interés, le trasladarnos a países de ensueño, le contentar nuestro anhelo de ideal.

Después de la publicación de su “Almuerzo…”, Pierre Benoit fué elegido académico. Pertenece a los inmortales. Desde entonces, sólo hemos leído algunas crónicas -porque también ha sido grande su actividad como colaborador de diarios y revistas-, en las que aún no se advierte el cansancio. Pero descansa como novelista, y es lamentable. Ya no viaja. Tampoco su imaginación trabajo. ¿Pesarán ya sobre sus jóvenes hombros los vetustos muros del palacio Mazarin. ¡Cuánto sentiríamos que el gris del Sena hubiese oscurecido la grata fantasía del viajero! Si así fuera, nos atreveríamos a recomendarle que sacudiera sus anhelos de inmortalidad, que, adquirida ya entre sus lectores numerosos, mejor podrán consolidarla éstos que la gloria oficial de una Asamblea, en la que destaca en la triste y arcaica negrura de lo que acaso fue.”

(Fuente: El Socialista, número 7093 de 3 de noviembre de 1931).