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La Masonería como verdugo, la iglesia católica como víctima: el victimismo que se esconde tras el discurso antimasónico de la última mitad del siglo XIX (I)

A lo largo de los tiempos, la víctima es la estrella y, por tanto, la heroína de la historia puesto que promete identidad, garantiza inocencia y la verdad por definición. Detrás de ella, se esconde el reconocimiento, el derecho. Inmunizada contra cualquier crítica, garantizando su inocencia.

La víctima no responde ni es culpable. No importa lo que hace, sino lo que ha padecido. Se podría decir que “quien está con la víctima no se equivoca nunca”. Entrando en juego la ideología victimista, que es “el primer disfraz de las razones de los fuertes”, arropándose un abrigo que le permite cualquier cosa, puesto que:

“La víctima es irresponsable, no responde de nada, no tiene necesidad de justificarse: es el sueño de cualquier tipo de poder”.

Así, establece hechos imaginarios que adorna con algunos reales; construyendo una historia irreal que hace pasar por verdadera y donde el enemigo, el otro, se convierte en un verdugo al que puede destruir sin miedo a que tenga capacidad de defensa pues la razón siempre está del lado de la víctima.

Como afirma Girard:

“Solo se puede perseguir declarando que se está en contra de la persecución. Solo se puede perseguir a los perseguidores. Uno debe demostrar que tiene por adversario a un perseguidor si quiere satisfacer su propio deseo de persecución”.

La máquina mitológica victimista se ha puesto en marcha y el otro, el diferente, el falso verdugo tiene poco que hacer.

Quien no comprende el pasado está condenado a repetirlo y así, una de las funciones del historiador, a veces la más difícil, es su trabajo crítico, distinguir las víctimas reales de las imaginarias; siendo “piloto luminoso” y guía de la historia.

En el tema que nos ocupa, es decir, en el discurso antimasónico en la última mitad del siglo XIX, las palabras, como acertadamente señala el profesor Juan José Morales Ruiz, uno de los mayores conocedores de la represión de la masonería española y del discurso antimasónico español, se convierten en asesinas.

Es el momento, de presentar el objeto de este artículo, que no es otro que responder a la pregunta: ¿por qué la iglesia católica emprende el ataque despiadado contra la masonería? ¿qué de verdad hay en el discurso antimasónico?

Para comprender la actitud de la iglesia católica hacia la masonería en el tiempo a estudio, es imprescindible conocer la posición de Pío IX (1846-1878) y León XIII (1878-1903), los dos papas que la dirigieron y que a lo largo de la historia más la han condenado.

Italia se encuentra en pleno proceso de unificación, donde los Estados Pontificios se convierte en el último en oponerse. Pronto se ve que la unidad “no podía hacerse con el papa, sino contra él”.

En este momento histórico, los ataques y las condenas contra la masonería no se centran en el secreto, el juramento y las sospechas de herejía, como había ocurrido en el siglo XVIII, sino que tienen mucho que ver con la situación política italiana. Se condena por conspirar contra la iglesia católica a la que se quiere pisotear sus derechos de poder sagrado y de autoridad civil (Qui Pluribus, 9 de noviembre de 1846). En 1848, la revolución de Roma obliga al papa a refugiarse en Nápoles.

En la encíclica Quanta cura, del 8 de diciembre de 1864, la masonería vuelve a ser condenada y ello, por el apoyo que la ésta dispensa al nuevo gobierno italiano. Ese mismo año, el Syllabus, dedica a la masonería uno de sus diez apartados.

En 1865, en la Multiplices Inter, Pío IX vuelve a referirse a la masonería como elemento que ataca “las cosas públicas y santas”, que conspira “contra la Iglesia y el poder civil” y abierta o clandestinamente “contra la Iglesia y los poderes legítimos”. El papa se defiende tanto como jefe de la iglesia católica como soberano del Estado Pontificio.

El 12 de octubre de 1869, un año antes de la ocupación de Roma por las fuerzas de Garibaldi, el papa unifica toda la documentación jurídica contraria a la masonería y el resto de las sociedades secretas; y presiona con la excomunión latae sententiae:

“Aquellos que diesen su nombre a la masonería o carbonería o a otras sectas del mismo género, que maquinen contra la Iglesia y los legítimos gobiernos, ya abierta, ya clandestinamente”.

Consideran verdugos de la iglesia católica a todas las sociedades clandestinas y secretas, entre las que está la masonería; es decir, a todos los que luchan por la unidad del país y, por tanto, según la iglesia católica, en contra del papa como rey de Roma y de los Estados Pontificios.

En 1878, León XIII accede al pontificado. El papa está recluido en el Vaticano y se esfuerza para que los católicos sean conscientes de la iniquidad que, según él, reina en Roma. Como el papa prohíbe a los católicos italianos tomar parte en las elecciones al parlamento, para evitar que pudiera parecer una aprobación al nuevo régimen, los católicos pierden la oportunidad de influir en la política italiana. En esta situación, el papa redacta más de doscientos cincuenta documentos condenatorios de la masonería y demás sociedades secretas; pasaran de dos mil las referencias papales contra ella.

Entre los ataques que afirma sufrir de la masonería se encuentran: querer echar al Tíber los restos mortales de Pío IX, la exaltación de algunos apóstatas y heterodoxos, las tentativas para introducir el divorcio, la obligación del matrimonio civil, la supresión del catecismo en las escuelas, la enseñanza y la beneficencia laica, la supresión de órdenes religiosas, … En definitiva, afirma que pretende destruir los fundamentos del orden religioso y civil establecido por el cristianismo.

Entre todas las encíclicas, la Humanum genus, escrita el 20 de abril de 1884, es el documento pontificio más importante que, no sólo condena “la secta secreta”, sino que es todo un convenio para explicar por qué la iglesia católica es víctima de la masonería, ofreciendo un conjunto de remedios para combatirla. Es un elemento clave para la construcción del mito de la iglesia católica como víctima y de la masonería como verdugo.

La Encíclica comienza con la descripción del pecado de Lucifer, que obliga a Dios a crear el infierno y la condenación de parte de los ángeles; después, Satanás, en forma de serpiente, tenta a Adán y Eva para hacerles perder el tesoro de la vida eterna. Desde ese momento, el género humano:

“Se dividió como en dos campos diferentes y enemigos entre ellos: uno de los cuales combate sin descanso por el triunfo de la verdad y del bien, el otro por el triunfo del mal y del error. El primero es el reino de Dios sobre la tierra, esto es, la verdadera Iglesia de Jesucristo […]. El segundo es el reino de Satanás, cuyos súbditos son todos aquellos que, siguiendo los funestos ejemplos de su jefe y de los comunes progenitores, se niegan a obedecer la eterna ley divina”.

Seguidamente el papa cita a san Agustín, que enseña que:

“de dos amores nacieron dos ciudades: la terrena del amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la celestial del amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo”. Estos “dos campos diferentes y enemigos entre ellos” se han enfrentado a lo largo de la historia, pero en 1884, la masonería realiza el asalto final contra la Iglesia:

“Los partisanos de la ciudad malvada conspiran todos juntos, sin esconder ya sus diseños, y surgen contra la soberanía de Dios; trabajan públicamente para la ruina de la Santa Iglesia, con el propósito de despojar a los pueblos cristianos de los beneficios concedidos al mundo por Jesucristo”.

Ante este estado de cosas, el papa está obligado a denunciar a “la secta infernal”, es decir, la masonería, que encierra en sí, todas las demás sectas, y el mal en sí mismo. Pide a los gobernantes y a los pueblos que no se dejen engañar puesto que la masonería no sólo es funesta para la iglesia católica, sino también para el estado, en cuanto que es una secta secreta que intenta apoderarse de las naciones para reunirlas en un poder mundial, sometido a “los principios del infierno”. Por tanto, los estados deben combatirla, con todas sus armas, “si no quieren convertirse en esclavos suyos y, con ella, esclavos de Satanás”. Se ha llegado, afirmará:

“A tal extremo, que debemos temblar por la futura suerte, no ya de la Iglesia, edificada sobre el fundamento imposible de ser abatido por fuerza humana, sino de aquellos Estados donde la secta de la que hablamos o las demás afines a ella pueden tanto”.

La iglesia católica, por definición, se ha considerado poseedora de la Verdad que proviene del verdadero Dios, pero más aún, desde su inicio “Víctima” de cualquiera que pensara diferente. No debe olvidarse que el mismo Dios, se hizo hombre, y murió en una cruz para salvar a la humanidad y, por tanto, ¿quién puede osar poner en duda la Verdad de la Víctima con mayúscula?

La Orden, representa y esconde a todos aquellos que se oponen al Bien y a la Verdad de Dios pues como enseña el papa “todas las sociedades secretas están relacionadas con la masonería”. Por tanto, es ésta, según la encíclica Humanum genus, quien se ha atrevido a poner en duda la Verdad de la Víctima, y pretende, una vez más destruirla.

Se ha acaba de construir el contramito. La masonería se convierte en el verdugo, depositaria de todos los males. Por tanto, la iglesia católica, como depositaría del Bien de Dios, incluso como el Bien mismo, tiene el derecho y el deber de destruirla, sin escatimar esfuerzos ni medios pues como víctima es depositaria de la razón.

Como conclusiones podríamos decir:

- Un modo fundamental de poder vencer al enemigo y justificar cualquier método de fuerza, sin miedo a tener resistencia, es convertirse en víctima y al enemigo en verdugo. La ideología victimista es “el primer disfraz de las razones de los fuertes”.

- Durante el periodo a estudio, los ataques contra la masonería están relacionados con la oposición de la iglesia católica a renunciar a su poder terrenal, y especialmente a la unificación italiana y el modelo liberal que implanta.

- Consideran enemigos de la iglesia católica a todos los que luchan por la unidad italiana a los que identifican con la masonería.

- La encíclica la Humanum genus relaciona a la Orden con el mal y con el enemigo irreconciliable de la iglesia católica. Más aún, el medio del que se sirve Lucifer para destruir a la “Iglesia Verdadera de Cristo”. La masonería encierra a las demás sectas y pretende destruir a los estados para imponer un poder mundial, sometido al mal.

- La masonería aparece como contramito y la iglesia católica como el mito. La masonería es el verdugo y la iglesia católica la víctima. Por tanto, como víctima la iglesia católica está justificada para utilizar cualquier medio para destruirla. Se acaba de justificar la persecución.

FERRER BENIMELI, José Antonio: La Masonería. Madrid, Alianza editorial, 2019

GIGLIOLI, Daniele: Crítica de la víctima. Barcelona, Herder Editorial, 2017

León XIII, Encíclica Humanum genus, en Tutte le Encicliche dei Sommi Pontefici, Milano, Dall’Oglio Editore, ed. V, 1959

MORALES RUIZ, Juan José: Palabras Asesinas. El discurso antimasónico en la Guerra Civil Española. Siero, masonisca.es, 2017