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La muerte de Marat, de J.L David

El 14 de julio de 1789 se produce por parte de la ciudadanía de París la toma de la Bastilla, fortaleza medieval convertida por el cardenal Richelieu en prisión, considerada un símbolo del antiguo régimen. Se puede considerar que este episodio es el pistoletazo de salida de lo que conocemos históricamente como Revolución francesa, movimiento político y social, alimentado intelectualmente por la Ilustración y con la que nuestro autor, el pintor francés Jacques Louis David, está íntimamente relacionado.

Nacido en una familia acomodada, David estudió con el pintor rococó Boucher, para luego ingresar en la Academia de pintura y escultura de Francia, en donde será becado para Roma. Allí se encontrará con pintores que le influirán como son Rafael, Miguel Ángel o Caravaggio. Su evolución le llevará a convertirse en uno de los grandes pintores del Neoclasicismo, estilo y estética que bebe, como su nombre indica, de la resurrección de los principios clásicos y que irá a morir con el Romanticismo.

Como ya se ha señalado, David no solo fue un artista, sino un ciudadano comprometido con la revolución. Perteneció al partido de los jacobinos, defensores de la República, del sufragio universal y de un Estado fuerte y centralizado. A ese mismo partido pertenecieron Robespierre y Marat, protagonista este último del cuadro que analizamos.

La muerte de Marat sucede unos meses antes del periodo conocido como “El Terror”, que para muchos historiadores fue un momento de puro terrorismo de estado, llegándose a ejecutar en la guillotina a 16.594 personas, y que tuvo como figura central a Robespierre: "El terror no es más que la justicia rápida, severa e inflexible", definió el revolucionario francés en sus propias palabras.

El 13 de julio de 1793, estando Marat en su estancia, corrigiendo (o eso se dice) las galeradas del periódico El amigo del pueblo del que era fundador, recibe una nota de una ciudadana, Carlota Corday, que dice tiene una información y que le va a facilitar una lista con los nombres de traidores a la patria. Marat accede a recibirla, a pesar de estar en la bañera, en donde el agua fría le calmaba de los picores de lo que luego se ha sabido era una celiaquía, o alergia al gluten. Pero lo que Corday iba a llevar a cabo era el asesinato del político, a quien consideraba el enemigo del pueblo. Y así lo hace. La mujer no intentará ni tan siquiera huir, y será ejecutada el día 17 de ese mismo mes.

El momento que nos muestra el cuadro de David no es el del apuñalamiento, sino el inmediatamente después, en el que ya el espíritu ha escapado del cuerpo de Marat, cuyo rostro aparece idealizado. La asesina no aparece, aunque sí la nota en la mano del moribundo en forma de nombre. La escenografía corresponde a la visualizada por el mismo pintor el día anterior al suceso, en el que visitó al político. La composición de la obra ha sido comparada con la Piedad de Miguel Ángel o el Santo Entierro de Caravaggio. De alguna manera estamos ante la representación de un mártir, en este caso de la Revolución, y para algunos estudiosos el pintor replica esquemas iconográficos que muestran los valores católicos pero aplicados a otros fines. El cuchillo, apenas visible, así como la sangre, que queda oculta en las sombras, parecen que no quisieran mostrar de manera evidente la crueldad del crimen. En cuanto a la composición David la resuelve a base de líneas verticales y horizontales, que trazan una cuadrícula imaginaria que reparte el peso en la parte inferior y a ambos lados, equilibrándola. No hay fondo, los colores son una mezcla de calor y frío, con un foco de luz que ilumina de manera suave a Marat. Sobre la caja de madera un papel y un billete que, mostrando la generosidad del político con el pueblo, indica el pago a la viuda con cinco hijos de un ciudadano que ha muerto.

Esta obra está considerada como una de las mejores del pintor francés, dentro del arte propagandístico  como justo reconocimiento a la muerte de un gran hombre. Así lo indica la dedicatoria del propio cuadro: "A Marat de David".

Silencio

Silencio, solo silencio.  Un hombre ha muerto. 

La sangre fluye de la pequeña herida como la rosa roja florecida de la Revolución.

Un hombre ha muerto, pero no cualquier hombre, ni de cualquier manera.

La parca ha segado su vida a través de la mano de una mujer consciente de que al matarle ponía su propia cabeza bajo la cuchilla de la guillotina.

Jaque al rey con la dama. Una nueva Judith liberando a su pueblo

Instante eterno en el que el alma del héroe se escapa hacía esos Campos Elíseos en donde pasean ya otros héroes como los que lucharon en Troya.  

No hay dolor, solo paz.

Un hombre muerto pero no en vano. Sacrificado por los ideales de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad, su nombre se escribirá con letras de oro en el frontispicio de la Revolución.

El silencio, la muerte, un pintor, dos nombres… Y la Historia con mayúsculas para juzgarles.

Artículo y texto: (c) Elena Muñoz

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad está en preparación de su quinta novela y acaba de presentar su último libro de poesía, Papelera de reciclaje con Ediciones Vitruvio.