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Más que un ángel


Llamaban a su casa la casa de las fieras, le dijo un día su vecina Remigia para ofenderla. Se había criado entre cinco hombres y su padre, con la hermana mayor había podido compartir poco. Estos hombres a fuerza de cultivar, vender y comprar habían hecho un capital con el que ella se permitió una infancia cómoda y pueblerina. Coser, bordar, la iglesia, criadas para limpiar y mucho mimo de su madre.

Él la vio bajar las escaleras de la iglesia y se había fijado en el tobillo. Tras acompañarla a su casa, el forastero, que solo comía cocido, se casó con la desconfianza familiar de una elección poco adecuada. En el viaje de novios lo supo, sería desgraciada, en plena estación de Sevilla se cayó y no fue capaz de recogerla.

Cinco embarazos, cuatro hijos y mucho quitarse la camisa para ir de coces. Todos los partos en su cama, la última ni la esperaba porque pensaba que no volvería el periodo. Se desvivió por todos mientras se comían la herencia de su padre, señora, me casé con una rica. Trajo bueyes para labrar el campo después de una larga ausencia, en la Mancha no los esperaban. A la hora de comer siempre se le echaba en cara, qué tontilán además votaste a la República.

Transcurrió su vida en una enorme casa en la que se comía poco y se limpiaba menos, aunque el mantel nunca faltaba. La casa era tan grande y con tantos animales que salvo ir a misa daba tiempo a poco más. Él no pisaba la iglesia, salvo los duelos, se reía del más allá. Ella con fe y sabiduría sobrehumanas soportaba los golpes. Desde que mataron a su hermano por la espalda en la viña vistió de negro. Qué bien hablaba el castellano de Castilla.

No se duchaban, no había cuarto de baño, se lavaban por partes. Utilizaban el barranco y un lavabo con agua que se sacaba del pozo. Ella para las partes íntimas era muy mirada; no se estilaba la ropa interior; sus sayas, su moño prendido con horquillas, su velo y su toquillón.

Había sido guapa y con clase. Amaba a los suyos con tanto amor que recogió a una nieta que su hijo mayor tuvo en sus noches locas de Universidad. Tráete a la chica. Se puso al pueblo y al párroco por montera. Cómo quería a su nieta mayor, la crio y le enseñó lo mejor de la vida: tener esperanza cuando todo está perdido. Se la llevaba a la iglesia en las mañanas de niebla a las misas de gozo, debajo del mantón con sus manos le calentaba las manos…el incienso, los cánticos, la música…bajaban tan contentas.

Todos se fueron yendo y se quedó sola en esa casa enorme en la que nunca faltaba un fresquillo cuando la visitaban los biznietos. Los gatos, madre dónde está la doradilla, y el polvo fueron cubriendo la soledad. Convivía con la muerte con toda naturalidad, nunca tuvo miedo. Esperaba a su hijo, le abría el portón y le hacía la comida cuando no se tenía en pie. Las gachas, la cata de tomate y la gallina en pepitoria eran su especialidad. Las gallinas poblaban ese corral y se paseaban por el porche salpicando con sus excrementos hasta la cocina. A su nieta le gustaba sentarse a su lado en el porche junto al sol y escuchar sus relatos, mientras las aves picoteaban.

Murió en el hospital con los huesos hechos calderilla. Rezaba y rezaba sin parar. Lo había dado todo y el franquismo, que tanto defendió, ni una pensión me pusieron una escopeta en mis partes cuando estaba de siete meses, me salvé de milagro.

Su nieta conserva sus cosas y su retrato. No solo lleva su nombre sino también su corazón. 

María C. Galera fue ayudante de Don Enrique Tierno Galván. Es Doctora en Filología Hispánica y profesora de Lengua y Literatura Castellana.