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La quema de libros en el verano de 1939

Las bibliotecas particulares pueden definir la ideología de una persona, los contextos en que se socializa, las compañías, literarias o físicas, que frecuenta, su manera de enfrentarse al mundo que le rodea., leer es un acto político y por tanto una práctica normalmente perseguida por regímenes dictatoriales.

En este sentido, la imagen que más poderosamente se ha instalado en la memoria colectiva ha sido la de la Alemania nazi, donde la furia desatada contra las páginas de papel tomó forma en las quemas públicas que organizó el ministro Goebbels en la primavera de 1933. Aunque mucho menos conocidas, las hogueras franquistas también arrasaron toneladas de libros y otras publicaciones en España a partir de 1936.

Desde el comienzo de la guerra civil los militares golpistas emprendieron una feroz campaña contra la cultura republicana escrita requisando y quemando millones de libros a medida que iban ocupando localidades en el país. En todas las plazas de los pueblos se organizaron hogueras públicas del veneno escrito como acto fundacional de la etapa que se implantaba tras la ocupación.

En este sentido las autoridades militares en colaboración con las civiles debían requisar en las zonas controladas y en las que se fueran conquistando toda la documentación de las “sociedades masónicas, Liga de Derechos del Hombre, Amigos de Rusia, Socorro Rojo Internacional, Cine Clubs (material cinematográfico), Ligas Anti- Fascistas, Ateneos Libertarios, Instituciones Naturistas, Ligas contra la Guerra y el Imperialismo, Asociaciones Pacifistas, Federación de los Trabajadores de la Enseñanza”.

En Sevilla, el militar sublevado Queipo de Llano publicó un bando el 4 de septiembre de 1936 y otro el 23 de diciembre de 1936, en el que acusaba a marxistas y judíos de la propagación de “ideas peligrosas” en los libros, por lo que ordenaba a sus patrullas el requisar libros, ya fueran de kioskos, de bibliotecas particulares y escuelas, luego purgarlos y ver qué libros se destruían y cuáles no. Se cree que libros incendiados fueron miles. Además, impuso la censura previa y fuertes multas económicas a aquellos que escondieras libros prohibidos por los golpistas.

En la ciudad de Córdoba en el verano de 1936, la quema de libros (así como la represión, hizo fusilamientos masivos diarios) estuvo dirigida por un teniente de la guardia civil llamado Bruno Ibáñez, que, en entrevistas concedidas a la edición sevillana del ABC el 26 de septiembre de 1936 y a El Defensor de Córdoba el 5 octubre, presumía de que sólo de una vez había destruido más de 5.400 libros. Al mismo tiempo que destruía todos esos volúmenes, el teniente Ibáñez programó un ciclo de películas religiosas y de documentales nazis en la ciudad.

Así en una nota publicada por ABC de Sevilla el 26 de septiembre de ese mismo año decía sobre la quema de Córdoba:

“En nuestra querida capital, al día siguiente de iniciarse el movimiento del Ejército salvador de España, por bravos muchachos de Falange Española fueron recogidos de kioscos y librerías centenares de ejemplares de esa escoria de la literatura que fueron quemados como merecían. Asimismo, muy recientemente, los valientes y abnegados Requetés realizaron análoga labor, recogiendo también otro gran número de ejemplares de esas malditas lecturas que deben desaparecer para siempre del pueblo español”

Especialmente trágica fue la quema de libros hecha en un antiguo huerto de la Universidad Central de Madrid (hoy la Complutense) el 30 de abril de 1939, durante la Feria del Libro de ese año. La quema fue organizada por el SEU y presidida por los falangistas David Jato y Antonio Luna, (catedrático de Derecho) que además se encargó de escoger los libros a destruir (se ha calculado en varios miles). Al acto, acudieron líderes de Falange, del SEU y algunos jerarcas de la dictadura. Fue noticia en el diario monárquico ABC y en el católico Ya, éste último publicó el 2 de mayo de 1939 que:

“el Sindicato Español Universitario celebró el domingo la Fiesta del Libro con un simbólico y ejemplar auto de fe. En el viejo huerto de la Universidad Central –huerto desolado y yermo por la incuria y la barbarie de tres años de oprobio y suciedad –se alzó una humilde tribuna, custodiada por dos grandes banderas victoriosas. Frente a ella, sobre la tierra reseca y áspera, un montón de libros torpes y envenenados (…) Y en torno a aquella podredumbre, cara a las banderas y a la palabra sabia de las Jerarquías, formaron las milicias universitarias, entre grupos de muchachas cuyos rostros y mantillas prendían en el conjunto viril y austero una suave flor de belleza y simpatía. Prendido el fuego al sucio montón de papeles, mientras las llamas subían al cielo con alegre y purificador chisporroteo, la juventud universitaria, brazo en alto, cantó con ardimiento y valentía el himno Cara al sol”.

Paco Robles está jubilado y se dedica al Partido Socialista y a la Memoria Historica, memorialista, historiador aficionado y buscador de verdades sin ser historiador universitario. Vocal de la Asociacion Granadina para la Recuperacion de la Memoria Historica AGRMH y Secretario CEP de Memoria Historica del PSOE de Granada.