LA ZURDA

Kirk

Ha muerto Johnny Hawk. Descanse en paz, bajo una tosca cruz de madera, en algún rincón de las Montañas Rocosas.

No sé si se acuerdan ustedes de él: era el guía de una caravana que iba a donde van todas, al Oeste, atravesando territorio sioux, y se enamoraba de una india (Elsa Martinelli, que hacía su primer papel en Hollywood, antes de volver loco a Sean Mercer (John Wayne), por su manía de coleccionar elefantes en Hatari). La película era Pacto de honor (André de Toth, 1955). Un western.

También ha muerto Dempsey Rae, vaquero sin rumbo y sin estrella, enemigo acérrimo del alambre de espino (La pradera sin ley, King Vidor, 1955). También ha fallecido una de las encarnaciones de John “Doc” Holliday, dentista y jugador, y compadre de los hermanos Earp en el duelo del OK Corral (Duelo de titanes, John Sturges, 1957).

Ha fallecido Matt Morgan, el sheriff de Pauly, cuya mujer -india cherokee- fue ultrajada y muerta por el hijo del ranchero Craig Belden (El último tren de Gun Hill, John Sturges, 1959), que, naturalmente, lo paga caro. En realidad, ambos, padre e hijo (Anthony Quinn y Earl Holliman), mueren a manos del sheriff, que no quería matarlos, sino sólo detener al culpable, pero la cosa se complicó.

También ha encontrado su último atardecer el pistolero Brendan O’Malley, que en vez de un Colt lleva un Derringer (El último atardecer, Robert Aldrich, 1961) y William Tadlock, el senador que moría despeñado antes de llegar a su destino (Camino de Oregón, Andrew McLaglen, 1967) y el pistolero Lomax, compadre de Taw Jackson (John Wayne) en su Ataque al carro blindado, (Burt Kennedy, 1967), donde finalmente no se hacían con el oro.

Ha palmado Paris Pitman, el ladrón con gafas (El día de los tramposos, Joseph Mankiewicz, 1970), que resulta serlo menos que el director de la cárcel (Henry Fonda). Y también ha fallecido el vaquero Jack Burns, en el western moderno Los valientes andan solos (David Miller, 1962).

Y cambiando de género, si lo prefieren, ha muerto el arponero Ned Land (20.000 leguas de viaje submarino, Richard Fleischer, 1954), el legendario Ulises (Ulises, Mario Camerini, 1954), el canalla Whit Sterling (Retorno al pasado, Jacques Tourneur, 1947), el corredor de coches John Holliday (Hombres temerarios, Henry Hathaway, 1955), el mismísimo Vincent Van Gogh (El loco de pelo rojo, Vincente Minnelli, 1956) o Espartaco (Espartaco, Stanley Kubrick, 1960) y el coronel Dax (Senderos de gloria, Stanley Kubrick, 1957), Einar, el vikingo tuerto (Los vikingos, Richard Fleischer, 1958) y tantos otros personajes en películas policiacas, bélicas, comedias o de aventuras, con entretenimiento asegurado.

Kirk Douglas, demócrata y defensor de los derechos civiles, era de esos actores que atraían al público a las salas (y a las mujeres al catre, pues tenía fama de mujeriego) y aficionaban a chicos y grandes a ir al cine cuando era una de las actividades, que, por poco dinero, permitían salir de casa en tiempos donde no había muchas otras distracciones baratas y cómodas, pues se podía viajar, conocer historias -y la propia Historia, reproducida en escayola y cartón piedra y amañada, claro, con amoríos y traiciones-, vivir otras vidas y descubrir el mundo desde las raídas butacas de los cines de barrio. Y además comiendo pipas, que eran más baratas que las palomitas de ahora.

Ha muerto Kirk Douglas, el hijo del trapero, así titula sus memorias, pero ahí quedan sus películas y los personajes a los que dio vida. En su mayoría eran tipos duros, que él, favorecido por su físico, supo representar tan bien, colocándose, junto a Burt Lancaster, Robert Mitchum, John Wayne, Charlton Heston, Robert Ryan, Lee Marvin y tantos otros, en el Olimpo de los fardones. Era de los que han dado fundamento con su arte y su trabajo a la idea de Ilya Ehrenburg de que Hollywood es una fábrica de sueños.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).