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María Blanchard y las pintoras

Elegir a María Blanchard como homenaje a las mujeres pintoras no es casualidad. En ella convergen diversos elementos que la hacen merecedora de  esta encarnación.

Por una parte el ser representante del más rompedor de los "ismos": el cubismo, aunque mucho del gran público, si les preguntarán sobre pintores pertenecientes a esta vanguardia, dirían los nombres de Picasso, Braque o Juan Gris (intenso colaborador de la pintora cántabra) antes que el de Blanchard.

Por otra su condición física, consecuencia de una lesión prenatal, una dioble escoliosis que curvaba su espalda y que la señaló ante una sociedad española ignorante que veía en ella en ocasiones una caricatura y no su verdadera personalidad.

París, en cambio, la ofreció ese universo artístico de la bohemia de principios del siglo XX en donde se codeó con otros artistas como Diego Rivera y su esposa Angelina Belof , o el poeta Vicente Huidobro Allí pudo pintar y hacerse un nombre gracias a las exposiciones de la Galería l'Effort Moderne que dirigía Leonce Rosenberg.

No cabe duda que, si la comparamos con artistas mujeres de épocas anteriores, María Blanchard tuvo más oportunidades. Apenas sus antecesoras tuvieron ocasión de ser reconocidas en vida, ni tan siquiera de poder formarse, salvo excepciones como fue el caso de Artemisa Gentilleschi, Sofonisba Anguisola (única mujer que tiene tres obras en El Prado), o Angélica Kauffman.

La trayectoria pictórica de María, cuya obra la podemos ver en el museo Reina Sofía de Madrid, nos muestra a una artista que evoluciona desde  el cubismo que "reiventa" junto a su gran amigo Juan Gris, hasta la sensibilidad.

Tomemos como ejemplo su obra Maternidad. La obra pertenece al momento en que retorna a la figuración (1919-1932), y donde la figura ocupa su universo personal, mientras que en París triunfan movimientos como el Dadaísmo o el Surrealismo. La figura que aquí vemos es una transposición  de su personalidad y de sus vivencias interiores, utilizando una técnica espejeante y aterciopelada. Un mundo transparente y traslúcido, lleno de melancolía. Hay algo de sagrado en este cuadro, como lo hay en la maternidad, estado que para María Blanchard estuvo vedado, pero que, quizá, para ella fue la metáfora perfecta de la belleza.

Recordar a las pintoras es justicia. Quizá podamos entonces romper esa cifra de que solo el 5% de las obras expuestas en museos son mujeres, o aquella frase ya famosa: "Para que se vea a una mujer en un museo ha de estar desnuda", en referencia a las figuras femeninas en los lienzos. 

VENUS, VÍRGENES Y DIOSAS

Venus, vírgenes, diosas, cuadros que cuelgan de paredes mostrando al mundo a Dios o al dios entre sus brazos. Santas mártires  orando, desafiando, mirando cara a cara a la muerte. Reinas sin reyes, hijas de reyes, madres de reyes con pesados terciopelos, con joyas y guardainfantes... Y sin embargo solo tres cuadros con el nombre de una mujer en una esquina se pasean por El Prado.

Artemisia, Sofonisba, Angélica, María, Berthe, Frida, Tamara... Nombres de mujer, nombres de mujeres artistas….  Silencio de óleo, caballete y pinceles, deseos frustrados por no estar su nombre escrito en letras de moldes en los libros de Arte, en los libros de Historia. Las puertas de las Academias cerradas a cal y canto y la llave tirada al mar. 

Pero ahora ha llegado el momento del ¡basta! porque las mujeres  pintan, y pintan mucho.

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad está en preparación de su quinta novela y acaba de presentar su último libro de poesía, Papelera de reciclaje con Ediciones Vitruvio.