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HEMEROTECA
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Medea para el pueblo en la Plaza de la Armería en septiembre de 1933

Ciertamente, el escenario donde por segunda vez se ha desarrollado la tragedia no es tan eficaz como el que deparó Mérida con las ruinas de su teatro de Agripa. Mérida lo dió todo hecho; en la plaza de la Armería, delante de la fachada del Palacio Nacional, los escenógrafos han necesitado trabajar, si bien lo han hecho con la sobriedad y la discreción que demanda la pieza teatral que, traducida por don Miguel de Unamuno, han representado para el público de Madrid la Xirgu y Borrás. La madre repudiada que se cobra del repudio del varón matándolo en los hijos, conjurando contra su poder la cólera de los dioses, comunicó a los espectadores su aliento trágico. Por la plaza de la Armería se difundió, por obra de la palabra y de la acción, conjugadas en «Medea» de un modo exacto, es decir, perfecto, el sentimiento de lo trágico. No es una afirmación cómoda, con la que necesitemos ampararnos para eludir otras estimaciones. Tanto corno atender a la acción dramática interesaba cuidar de conocer las reacciones del público espectador, por una razón que no deja de ser curiosa: porque, contra lo que cabía esperar—acaso con error—, la mayoría del público lo facilitaron las clases populares. No se puede decir que la plaza de la Armería presentase el aspecto «propio de las grandes solemnidades», según el conocido cliché periodístico. Muy lejos de ella. El gran contingente del público lo suministró el pueblo. De aquí justamente que resultase notoriamente interesante seguir, además de a los actores, el camino que sus palabras hacían en el auditorio.

Cabe afirmar que la emoción hizo mella en los espectadores. Medea, con sus súplicas y sus imprecaciones, con sus conjuros y sus cóleras, iba impresionando a todos, preparando los ánimos para el desenlace, el sacrificio de los hijos al resplandor del incendio que destruye la ciudad.

Y ello sucedió a despecho de los inconvenientes. El mayor de todos, la defectuosa instalación de radio, que no consintió seguir bien los parlamentos de los actores. Cabe esperar que este inconveniente encuentre su remedio en la representación de esta noche y en las que hayan de sucederse si es que, atendido el interés despertado por la primera representación, la segunda resultase insuficiente para satisfacer tanta curiosidad como ayer no pudo ser satisfecha. Y es tanto más interesante encontrar remedio al inconveniente cuanto que la palabra castellana en que Unamuno facilita la versión de «Medea» es como cabía esperar de él, todo lo dura y tierna, alternativamente, que corresponde a la tragedia. también porque los actores—Xirgu Borras y, en fin, cuantos participan el! la representación—la entonan y callen. tan con aquel entusiasmo que sólo cabe poner cuando lo que se dice está ungido de las virtudes de lo clásico. Participaron de los merecidos aplausos el maestro y los profesores de la Banda y las voces del Coro.

Presenciaron la representación de “Medea”, juntamente con el presidente de la República—ovacionado por al público al presentarse y abandonar la plaza de la Armería—, los ministros de Instrucción pública, Gobernación, Trabajo y Obras públicas.”

(Fuente: El Socialista, nº 7688, de 2 de septiembre de 1933)