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Dependencia mutua entre trabajador y empresario

Queridos amigos: Dando un paseo por el centro de Madrid, puedo encontrarme fácilmente en la calle de las Botoneras, en la de Hileras, en la Puerta de los Herradores, o simplemente oír el martilleo que, desde época medieval, hacían los Caldereros arreglando calderos de todo tipo. Era la época de los Gremios, aquellas corporaciones que integraban a las personas que, con igual profesión, tenían allí el cauce para desarrollar su vida laboral.

Estos Gremios, que se sustentaban en una cierta idea religiosa, también se ocupaban de las viudas e hijos de los componentes fallecidos. Nadie tenía que buscarse la vida fuera de estas organizaciones ni pagar a otro para que lo iniciase en el oficio, tal como ahora exigen ciertas empresas. Y es que en aquella época, el obrero no dependía de ningún otro mecanismo para asegurar su trabajo como medio de vida. Pero desde entonces hasta la primera Revolución Industrial, a finales del XVIII, han pasado muchas cosas.

Como bien dijo Zubiri, “La realidad se mueve” y, desde entonces, el trabajador que quiera integrarse en la sociedad, pasará a depender de un “otro”, totalmente ajeno a su persona y a sus aspiraciones. Así llegamos hasta 1917, en que a causa de la Revolución Soviética, el mundo se tambaleó, sin olvidar la Gran Guerra, que trastocó totalmente la forma de vida anterior, sin posibilidad de vuelta atrás. La Economía pasó de ser algo rural, para basarse en el trabajo de una masa proletaria, más o menos cualificada, que se trasladaba a las ciudades en busca de trabajo.

Y como la vieja política ya no servía, los militares promovieron las Juntas de Defensa. Éstas, dejando de lado las deliberaciones gubernamentales, impusieron al Rey sus ideas. Por otra parte, los gobiernos utilizaron a los militares poniéndolos de su parte, para reprimir cualquier protesta, porque ¿qué hubiera pasado si el Ejército se hubiera puesto de parte del obrero?

Pero los ciudadanos también querían ser escuchados sin tener que aguantar al “turno” de partidos inoperantes que propiciaba la Monarquía, o las “faenas” de los poderosos caciques manipulando las elecciones. En todo caso, estos dos estamentos, militares y ciudadanos, no fueron suficientes para cambiar los antiguos moldes en los que se fraguaban los gobiernos y entonces, otro grupo vino a sumarse al tan necesario cambio. Este grupo fue la masa obrera o masa proletaria.

Dicha mano de obra iba a depender del patrón, tanto como la nueva burguesía iba a depender del proletariado, pero lo que no se podía tolerar es que, a causa de ciertas maniobras fraudulentas por parte del empresariado, el trabajador pasase a depender, siempre, del capricho de los que, sin valorar su persona ni su dignidad, pretendieran llevarse la totalidad del beneficio que el trabajador aportaba al producto en forma de plusvalía.

Pero para defender a los obreros estaban los sindicatos. Su ayuda serviría para armonizar los legítimos intereses de ambas partes en conflicto.

En la España de 1917, la UGT apoyó la primera huelga de la minería asturiana y también promovió una huelga general que consiguió afectar a todo el país, incluyendo a los reclusos de la cárcel Modelo. La consecuencia fue que sus líderes sindicales, Largo Caballero, Besteiro, Saborit e Indalecio Prieto, acabaron encarcelados en el penal de Cartagena. Aquella huelga fue el elemento decisivo en el posterior desarrollo social de los siguientes años, pero diecisiete años más tarde, la huelga minera volvió por sus fueros, mucho más violenta que la primera, porque realmente nadie había puesto remedio a las dificultados de los mineros. Una serie de disculpas económicas y financieras se habían mezclado para volver a olvidarlos.

El papel de los sindicatos se podría resumir diciendo que su papel está en conseguir que todos entiendan, que las sociedades sanas deben funcionar armónicamente como un solo cuerpo, un lugar en el que patrones y obreros conjuguen sus potenciales aportaciones en pos del bien común.

Y en eso seguimos.

Nació en La Coruña. Es Licenciada en Farmacia por la Univ. de Santiago de Compostela. Su vida laboral se desarrolló como Auxiliar de Telégrafos, por oposición, en Santiago y posteriormente en Madrid. Asistió como alumna a la Univ. de Mayores de la UCM. Una vez jubilada, escribió y editó diez libros, dos de poesía, un breve ensayo sobre Don Antonio Machado, tres novelas históricas, otra de tema actual, dos obras de teatro y un libro de relatos. Es ateneísta.