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Miguel Artola: Recuerdos de un alumno agradecido

  • Escrito por Pedro L. Angosto
  • Publicado en Cultura

Por diversos avatares que no vienen al caso, tuvimos la suerte de iniciar los estudios universitarios aquel año en que se alargó la enseñanza secundaria por la implantación del BUP, un año en el que sólo ingresamos en la Universidad quienes habíamos acabado el antiguo bachiller y habíamos perdido un curso en otros menesteres. La verdad es que fue una situación ideal porque las aulas masificadas que han caracterizado a las facultades españolas desde la llegada de la democracia, se convirtieron en espacios amplios llenos de cercanía y compañerismo.

Conocía a Artola -la mayoría le llamábamos Don Miguel- por aquel gran libro que es La burguesía revolucionaria, libro que mi padre leía con deleite y que influyó mucho en mi decisión de estudiar Hitoria. Don Miguel era un hombre alto, serio de sonrisa permanente, elegante, muy inteligente, abierto y encantado de haberse conocido. Recuerdo la primera vez que entró en el aula en la que estábamos no más de quince estudiantes primerizos. Imponía. Comenzó a hablar de manera suelta y con un tono sumamente agradable. Al poco nos hizo una pregunta, ¿díganme cual fue para ustedes el factor decisivo para que fuese posible la revolución industrial? La concentración fabril, la emigración del campo a la ciudad, la aspiración a una vida mejor... Don Miguel asentía a casi todas nuestras propuestas con una cara que mostraba extraordinario interés por lo que decíamos, fuesen más acertadas o menos nuestras respuestas. Después de un largo debate, se dio una vuelta sobre si mismo y mirándonos fijamente, con su sonrisa magnífica, nos dijo: La máquina. Piensen ustedes sobre eso.

Y esa era la clave, no estudiar de memorias largas listas de hechos, acontecimientos, fechas o personalidades, sino pensar, razonar, entender por qué sucedían las cosas. Éramos un grupo muy unido, salvo un fascista que venía de vez en cuando y que no decía una palabra porque me parece que no le interesaba nada de lo que allí se decía. Había un cura, Javier Iturgáiz, hombre callado y trabajador, amable, buen tío. La proximidad y el tiempo nos empujó a indagar sobre su vida. Era mayor que nosotros y estaba allí sin el menor complejo. Un día nos dijo que era párroco de la Iglesia del Niño Jesús de Vallecas y comunista. Vivía con el obispo auxiliar de Madrid Alberno Iniesta y, cuando la amistad fue firme, nos hizo saber de los sinsabores dolorosos que la visita del Papa Juan Pablo II a Madrid les había deparado. Él era uno de los que más discutía con Artola, porque las clases de Artola, lejos de ser, como era común en ese tiempo, una lección magistral, eran un constante acicate a la curiosidad, a la duda, al espíritu crítico. No había verdades absolutas, tampoco mentiras de ese cariz, teníamos que escudriñar en sus palabras, en los libros, entre nosotros para dilucidar una respuesta a las cuestiones que él iba deslizando con sus palabras. Mis amigos Ángeles Lario González, Aturo Ibero y Rogelio de Miguel polemizaban con el maestro de forma interminable, hasta el extremo que muchas veces las discusiones se prolongaban hasta el día siguiente. Otros como Miguel Ángel Hernaz, Vicente Fonseca o y servidor también polemizábamos pero en tono menor, quizá por miedo o por exceso de respeto. Pese a su carácter orgulloso y presumido, incluso a veces un tanto soberbio, jamás se molestó porque se discutiesen con fuerza algunas de sus teorías, antes al contrario, él mismo las jaleaba hasta llevarlas al infinito, abriéndonos la mente como hacia la razón y dando por válida la forma de pensar de cada cual. No era su forma de dar clase una apariencia, una técnica bien elaborada y nada más, no, Artola escuchaba y muchas veces tomaba nota de lo que decíamos, mostrando una sonrisa de absoluta satisfacción cuando veía que los razonamientos discursivos que oía le parecían valiosos aunque fuesen contrarios a lo que acababa de explicar.

Miguel Artola era un hombre liberal en el más amplio sentido de la palabra, casi decimonino. No cerraba las puertas a ninguna opción ni opinión. De ahí que el Departamento que dirigía en la Universidad Autónoma estuviese formado por discípulos suyos tan brillantes como Manuel Pérez Ledesma, Antonio Calero Amor, Marta Bizcarrondo o Javier Donézar, todos ellos magníficos historiadores desgraciadamente fallecidos antes de tiempo. Todos los exámenes finales eran orales y entraba la materia dada durante el año. Aquello daba cierto miedo, sobre todo cuando tenías que esperar toda una mañana para entrar en su despacho y enfrentarte a él con tus conocimientos verdes. Recuerdo uno de los exámenes. Iba respondiendo bien pero muy nervioso. Cuando creía que había acabado me soltó una última y sencilla pregunta: Defíname usted el término monopolio. Bueno, monopolio -los nervios estaban superaban ya la altura de la Facultad, es cuando una empresa monopoliza la producción... No me introduzca la palabra a definir dentro de la definición. Como pude salí del atolladero en el que yo sólo me había metido. Al acabar me pregunto qué me había pasado. Le dije que nada. Me indagó más y le conté por encima la grave situación familiar por la que atravesaba. Me acompañó hasta la puerta y me dio una palmada en la espalda. Lo recordaré siempre, porque el examen estaba aprobado pero él fue un poco más allá de lo académico y me mantuvo la nota que creía merecía por todo el curso.

Poco después, tras haber realizado un curso monográfico sobre la crisis de la Restauración dirigido por Antonio Calero Amor, presenté mi Memoria de Licenciatura. Artola presidía el Tribunal. Inmerso todavía en los problemas personales, presente la Tesina bastante tenso, hasta el extremo de quedarme callado unos veinte segundos que a mi me parecieron horas, de esos de tierra trágame. Aquello me pareció trágico, pero a Artola no. No hizo el menor reproche ni la más mínima crítica a esa circunstancia. Valoró mi trabajo críticamente y al final me felicitó después de una discusión dura en la que quizá fui demasiado lejos.

Dentro de mis polémicas con Don Miguel, la única que no quedó zanjada del todo, fue cuando le expuse que para mí en España la Revolución Democrática estaba por hacer y que el régimen liberal tan magistralmente descrito por él había permitido que subsistieran en los poderes las classes dominantes del Antiguo Régimen, algo que a día de hoy seguimos pagando tal como podemos comprobar día a día en el Congreso de los Diputados, la prensa o los consejos de administración de las empresas.

Don Miguel Artola abrió nuevos caminos a nuestra historiografía y formó a una enorme cantidad de historiadores, aparte de eso, fue un grandísimo profesor y maestro.