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Lectura y cine: programa doble para una pandemia


Ahora que es fin de semana en este ‘Diario del Año de la Peste’ que vivimos, con su estado de alarma y sus confinamientos, tenemos por delante todo un ocio doméstico que llenar con actividades nutritivas que bien pueden pasar por la lectura de clásicos muy a propósito, como por ejemplo la obra citada, de Daniel Defoe. El autor de la célebre ‘Robinson Crusoe’ escribió a principios del siglo XVIII la que posiblemente sea la madre de todas las crónicas periodísticas, lo que le convierte también en el padre del periodismo moderno (incluso del moderno periodismo americano, con permiso de Tom Wolfe) En esta obra, Defoe consignó el avance de “La Gran Plaga” de 1665 en la ciudad de Londres con prosa de gran narrador y rigor de avezado plumilla, dando cuenta de todas las disposiciones y bandos dictados para hacerle frente, además de datos estadísticos de enfermos y fallecidos, recursos, éxodos... y todo un rosario de comportamientos motivados por el miedo, y a veces también por el sentido común nacido de la capacidad de adaptación humana. El testimonio de un ciudadano - figura literaria que el autor se permite para dar fluidez al relato - se alterna con la descripción prolija de un paisaje desolador. Y lo más inquietante es que en el Londres que aquí aparece retratado, a pesar de que aún falta más de un siglo para la Revolución Francesa, pueden reconocerse ya muchos rasgos de una urbe contemporánea.

En ‘Pánico en las calles’ (Elia Kazan, 1950) Nueva Orleans resulta un escenario atemporal en la iconografía cristalizada por el género del cine negro. Al blanco y negro contrastado de sus imágenes se une la cualidad decadente y mórbida característica de la ciudad. Por sus calles corre Richard Widmark interpretando a un detective tras un delincuente de poca monta, Jack Palance, que sin saberlo porta la peste negra. Sólo tiene cuarenta y ocho horas para detenerle y frenar el rastro de contagios que va dejando. De lo contrario, la progresión geométrica de infectados amenaza con convertir el brote en una epidemia. La película constituye un thriller asfixiante en el que la condición de marginal del perseguido se identifica con su enfermedad. Es, efectivamente, un “apestado” que huye, aunque por una razón equivocada. Dejo a cada lector que busque el mensaje entre líneas que nos lanza el director, si es que lo hay. En todo caso, de llegar a contagiarnos siempre podremos identificarnos con el desgraciado hampón desde el sentimiento de culpa, y desahogar sin consecuencias la angustia que nos causan las incesantes noticias con datos de la propagación del virus.

De acuerdo, quizá ‘Pánico en las calles’ y ‘Diario del Año de la Peste’ no sean, respectivamente, la película y el libro más tranquilizadores a los que acudir en estos momentos; pero si no logran evadirnos del problema, en cambio sí pueden hacer que toquemos fondo en nuestra inquietud, y a partir de ahí empecemos a relativizar un poco la actual crisis, comprendiendo, de paso, muchas actitudes a nuestro alrededor. Para ello contamos con una buena cantidad de referentes; de entre ellos, en el ámbito literario, es ineludible citar ‘La peste’, de Camus. El genio observador capaz de extraer filosofía de las pulsiones más primarias del homo sapiens, nos da la clave, en esta obra, de cómo una situación desesperada saca lo peor pero también lo mejor de las personas. Por la corrupción hacia la solidaridad en el ejemplo de los dos doctores protagonistas, que encuentran un sentido ético a sus vidas en medio de una epidemia que se ceba en la ciudad de Orán. Aunque dicha peste se produjo realmente en el siglo anterior, Camus ubica la obra en la época de su publicación -1947-, puede que buscando subrayar la urgencia de su mensaje: la solidaridad, precisamente, en un escenario de posguerra. Pero esa es mi interpretación.

Las epidemias y pandemias tienen “a su favor” -en un sentido estrictamente artístico, abstracto- que suelen inspirar fábulas de carácter universal con un valor tan potente como el desastre que significan. Y desde muchos enfoques. El género fantástico, por ejemplo, se pliega perfectamente a relatos de contenido social con una plaga de fondo, como demuestra ‘Ensayo sobre la ceguera’, un torrente emocional y doliente, amargo hasta la náusea, aunque con redención final. Saramago se inspira para su obra en el relato de H.G. Wells, ‘El país de los ciegos’, mucho más sobrio y de narración cristalina, como corresponde a un escritor victoriano, pero con el que el libro del portugués comparte esencias. Son obras complementarias de dos humanistas.

Wells y Saramago, significados intelectuales de izquierdas, al igual que Camus, no pudieron resistirse a la lectura política y comprometida de un concepto como “la peste”. Tampoco fue ajeno Poe -tan dado a glosar pestilencias- a este tipo de interpretaciones. En su relato ‘La máscara de la Muerte Roja’, el bostoniano convierte la enfermedad en una metáfora de la perversión “de clase”: la que el poderoso proyecta sobre el pueblo sometido, pero que finalmente acaba por consumirle por mucho que se confine en una orgía desbocada entre los muros de su castillo... porque él mismo es la peste.

Aquí la alegoría no resulta tan evidente, pero si queréis encontrarla subrayada, para este programa doble de literatura y cine aconsejo echar un ojo a la versión cinematográfica que Roger Corman hace del relato en su ciclo de libres adaptaciones de la obra de Poe, con el icónico Vincent Price -su actor fetiche- al frente de la truculenta función. Puede que esta película no sea la más lograda de su filmografía, pero en cambio consigue crear una atmósfera genuinamente malsana, y lo desinhibido de muchas escenas va más allá de lo habitual en la época.

Tiramos de Vincent Price y recalamos en otro de los aspectos que caracterizan una pandemia, el aislamiento, otra vez desde el género fantástico. El actor protagoniza la primera de una serie de adaptaciones de la historia de Richard Matheson, ‘El último hombre sobre la Tierra’, también conocida como ‘Soy leyenda’ (1964) La claustrofobia del protagonista, limpio en un mundo de infectados que le asedian, está especialmente lograda en esta película, que acierta al centrarse en el esfuerzo moral que supone el confinamiento desde las rutinas más básicas para la supervivencia. Tan sugestivo resulta este enfoque, que el film, a pesar de tener un presupuesto paupérrimo (roza la “serie z”) se ha convertido en todo un referente. Como curiosidad, la producción tuvo que trasladarse de USA a Italia cuando se quedaron sin dinero, y de ahí el baile de directores y el contraste de ver una ciudad yankee llena de coches ‘Fiat’.

Anécdotas aparte, es verdad que Italia es tradicionalmente la puerta europea de las pestes y, como en el caso de la citada ‘Máscara de la Muerte Roja’, presta un escenario idóneo para retratar la decadencia, la enfermedad y la muerte. Hay ejemplos literarios desde el medievo de Bocaccio, que engarza las historias de su ‘Decamerón’ con la descripción de la plaga que asoló Florencia en el siglo XIV, hasta el comienzo del siglo XX, de la mano y pluma de Thomas Mann. Pero mientras Bocaccio emplea la peste como telón de fondo para relativizar cualquier solemnidad de la existencia en sus cuentos llenos de ingenio, ligeros y licenciosos, en Mann es metáfora de una enfermedad llamada “belleza” cuando se convierte en ideal inalcanzable y cada vez más nítido en el marco de una corrupción que avanza, imparable. Así puede entenderse la historia de ‘La muerte en Venecia’, donde la epidemia hace presa de la ciudad al tiempo que el protagonista -un trasunto del compositor Gustav Mahler- se ve incapaz de rozar esa perfección que ha ido a buscar hasta el borde mismo de su aniquilación. Mientras aquí y allá arden hogueras en una Venecia podrida, los afeites y tintes con los que el artista trata de equipararse al objeto de su fascinación, se derriten sobre un rostro que ya es una máscara. Como la misma belleza veneciana.

Suenan los acordes de la ‘Quinta Sinfonía’ de Mahler y parece el epitafio de una civilización. Un réquiem por todos. El miedo a ser borrados de un plumazo por algo intangible que nos supera es algo atávico, y el cine se ha encargado de recordárnoslo en clásicos como, por ejemplo, ‘La amenaza de Andrómeda’ (Wise, 1971), una película con tanto de ficción como de ciencia que causó sensación en su momento y aguanta bastante bien su casi medio siglo. Al final del metraje respiramos con alivio. La ciencia conseguirá liberarnos de las pestes, es posible, incluso las de origen extraterrestre, ¿pero quién lo hará de nosotros mismos y de nuestros temores?

A propósito, y antes de terminar, quiero evocar una película que aunque no trata de un virus nos habla del fin del mundo, y lo hace además de una manera doméstica; un apocalipsis tranquilo y desde la cotidianidad que por eso mismo resulta aún más estremecedor. Se trata del film de Stanley Kramer, ‘La hora final’ (‘On the Beach’, 1959) Aquí el enemigo invisible es la radiactividad tras un holocausto nuclear, y sus últimas víctimas, un puñado de habitantes en una ciudad de Australia. Hasta allí no ha llegado aún el veneno mortal que flota en el aire, pero tarde o temprano las corrientes lo dejarán en su puerta. Están condenados, y en poco tiempo, un individuo tras otro, la última comunidad humana sobre la tierra desaparecerá. Lo verdaderamente interesante de esta película es el proceso psicológico que viven los personajes; primero, la tensa espera, seguida de la euforia cuando llega la certeza; y a continuación, mientras empiezan a darse los primeros casos, una mansa y melancólica aceptación de lo inevitable (Al fin y al cabo, lo que llamamos “fin del mundo” no es otra cosa que el fin de la especie humana, y no va a quedar nadie para lamentarse)

Por fortuna, con alarma o sin ella, ‘La hora final’ no parece ser ni remotamente nuestra situación, y tenemos mucho tiempo por delante para disfrutar de las estimulantes obras del ingenio humano que aquí os sugiero. O de otras. Eso ya es cosa vuestra.