Quantcast
ÚNETE

El 1º de Mayo y el Cardenal Segura

El mundo es redondo (casi) y la historia nos sirve de fiel reflejo de lo que estamos viviendo hoy en cuanto a las opiniones de los partidos de derechas, mas derechas y mucho más derechas (ya me entienden), se nutren de lo más arcaico y casposo y repiten actitudes y discursos que ya no tienen cabida en el nuevo mundo que nace después de comprobar la insignificancia del hombre ante un simple virus.

El día 9 de Mayo de 1931 y refiriéndose a la última pastoral del cardenal Segura, el ministro de Justicia, don Fernando de los Ríos, dijo que el Gobierno unánimemente había reconocido su gravedad, porque además de afirmar que la Iglesia permanece "ad extra" de las luchas de las formas de Gobierno, hace numerosas declaraciones de un carácter eminentemente político "y todas ellas rezuman oposición, cuando no hostilidad al régimen republicano". Agregó que no quería comentarlo minuciosamente, "ahora bien, la belicosidad encubierta de este documento ha movido al Gobierno a tomar una resolución en el sentido de no poder consentir que continúe una actuación de esa naturaleza".

En efecto, el ministro dirigió una nota al nuncio del Vaticano expresándole el disgusto del Gobierno provisional de la República por la actuación política del cardenal Segura, manifestada en la anterior pastoral.

El día 13, a raíz de la publica animadversión de los trabajadores hacia la Iglesia y las consecuencias políticas de su intromisión, atravesó la frontera por Irún el cardenal Segura, quien fue a alojarse antes en Villa Mundáiz, finca que en San Sebastián poseía el jefe del partido integrista Juan Olazábal, sin que los aduaneros pudieran evitarlo por no ser conocido el cardenal, que iba vestido de seglar.

El origen de esta situación es que con fecha 1.° de mayo de 1931, publicó el cardenal Segura en el Boletín. Eclesiástico del Arzobispado de Toledo una importante pastoral, que pocos días después reprodujo toda la prensa. Empieza diciendo que, ante el nuevo estado de cosas, los católicos esperaban sus orientaciones, y llegado el momento de darlas, lo hará con gran sinceridad. Las conmociones más violentas de los pueblos no bastaban para romper el hilo de la tradición. Que la historia de España no comenzó en ese año, y “no podemos renunciar a un rico patrimonio de sacrificios y de glorias acumulado por larga serie de generaciones”.

Que los católicos no podían olvidar que por espacio de muchos siglos la Iglesia y las instituciones desaparecidas convivieron juntas, aunque sin confundirse ni absorberse, y que de esa acción coordinada “nacieron beneficios inmensos que la historia imparcial tiene escritos en sus páginas con letras de oro. La Iglesia no puede ligar su suerte a las instituciones terrenas porque ella es inmortal; pero la Iglesia no reniega de su obra”.

Como tributo a la verdad, reconocía que, aparte de paréntesis dolorosos, la Monarquía “fué respetuosa con los derechos de la Iglesia, y quiere dejar constancia cuando se recuerdan con fruición los errores y se silencian los aciertos y los beneficios”.

Señalaba en esa encíclica la gravedad del momento, ya que “en España no se ora lo bastante ni se ha hecho la debida penitencia por los gravísimos pecados con que se ha provocado la divina justicia. Deben de organizarse cruzadas de oraciones y de sacrificios. La Iglesia no siente predilección hacia una forma particular de Gobierno y por su misión de paz está siempre dispuesta a colaborar, dentro de su esfera de acción, con aquellos que ejerzan la autoridad civil; pero pide que ésta respete los derechos que otorgó a la Iglesia su divino Fundador y que le ayude al cumplimiento de sus altísimos fines.

Después de numerosas citas sobre la doctrina de la Iglesia entra en política civil como un ejército de ángeles en el infierno diciendo que el deber de los católicos, cuando van a elegirse unas Cortes constituyentes, es el de no permanecer "quietos y ociosos", sino unirse para defenderse y lograr que sean elegidos candidatos que ofrezcan plenas garantías de que defenderán los derechos de la Iglesia y del orden social, sin que se dé importancia a sus tendencias monárquicas o republicanas.

Concluye la incendiaria encíclica diciendo que no es tiempo de largos discursos, sino de orar, de obrar y de sacrificarse, si es preciso, por la causa de Dios y por el bien de nuestra amada Patria. Así nos bendecirá Dios como él lo hace.