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HEMEROTECA
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Cuento tras un cristal

La puerta se cerró de golpe. María pegó un brinco, nunca acabaría por acostumbrarse a esos ruidos que la distraían de sus juegos y la hacían temblar. Cada noche, cuando más en silencio estaba la casa, ésta retumbaba y comenzaban los gritos. No había forma de taparse los oídos para no escucharlos. Aunque se abrazara fuerte a su conejo, y cogiéndolo bien se metiera debajo de la cama, todo era igual. Alguna noche, no. Alguna noche su padre le llevaba un tebeo o un caramelo. Pero eran tan pocas que tenía que hacer un esfuerzo grande para recordarlas. Y, además, no sabía qué era peor. A ella le hubiera gustado que los juegos con su padre continuaran como habían sido hasta que tuvo el accidente y a consecuencia de ello se quedara sin trabajo.

Su madre la mecía y, arrullándola, le decía que algún día su padre se curaría. Sólo tenía que cerrar fuerte los ojos y desearlo con mucha, mucha fuerza. Como cuando era tan pequeña como su conejo. Pero su madre casi no podía verla. Desde hacía algún tiempo llevaba siempre las gafas de sol puestas. Unas gafas que no le gustaban porque le hacían pensar que algo no iba bien. Por entre sus bordes se escapaba un color morado casi negro que con el tiempo se aclaraba para volver de nuevo a aparecer negro y morado después. Su madre lloraba en silencio y la apretaba fuerte contra su pecho.

María era morena, con unos grandes ojos un poquito saltones pero brillantes y con esa pizca de motitas en el iris que hacían que siempre parecieran a punto de reír. Pero su mirada era cada día más triste. Ella no quería llorar pero oír cada noche a su madre gritar, a su padre gritar, a la casa retumbar, el correr de sillas, las voces fuertes que no callaban, los portazos… María callaba. Se sabía pequeña, demasiado para salir corriendo, mejor esconderse, taparse, encogerse hasta desaparecer o buscar un agujero por el que escaparse como hacía la niña de su cuento preferido, Alicia. Demasiado pequeña para ponerse a gritar. Y para correr. Demasiado pequeña y asustada. Como su conejo.

Un día ocurrió. Durante la mañana su madre había estado más nerviosa de lo habitual. Había llegado tarde y ella había tenido que esperarla en la escalera del portal. Alguna vecina le preguntó si quería subir a su casa, que la esperara allí, que su madre pronto vendría. Que no llorara. María no contestaba. Las vecinas solían decir pobrecita, tan pequeña. Ella no comprendía qué querían decir. Pero las vecinas también callaban. Ella quería ser como su conejo. Suave, cálido, silencioso. No hacer ruido, como si pudiera hacerse invisible o como si pudiera atravesar paredes o desaparecer bajo la cama.

Ese día el padre vino a comer. La comida aún hervía en el fuego. María sabía que eso enfurecía al padre. Pero ese día éste no dijo nada. Sólo un puño clavado en la pared y unos ojos centelleando.

-Esta tarde iremos al cine, ¿quieres? – dijo mientras ponían entre los dos manteles, cubiertos y platos en la mesa-.

- Vale –sólo acertó a decir eso. Era mucho, hacía tiempo que la voz era ajena a ella.

-¿Qué le pasa a esta niña? ¿Es que se ha quedado muda? – los ojos del padre eran como dos llamas. María se dejaba caer sobre la silla, escurriéndose, escurriéndose.

- Déjala, hombre –acertó a decir su madre mientras se secaba las manos en el paño de la cocina- vamos a comer tranquilos. Las gafas que nunca se quitaba estaban salpicadas del aceite de freír. Las huellas de lágrimas furtivas se habían quedado pegadas a la grasa del cristal.

Por fin se sentaron alrededor de la mesa. Desde hacía mucho tiempo, de esta casa habían desaparecido las palabras. Tan sólo el sonido del ascensor al bajar o subir con algún vecino que pasaba de puntillas por la puerta del 3ºE era capaz de romper el silencio.

-Come, espetó el padre, impaciente, mira que delgada estás. Van a decir los vecinos si es que no te damos de comer y luego vendrán las denuncias, que ya estoy harto de tanta comisaría, de tanta historia. Come te digo.

María quería comer, más que nada para evitar las teas ardientes en que iban lentamente convirtiéndose los ojos del padre. Pero sabía que todo iba a ser inútil. No había nada que parara la ira del padre cuando comenzaba.

Tras las gafas, el miedo pegado a la piel. Tras el silencio de cinco años de vida, el miedo al bofetón. El miedo al grito que salía de las entrañas y no sabía ni podía contenerse dentro.

-Iremos a ver una de Disney, ¿quieres?- Insistió el padre.

-Vale.- La niña de ojos negros no podía decir mucho más

-Me cagüen dios… ¿es que tu madre no te ha enseñado a decir nada más, niña estúpida? –una lágrima que no quiso ni pudo quedarse en su sitio corrió por la mejilla de María

-Déjala, hombre –un susurro, la voz de la madre era un susurro

-No, si defiéndela tú, encima. Sois tal para cual. Déjala, déjala –la voz del padre burlona era cada vez más fuerte, tanto como el encogimiento de María –Entre las dos estáis haciendo la vida imposible a un hombre.

-Pero ¿qué quieres que diga, hombre? –Un puñetazo sobre la mesa hizo saltar el vaso de agua. María se encogía. Ya no era sólo una lágrima

-¿Quieres dejar de llorar? –la mano del padre se abalanzaba despegada del cuerpo como un huracán. La madre se levantó para parar un golpe que terminó sobre su rostro.

-Mamá, mamá – la niña agarró fuerte a su conejo y corriendo fue a meterse bajo la cama. El cuerpo de la madre se interpuso en un camino imposible impidiéndole seguir tras ese pequeño ser hija de su madre nacida para hacerle la vida imposible a él.

Tras ellas, los ladridos de un perro de aguas del que todo el mundo parecía olvidado.

Y, sobre la mesa, el cuchillo.

María no recuerda nada. Ha perdido el habla. Sus ojos vagan muertos, vacíos quizás para siempre. María canta una nana. Y balancea su cuerpo agarrado a un conejo.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.