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El Jardín de las Delicias, de Hyeronimus Bosco


El jardín de las delicias ["El Bosco"], 1490-1500, óleo sobre tabla, 220 x 389 cm / © Museo Nacional del Prado El jardín de las delicias ["El Bosco"], 1490-1500, óleo sobre tabla, 220 x 389 cm / © Museo Nacional del Prado

No cabe duda de que el cuadro que traemos aquí para su lectura es uno de los más visitados de la colección permanente del Museo del Prado. Nos referimos al tríptico El jardín de las delicias, del pintor flamenco Hyeronimus van Aken, conocido como El Bosco.

En la sala del museo madrileño en la que se expone siempre encontraremos multitud de visitantes frente a esta obra, que contemplan el enigmático mundo que ofrece, cuyo simbolismo ha derramado ríos de tinta y fascinado a propios y extraños.

Porque todo es misterioso en esta obra, comenzando por la fecha de su realización, que para algunos especialistas se sitúa en 1513, mientras que para otros se ubicaría entre 1500-1505. El rey Felipe II de España la adquirió a finales del siglo XVI, junto con otras producciones de El Bosco, como fueron La mesa de los pecados capitales y El carro del heno. El rey español era un gran admirador del pintor, y guardó estás obras durante un tiempo en el monasterio de El Escorial. El jardín de las delicias es depósito del Patrimonio nacional desde 1939, y forma parte de la exposición permanente del Prado. El título que ahora ostenta no lo fue siempre. Este cuadro fue conocido también como La pintura del madroño, La creación del mundo o La pintura de los placeres carnales.

Respecto al pintor poco se conoce de su biografía, y las escasas referencias que sabemos pertenecen al archivo municipal de Bolduque. Hyeronimus era miembro de una familia de pintores; nació en 1450, y se cree que murió en 1516 víctima de una epidemia de cólera. El viajero italiano Ludovico Guicciardini le define en 1567 como «muy admirado y maravilloso creador de imágenes extrañas y cómicas y de escenas singularmente descabelladas». Ciertamente, El Bosco supo poner la sátira y la ironía al servicio de la moral, con sus alusiones al pecado, al “tempus fugit” y a la locura del hombre que se aparta del camino del Señor, ocultando tras una intrincada simbología su mensaje.

El cuadro que “leemos” hoy tiene la particularidad de brindarnos dos caras, dada la peculiaridad, como ya hemos señalado, de ser un tríptico. Por tanto podremos observar dos aspectos diferentes, dependiendo si está cerrado o abierto.

En el primer caso, cuando las puertas se abaten, se nos muestra el tercer día de la Creación, realizado con la técnica de la grisalla, que permite de forma monocromática resaltar las formas. Según el Génesis fue en este día tercero cuando Dios creó la vegetación. El Bosco representa la tierra tal y como se concebía en aquel entonces: plana, aunque la inserta en una esfera de cristal, que nos evoca la idea, sorprendente, del mundo redondo. Desde la esquina superior izquierda la Divinidad observa, con un libro entre las manos, el de las Sagradas Escrituras. Temporalmente podemos intuir que nos sitúa en el amanecer del cuarto día, ese en el que el sol y la luna reinarían en el firmamento. Hay dos inscripciones en latín: “Ipse dixit et facta sunt” (Él mismo lo dijo y todo fue hecho”, situada en el lado derecho; en el lado izquierdo encontramos: “Ipse mandavit create sun” (El mismo lo ordenó y todo fue creado).

Si, como antes hemos indicado, el tríptico cerrado nos muestra la escena en una escala de grises, cuando lo abrimos se nos viene a los ojos una explosión de color. Siguiendo el orden de lectura, de izquierda a derecha, encontramos la primera tabla que representa EL PARAISO. En primer término vemos la escena de la creación de Eva, que es entregada por Dios (con rostro de Jesucristo) a Adán. Cerca de ellos encontramos un drago, árbol exótico, pero cuyo fruto se consideraba curativo. A la derecha del panel, y en segundo plano encontramos otro árbol, este el del Bien y el Mal, con una serpiente enroscada en él, y cuyo aspecto se asocia a una palmera. En el centro de la escena una fuente alegórica a los cuatro ríos, y un búho que representa la mortalidad. Llama la atención la serenidad del cisne (símbolo de los adamitas), que destaca entre otros animales reales o mitológicos, que recorre la laguna, y que sabemos que era el símbolo de la hermandad del pintor, y por tanto con significado de fraternidad. Vemos una serie de animales africanos, cuya iconografía se cree que le llegaría a El Bosco a través de los diarios del viajero italiano Cyriacus de Ancona.

Hay que destacar que este Paraíso, por sus figuras, su composición o sus alegorías, resulta muy inquietante, y muy lejos de las imágenes placenteras a las que nos tiene acostumbrados otros artistas al reflejar el Edén.

El panel central es, propiamente, EL JARDÍN DE LAS DELICIAS, una tabla ocupada por toda una pléyade de figuras, tanto de raza blanca como de raza negra, dedicadas a los placeres, en gran medida sexuales, absolutamente inconscientes del destino final que les espera a los pecadores. Cuerpos desnudos que serían impensables sin su carácter moralizante. Llama la atención la ruptura de la escala natural, ya que vemos pájaros y frutas de tamaño mayor que las personas. Distinguimos madroños, fresas, moras y cerezas, que se asocian a la mortalidad, amor, tentación y erotismo. Y como no, la manzana, recordando el pecado original. En el centro aparece una fuente agrietada, que nos indica lo efímero del placer humano.

Nuestro recorrido lo terminamos en el panel de la derecha, el del INFIERNO. Sin duda, nuestra mirada queda prendida en la figura central, en el hombre-árbol con sombrero, a quien se le ha querido identificar con el Diablo. Las personas que vimos en la tabla central aquí son condenadas por esos placeres que gozaron: el juego, la codicia, la hipocresía, la lujuria, el alcoholismo… Llama la atención el que el pintor haya representado instrumentos musicales como herramientas de tortura.

El infierno es representado por El Bosco de las dos maneras en las que se concebía en la época. El calor y el fuego eterno, que vemos arder al fondo del cuadro (en una visión que nos puede recordar a la ciudad de Mordor, en la película de El Señor de los anillos). Sin embargo al pie de la figura del hombre-árbol vemos un lago helado, el frío eterno como castigo.

Podríamos afirmar al “leer” este cuadro que El Bosco habría sido el primer surrealista, y en él encontramos elementos satíricos y burlescos al servicio de la moral. Las artes menores y los cuentos tradicionales estaban plagados de estos elementos que el pintor flamenco supo elevar a la importancia de la pintura, y que veremos influir en artistas como Peter Bruegel El viejo.

Estamos por tanto frente a una obra magna en muchos aspectos, ante el espectáculo de las debilidades humanas, ante una reflexión sobre las contradicciones de una sociedad y el infausto destino de los pecadores.

LA ESTUDIANTE DE ARTE

El cuaderno de apuntes sujeto de manera inestable sobre el brazo izquierdo. La mano derecha toma notas en los márgenes, subraya y dibuja flechas indicando la importancia de las palabras que describen las escenas de la obra.

Apenas dos o tres personas la acompañan frente al tríptico. Ella intenta concentrarse en las líneas, en las frases que la profesora ha indicado en clase para, en unos días, volcarlas en el examen. Las tres tablas, y un recorrido por el Paraíso, los pecados y su castigo; el mensaje está claro… Pero de vez en cuando su mente vuela, y vuela, en ese afán suyo de encontrar más allá de la explicación académica la obra de arte. De pronto las figuras parecen adquirir un movimiento imposible e irreal. La rueda de personajes en la tabla central parece girar, y el sonido de la algarabía de aquellos se confunde con el crepitar del fuego del Infierno y el llanto de los condenados.

Los ojos de la estudiante de arte se abren como platos, y en su cabeza resuenan las palabras de Dominicus Lampsonius dirigidas al pintor cuya traducción podría decir: «¿Qué ven, Jheronimus Bosch, tus ojos atónitos? ¿Por qué esa palidez en el rostro? ¿Acaso has visto aparecer ante ti los fantasmas de Lemuria o los espectros voladores de Érebo? Se diría que para ti se han abierto las puertas del avaro Plutón y las moradas del Tártaro, viendo como tu diestra mano ha podido pintar tan bien todos los secretos del Averno»

No, ella no quiere conocer los secretos del Averno, le bastaría con entender los secretos de la vida y de la muerte escondidos por el pintor en esa obra de título tan sugerente: El jardín de las delicias…

En este enlace se puede escuchar la partitura escrita sobre el culo del personaje aplastado por el laúd. https://www.youtube.com/watch?v=7iGsXiSt_4A

 

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad está en preparación de su quinta novela y acaba de presentar su último libro de poesía, Papelera de reciclaje con Ediciones Vitruvio.

Recientemente ha sido nombrada concejala de Desarrollo económico y empleo de Rivas Vaciamadrid.