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Una pensión en el centro


Se trataba de vivir en el centro ¿o de algo más? El centro es un meadero público, lleno de guiris y la contaminación es elevada, con lo cual la edad se resiente y a con algunos años de más es un riesgo, pero hay una mentalidad que siempre prefiere el centro, da categoría.

Mi protagonista, lo había buscado a cualquier precio. Un centro del que poder presumir, a él le gusta el polo opuesto a la pobreza. La miseria le da pánico. Cuando vio el piso, le pareció un lugar donde él podría vivir muy a gusto, hizo las cuentas y salían. La dueña le enseñó el tapiz valorado en cien mil euros, qué pasada…qué poderío…mucho de lo que presumir…el superlativo enfático, al que era aficionado, cuadraba: ¡fantástico!

Al principio cuando la conoció, aunque ya la conocía, y le hizo la mamada en el despacho de ella, este señor es de mamadas, descubrió a su pesar que el pisito estaba dividido, le había puesto un muro a su ex, medio piso para cada uno…ella se quedó con la cocina, él se llevó a la venezolana, estaba como un queso. En cuanto él desapareció, la providencia le posibilitó la entrada. Ella había heredado el piso de una tía y también la propensión a sufrir cáncer, le faltaban las dos mamas que habían sido sustituidas por dos muñones escasos de atractivo. A él le daba igual, siempre encontraría a una maestrilla con necesidades que tuviera donde hincar el colmillo. Las profesoras con necesidades se le daban. El pisito le ofrecía la posibilidad de comer bien, ropa planchada y la atentación de no hacer nada, puesto que ella le había dicho que todo lo hacía mal, salvo abrir la botella de vino a la hora de comer. Por méritos la apodó la patrona.

La que se sabía los teléfonos ocultos en la clandestinidad de memoria, era una mujer de temperamento, le gustaba mandar, se sabía lista y fuerte. Es decir, se las sabía todas, es por eso que dueña de una cornamenta de gran vigor, se pasó a su dormitorio y le cedió a él la habitación del hijo, un pequeño cuarto con derecho a armario.

Él era dueño de un patrimonio singular: varios pisos y algo más…aunque solo le quedaban un trastero lleno de maletas y un despacho en uno de los pisos donde estaban las medallas conseguidas, libros en el vacío de la soledad, un ordenador que nunca gozó de buena salud, las joyas de la familia y los títulos de propiedad…ah!, también una apetitosa colección de plumas que nunca usaba, seguramente por si las perdía. Los bastones los empezaba a usar.

Una pareja para encima del piano, se querían casi sin saberlo y no podían vivir el uno sin el otro. La que mandaba era ella, él a todo asentía, no fuera que tuviera que buscar otra celda en la que encontrar la seguridad que no era capaz de mantener. Temía que lo echara, que le pusiera la maleta en la puerta, una vez que intentó una aventura, amenazó con un bote de pastillas. Se arrastraba como un reptil a sus órdenes. Hoy una ensalada de arroz, después a la cama a dormir, mientras paladea un güisqui más. Ella con rulos y el botox muy puesto.

Él mezclaba la iglesia, incluido el Opus, con un socialismo de partido, muy de pasillo y Agrupación . Ahora una de sus amantes había conseguido una comisión en el Ministerio con la consabida apertura de las fuentes, que parecían secas en tiempos anteriores. El poder, sentirse importante y que ayudaba a los demás, mientras saboreaba una buena comida, un buen vino…pequeñas cosas en esta España de la corrupción y el amiguismo. Su ayuda, muy beneficiosa en ocasiones, había salvado al común de los mortales de atropellos administrativos. Se hacía querer.

Me contaban que la vieja comunista tenía en el centro que dirigía un corte de aduladores que conseguían sus propósitos gracias a sus intervenciones. Yo mando, las clases no las piso y a mis amigos lo que necesiten. Le gustaban las fotografías con políticos de talla, los directores generales, subdirectores, secretarios de Estado, inspectores y personalidades diversas.

Los rituales eran idénticos a sí mismos, siempre igual, eso les daba valor. Alejar los problemas del problema, no luchar ni por lo que uno cree. Por la tarde paseo, vino y tapa; los domingos garbanzos con langostinos; en Navidad perdices al chocolate, se sentía maestra de las recetas. La dorada a la plancha con patatas panadera no estaba mal.

Él tuvo una novia, una maestra hija de un obrero, pero no era suficiente porque aspiraba a apellido. Cuando lo encontró y estaba esperando a la novia ante la iglesia un pensamiento cruzó su mente, qué hago aquí. A los años quedaba con ella por agenda mientras se marchitaba en el abandono. Poco sexo y malo, la sonrisa y la lozanía se fueron perdiendo en un fracaso que ni el lujo soportaba.

Este hombre no es de ayer ni de mañana, solo busca el presente durativo.

La pensión en la que vive y de la que presume es el triunfo de la vejez, aunque la celda con la que sueña es la que tiene derecho a púlpito, la oratoria es su reto. Vivir de la mentira es su opción. Saber que dormirá con derecho a agua caliente, ropa limpia y que sacará a pasear a la abuelita que no ejerce es el don que espera como triunfo a sus aspiraciones, a veces se cogen de la mano y él le dedica poemas.

La última vez que lo vi, le sugerí que fuera valiente y dedicara sus últimos años a amar, no sabía lo que era…me fastidiaba porque es un tesoro sin descubrir, oro molido. Sin duda no había leído la famosa frase “No te vayas a perder la maravilla de tirar con amor”.

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.