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Las fosas del cementerio de Granada

Las católicas autoridades que se hicieron cargo de Granada a partir del 20 de Julio de 1936, comenzaron una política de represión y muerte que no había tenido parangón en tiempos anteriores de la historia de la ciudad. Ante los intentos vanos de los escritores e historiadores franquistas de minimizar estos hechos no queda mas que retroceder a las fuentes y comprobar tres diferentes relatos que no dejan lugar a dudas.

Cuando en 1949 (recordemos que el estado de guerra se mantuvo hasta el año 1948) Gerald Brenan regresa a Granada, visita el cementerio en busca de la tumba de Federico García Lorca. Allí, un sepulturero le enseñó la tapia donde se produjeron los fusilamientos:

• “Pasamos por las puertas de hierro y nuestro hombre nos llevó al muro que limita el lado inferior del cementerio. Las señales de las balas estaban todavía allí, así como algunas manchas de sangre reseca"

• “Era una fosa cuadrada, de unos diez metros de lado, al parecer muy honda. Estaba llena, hasta unos doce metros de la superficie, de cráneos y huesos. Entre éstos, yacían unos cuantos cadáveres apergaminados y encogidos, en posturas grotescas, como si hubieran llegado por los aires, y envueltos en consumidas mortajas. Aquí está lo que fue antes la flor de Granada, miren bien y verán los agujeros de las balas. Y, en efecto, casi todos los cráneos estaban agujereados

La guerra civil cogió al escritor en Churriana, cerca de Málaga, donde se había instalado en 1934. En los primeros meses de la guerra fue corresponsal del Manchester Guardian y del News Chronicle. De regreso a Inglaterra, a los dos meses del conflicto, hizo emisiones radiofónicas dirigidas a España para la BBC.

Los asesinados no eran sólo los presos mandados desde la cárcel de Granada, que maniatados y transportados en los “camiones de la muerte” cruzaban la ciudad por la Gran Vía y subían por la Cuesta de Gomérez, para enlazar con el Camino del Cementerio, sino también, aquellas personas que la “Escuadra Negra” (facciosos adeptos al golpe militar) secuestraba directamente, los llamados “paseos”, y eran conducidos en coches ligeros hasta las tapias del cementerio. El 25 de agosto de 1978, José García Arquelladas, guarda del cementerio en los primeros meses de la represión franquista, relató lo siguiente al escritor Ian Gibson (presentamos algunos fragmentos):

• “Los enterradores llegaban a las 9 de la mañana, o sea que desde que se producían las ejecuciones a las 6 de la mañana, o antes, quedaban solos los cadáveres. Quedaban solos, abandonados allí. Las puertas del cementerio estaban cerradas, el cementerio no lo abrían hasta las 9. Un desastre…. Los primeros meses estuve allí, luego me tuve que incorporar a la guerra. Aquello era, día y noche, un chorro. Coches subiendo, coches bajando, de día y de noche. Mujeres y todo, las criaturas allí andando de rodillas y no tenían perdón de nadie, allí llegaban –plin, plam, plin, plam- y se acabó.

• Unos decían: “¡Viva la República!”, otros: “¡Viva el comunismo!”. Había de todo, otras criaturas iban muertas, no todos tenían el mismo espíritu, arrastrándose de rodillas, pidiendo perdón… …Por la noche, con los mismos faros de los coches, en las mismas tapias, los ponían allí y ya está. Hay que darse cuenta de lo que es día y noche, no había regla, lo mismo subían 8, que 9, que 15, que 14, un lío, en los primeros meses más de 50 cada día…..y una chillería allí de mujeres y de todo y allí nosotros allí asustados, y Dios y su Madre…

Los sepultureros debieron de trasladar los cuerpos amontonados en el exterior hasta el Patio de San José, donde abrieron numerosas fosas comunes para enterrar los cadáveres. Las víctimas que procedían de la cárcel, llevaban en el bolsillo una tarjeta de identificación, cuyos datos eran recogidos en los libros de registros del cementerio. Se anotaba la fecha de defunción, el nombre y apellidos y la causa de la muerte. En las primeras víctimas de la represión, la causa de la muerte se indicaba con la frase “disparo de arma de fuego”, luego será sustituida por “orden de tribunal militar”.

Ian Gibson en 1966 pudo consultar el libro de registros correspondiente a los años 1936-1939, donde se anotó la muerte de 2.102 hombres y mujeres fusilados entre el 26 de Julio de 1936 y el 1 de marzo de 1939. A este número habría que sumar los asesinados por la “Escuadra Negra”, que no llevaban identificación alguna y todos los ejecutados en años posteriores.

La escritora norteamericana Helen Nicholson, en su libro Death in the Morning, publicado en Londres en 1937, en julio de 1936, veraneaba en una casa situada en el Camino del cementerio:

“Desde hacía bastante tiempo las ejecuciones habían ido aumentando a un ritmo que alarmaba y asqueaba a toda la gente ponderada. El guardián del cementerio, que tenía una pequeña y modesta familia de 23 hijos, nada menos, le rogó a mi yerno que le encontrara algún sitio donde su esposa, y sus 12 hijos más pequeños, que todavía vivían con ellos, pudiesen recogerse. Su casa en la portería –situada en la misma entrada del cementerio- les resultaba ya intolerable. No podían evitar el oír los tiros y a veces otros sonidos –los lamentos y los quejidos de los agonizantes – que hacían de su vida una pesadilla, y temía el efecto que pudiesen producir en sus niños más pequeños”.