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El nacimiento de la nación española durante la guerra de la Independencia. ¿Madrid o Bailén?

  • Escrito por Antonio Jesús Maldonado Galindo
  • Publicado en Cultura

Durante los seis años que transcurrieron entre 1808 y 1814 en España se desarrolló un complejo conflicto en el que se mezclaron asuntos internacionales, nacionales, luchas dinásticas, distintos proyectos políticos, ideológicos, sociales y económicos.

Más allá de la pugna entre franceses e ingleses por la hegemonía europea, al sur de los Pirineos se luchó en tres frentes: el de liberación contra el invasor, el político entre afrancesados y patriotas, y el ideológico entre absolutistas y liberales. La aparición del carlismo en la segunda mitad de los años veinte y la consolidación del proyecto liberal tras la muerte de Fernando VII harán que la historiografía del XIX nos haya hecho llegar hasta la actualidad un discurso prácticamente uniforme sobre el conflicto de 1808-1814.

Si echamos un vistazo a un libro de historia de cualquier nivel en el que se estudian estos contenidos (4º de ESO y 2º de Bachillerato), se nos presenta un proceso unitario y sin fisuras en el que la nación al completo, sin distinciones sociales, se levanta en armas para luchar contra el invasor a la vez que defendía y celebraba la reunión de las Cortes gaditanas y la posterior Constitución de 1812.

Sin embargo, no todos los españoles pelearon por lo mismo. Es más, muchos españoles ni siquiera tuvieron claro el motivo de su lucha. El propio nombre del conflicto, que hoy tenemos tan asumido, fue una construcción paulatina y progresiva que no se empezó a consolidar hasta los años treinta del siglo XIX. Será durante esta década cuando comience a imponerse el término Guerra de la Independencia. Hasta el momento se habían utilizado otros como “Revolución”, “Guerra de la Revolución” (García Marín, 1817), “Guerra de usurpación” (Francisco Cabanes, 1809), “Guerra de España” (Canga Argüelles, 1833-36), “Guerra del Francés” (Historiografía catalana), “Guerra napoleónica de España” o “Guerra Imperial” (historiografía francesa) o “Guerra Peninsular” (historiografía portuguesa e inglesa).

Otro de esos postulados mitificados por la historiografía liberal del siglo XIX es que la nación española nació en Madrid el 2 de mayo de 1808. Uno de los mayores expertos en el acontecimiento madrileño, Christian Demange, afirma que es “el gran mito fundador de la nación moderna” (2004) mientras que Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad durante el Bicentenario, reconocía igualmente que “la Nación española contemporánea, que es la suma de las voluntades libres e iguales de todos los españoles, tiene su origen en el levantamiento del Dos de Mayo” (2008).

Otras voces como la del especialista Manuel Moreno Alonso sitúan es origen de la patria en tierras jiennenses, afirmando que en la batalla de Bailén ya se luchó por la soberanía nacional: “La trascendencia de Bailén radicó, precisamente, en el hecho extraordinario de haber sido el acontecimiento capital que fundó el nacimiento de la nueva nación” (2008).

No obstante, en una fugaz comparativa entre los dos acontecimientos, podemos afirmar que cualquiera de ellos podrían haber ocupado ese lugar: ambos habían supuesto un revulsivo para el resto de la nación. Es más, Bailén parecía salir con ventaja: por un lado, Bailén fue la única victoria exclusivamente española (Álvarez Junco, 1994). El resto fueron, además de tardías, fruto de la coalición internacional con ingleses y portugueses. Por otro, la repercusión internacional de la derrota y capitulación de uno de los principales generales de las invictas tropas francesas, Dupont, en un contexto de imparable expansión napoleónica en Europa, fue mucho mayor que el de la rebelión popular de Madrid, controlada y reprimida duramente por Murat el mismo Dos de mayo.

No pretendo en estas líneas descifrar ese complejo enigma. El objetivo es analizar algunas de las circunstancias que provocaron que, en efecto, el liberalismo eligiese el Dos de mayo como el mito fundador de la nación en detrimento de otros acontecimientos de la guerra.

La primera y probablemente más importante de esas circunstancias fue la de sus protagonistas. En Madrid fue el pueblo el que se puso al frente de su propia historia, luchando y muriendo por su rey, su religión y su libertad (este último ingrediente lo añadiría la historiografía liberal paulatinamente. Pocos madrileños salieron a la calle aquel día a sabiendas de que peleaban por la independencia de España, ni mucho menos por la revolución política). Esta idea encajaba a la perfección con uno de los principios fundamentales del liberalismo, el de la soberanía popular.

Bailén, sin embargo, aun con los mismos objetivos comunes, fue una victoria militar. Castaños, como general en jefe del ejército de Andalucía, deposita todo el mérito en sus tropas. En diversas cartas enviadas a la Junta de Sevilla en los días posteriores al 19 de julio hace afirmaciones como “qué espectáculo tan lisongero y que alegría la de mi corazón al ver las tropas olvidadas de fatigas […] por aclamar a su rey” (24 de julio), “nuestras tropas en lucha tan desigual se han hecho superiores a sí mismas con una conducta heroica” o “eran españoles y ya son héroes” (27 de julio).

Esta asociación con el mundo militar hemos de contextualizarlo en un momento, 1808, en el que el ejército español llevaba tiempo siendo cuestionado e incluso encarnando la decadencia española, a la vez que vivía una dicotomía entre modernización o tradición. Esto no era sino el reflejo de la lucha política entre liberalismo y absolutismo. Al comienzo de la guerra de la independencia, gran parte del generalato español tenía un origen aristocrático, siendo partidarios por lo tanto del mantenimiento de las estructuras sociales, económicas y políticas del Antiguo Régimen. Consecuentemente, y aunque Castaños siempre ofreció un perfil bastante moldeable en su carrera político-militar, la batalla de Bailén se asociará a esos valores más conservadores.

La prueba de lo que planteamos la encontramos en el debate que surgió en torno a la centralización del mando militar en un único hombre una vez que Napoleón había reducido la España libre a Cádiz. Este tema ya se había discutido durante el verano de 1808 entre los propios militares como medio de solucionar la dispersión de fuerzas que habían surgido en las provincias. El general Cuesta fue uno de sus más férreos defensores, aunque finalmente se impuso la tendencia de generales como Castaños, quien prefirió entregar el poder a la Junta Central.

La discusión en torno a este tema se enconó durante el resto del conflicto. De un lado, gran parte de la oficialidad del ejército, partidaria de centralizar el mando militar; de otro, la mayoría de políticos liberales, recelosos de entregar el poder a unos caudillos que todavía representaban el ejército del Antiguo Régimen, cuyos mandos habían sido patrimonio exclusivo de la nobleza hasta 1808.

A este respecto, especialistas como Arsenio García Fuentes (2008) confirman que existió el temor a permitir un poder central militar que pudiese anular al político. Andrés Casinello (2006) llega incluso a afirmar que la Junta Suprema pudo temer que aflorara en España un bonapartismo que sojuzgara el poder político.

El resultado de esta disputa es de sobra conocido. Finalmente se centralizó el mando militar, pero no en un general español sino en la figura del Duque de Wellington, inglés y, por lo tanto, mucho más cercano a los ideales políticos del poder liberal español. En esta discusión, el mito de Bailén se verá profundamente afectado, pues la prensa liberal, con el fin de menoscabar el mérito de los militares, comenzará a destacar la participación del pueblo en el 19 de julio, tal y como expresa Diario Mercantil de Cádiz el 21 de noviembre de 1809: “Los cortos restos de nuestro exército, engrosados con los patriotas, que voluntariamente dexaron el seno de sus familias, sin disciplina alguna hicieron frente á las innumerables legiones que ocupaban casi toda la península, y el entusiasmo de nuestros valientes soldados suplió la táctica militar, haciendo prodigios de valor en […] los campos de Bailén”. Otro ejemplo este de manipulación histórica que ha contribuido a que en la actualidad se entienda la batalla de Bailén como una lucha desigual entre el potente ejército napoleónico y el pueblo armado con picas y palos, reforzando esa versión tan romántica del guerrillero andaluz.

Otra de las coordenadas que influyó en la “imposición” del Dos de mayo como surgimiento de la nación fue el resultado. No nos referimos a las repercusiones inmediatas como chispa que prendió la mecha revolucionaria en el resto de provincias (esto es innegable), pues la batalla de Bailén tuvo también un valor propagandístico en todo el Reino, acompañado además de la liberación de Madrid y una precipitada huida de las tropas napoleónicas y José I más allá del Ebro el 1 de agosto de 1808. Nos referimos a la represión francesa en la capital, un comportamiento que dotará al mito madrileño de un profundo victimismo que encajaba a la perfección con la xenofobia antifrancesa sobre la que el nacionalismo hará de la guerra de la independencia el origen de la nación española. Esta francofobia, cuyo génesis lejano estaba en los siglos XVI y XVII, no se solucionó ni con el establecimiento de una dinastía francesa en España. Al contrario, las reformas de los ministros borbónicos en España durante el XVIII provocaron el rechazo de las élites políticas y culturales más conservadoras (Álvarez Junco, 2001). Paradójicamente, y como afirma Christian Demange (2008), fue tras la victoria de Bailén cuando se inició la mitificación del Dos de mayo, pues se sustituyó el carácter derrotista de las jornadas madrileñas por el de punto de partida de la resistencia al enemigo.

En Bailén, sin embargo, más allá de la “lógica” sinrazón de la guerra, no hubo abusos por parte de los franceses. Fue una lucha entre dos ejércitos, de igual a igual. No encajaba, por tanto, con ese perfil de máter dolorosa que ofrecía el Dos de mayo. Al contrario, fueron los españoles los que incumplieron las Capitulaciones firmadas el 22 de julio en Villanueva de la Reina (Jaén), al no repatriar a los prisioneros hasta puerto francés, abandonando a su suerte a casi catorce mil soldados en la isla de Cabrera hasta 1814, cuando ya habían muerto de hambre y enfermedades la gran mayoría.

Con estos ingredientes, el liberalismo trazó dos caminos para ambos mitos. Es cierto que el abismo ideológico con los absolutistas estuvo desdibujado durante los primeros meses de la guerra por el impulso patriótico común, provocando que la Junta Suprema utilizara el mito de Bailén como acicate para la población, orientado siempre a espacios donde no supusiera un obstáculo para el nuevo proyecto nacional como Europa (“Potencias europeas: la España es la primera que ha resistido con feliz éxito al usurpador”, Diario mercantil de Cádiz, 14 de octubre de 1808) o Andalucía (“Andaluces […] tenéis que defender […] la gloria conseguida en Bailén […]. Salvad otra vez la Andalucía, y salváis también á España”, Proclama de la Junta Central el 20 de enero de 1810).

Sin embargo, Napoleón y su Grand Armée redujeron la España libre a Cádiz en apenas unos meses, dejando la victoria de Bailén prácticamente en anécdota. Con la pérdida de esa efervescencia inicial del mito jiennense, el liberalismo se lanzó a perpetuar el Dos de mayo en la conciencia colectiva. El mejor ejemplo lo encontramos en las conmemoraciones de los primeros años que muestran tanto lo que se quería celebrar y grabar en la memoria nacional como lo que se condenaba al olvido.

El 13 de mayo de 1809, la Junta Suprema instaba a las trece Juntas Superiores a celebrar el Dos de Mayo “en sufragio de las ilustres víctimas”. Para el primer aniversario de la batalla de Bailén, la institución se limitó a publicar una proclama dirigida a los españoles en la que depositaba el mérito de la victoria en “los valientes voluntarios, que exitados por la voz del patriotismo habían acudido á sus banderas”, en detrimento del ejército español, un “dique al parecer débil para contener este torrente” que eran las tropas napoleónicas, evidenciando la mala sintonía entre militares y políticos liberales.

Dos años después, el 2 de mayo de 1811, otro Decreto de las Cortes convertía el mito madrileño en fiesta nacional con la denominación de “Conmemoración de los primeros mártires de la libertad española”. Ya desde Cádiz, la institución resolvía que “en la iglesia mayor de todos los pueblos de la Monarquía se celebre en lo sucesivo con toda solemnidad un aniversario por las víctimas sacrificadas en Madrid el Dos de Mayo […]”. Consolidaba así una especie de culto civil al hacer hincapié en que la celebración debía ser “tan patriótica como religiosa”.

Nada tiene que ver esta solemnidad oficial con la celebración del aniversario de la batalla de Bailén, recordemos, en un contexto de ocupación y guerra contra las tropas galas. Son prácticamente nulas las referencias encontradas en prensa con motivo de tal acontecimiento. En el mejor de los casos, la prensa liberal gaditana se hacía eco de escuetas celebraciones reducidas al ámbito militar, sin nula participación popular y la sensación de querer acercar la única victoria puramente española a los aliados ingleses en general, y a su general en jefe en particular: “El aniversario de Bailen ha sido celebrado con gran solemnidad por lord Wellington, quien diò un explèndido banquete al general Castaños, al que asistieron varios gefes españoles” (El redactor General, núm. 48, 1 de agosto de 1811).

La “rivalidad” que venimos analizando entre estos dos mitos no se cerró con el Tratado de Valençay y el final de la Guerra de la Independencia. Al contrario, los vaivenes políticos del reinado de Fernando VII prolongaron esta disputa, imponiéndose la batalla de Bailén en el sexenio absolutista y de nuevo el Dos de mayo durante el trienio liberal. La segunda restauración absolutista fernandina, sin embargo, relegará a un segundo plano al mito andaluz, pues las tropas que entraron en España capitaneadas por el Duque de Angulema en 1823 no volvieron a cruzar completamente los Pirineos hasta 1828, por lo que no convenía recordarles una de sus derrotas más dolorosas.

La aparición del carlismo, la crisis sucesoria de Fernando VII y la guerra civil terminarán definitivamente con esta montaña rusa. Será con la consolidación del liberalismo en el poder cuando la historiografía se encargue de moldear ese pasado común que era la guerra de la independencia en forma de discurso uniforme y unitario.

El mito de Bailén, generalmente asociado a la causa conservadora, desapareció de la política nacional salvo en contadas ocasiones de exaltación nacionalista como la Guerra de Cuba, ya en las postrimerías del siglo XIX, en una especie de panteón de glorias pasadas junto a otras como Pavía o San Quintín. El Dos de mayo, por su parte, siguió siendo fiesta nacional hasta que, en 1909, Maura decidiese relegarla a mito regional para acercar posturas con el gobierno francés, con quien compartíamos un protectorado en Marruecos. Sin embargo, casi un siglo de celebraciones había sido suficiente para erigirse como bandera de la causa nacional y calar en el imaginario común como el origen de la nación española.

Bibliografía:

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