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Campo de refugiados de Chios: donde se rompe la esperanza


EFE / EPA / ORESTIS PANAGIOTOU EFE / EPA / ORESTIS PANAGIOTOU

Esta noche pasada, 3 de octubre, han entrado en Grecia 9 barcos con 392 nuevos refugiados. Una interminable cifra que se añade a la del día pasado, a la que se añadirá la de mañana.

Dos de ellos en Chios, una pequeña isla griega del mar Egeo. En total, 105 hombres, 37 mujeres y 44 niños menores de 18 años. Casi doscientas personas más que se suman a las que ya están aquí. Un espacio preparado para un máximo de 1000 personas. Pero en el campo de refugiados de Chios viven hoy más de 4000. Realidad compartida con todos los demás campos: su nivel de ocupación es muy superior a su capacidad de admisión.

Son refugiados de todas las nacionalidades: afganos, palestinos, sirios, yemenies, congoleños, libaneses... países envueltos en guerras, corrupción, estados fallidos. Entre ellos, muchas mujeres y niños y niñas. A los que llegan por barco o avión (modalidad elegida por los africanos que tienen libre acceso hasta Marruecos) hay que sumarle la “limpieza” que de las calles atenienses está llevando a cabo el Gobierno griego. Una auténtica limpieza étnica con la que se pretende esconder una realidad vergonzante.

La situación es cada día más difícil, más tensa. Condiciones de hacinamiento que provocan enfrentamientos entre gentes que no se conocen, entre pueblos indiferentes para con otros pueblos con los que sólo comparte la necesidad de supervivencia, la huida en búsqueda de un mundo mejor que el que han dejado atrás, en el que exista probabilidad de futuro, y competencia por ser el primero que salga de ese infierno dantesco que son los campos. Hace tres meses hubo un enfrentamiento entre un palestino y un iraquí. El motivo ha sido olvidado ya. Pero no las consecuencias: la policía, arma en ristre, entró golpeando y deteniendo a diestro y siniestro e indiscriminadamente. La gente corría despavorida intentando huir tanto del golpe policial como de su detención. Se produjeron más de 25 apresamientos que fueron conducidos a una prisión ateniense donde aún se encuentran. No tuvieron nada que ver en la pelea, tan sólo tuvieron mala suerte. Podía haber sido cualquier otro refugiado, podía haber sido cualquier otro día. Porque la presión es de tal calibre que las revueltas, los disturbios forman parte de una cotidianeidad sólo reprimida por la amenaza constante de las armas vigilantes.

Situado en medio de la nada, a 11 km de la frontera con las primeras casas del núcleo urbano, el campo de refugiados de Chios, primero que visitamos en nuestro periplo por todos ellos, esconde la cada día mayor falta de esperanza tras la sonrisa cálida con la que nos reciben. Saben que, a diferencia de sus guardianes, venimos a compartir con ellos unos minutos de fraternidad.

Son en su mayoría chicos jóvenes los que salen a recibirnos que contrasta con el alegre enjambre de niñas que juegan y sin parar de reír se tiran a nuestros brazos. No vienen chicas, no vienen niños. Una pregunta me asalta pero no es tiempo hoy de buscar respuesta.

Las horas en el campo se hacen interminables. Sin ocupación alguna, hacinados, vigilados día y noche por militares fusil en mano… esperan a que les sea concedida la tarjeta negra que dará paso a la obtención de su documento de identidad. Existen tres tarjetas que abre diferentes puertas en función del color que se estampa en su interior: la primera es roja. Posibilita salir del campo para ir a la ciudad. La segunda, azul, abre la puerta a viajar por toda Grecia. La tercera es negra, es la antesala al carnét de identidad, con él ya podrán salir fuera de Grecia y moverse por los países de la UE. Y, por último y tras un examen con preguntas que a un griego le pondría en serias dudas contestar, obtendrán el pasaporte que les convierte en ciudadanos del mundo. Pero es exiguo el número de los que consiguen llegar a esa meta.

La espera se torna interminable. Más difícil y larga cuántos más peldaños han subido en busca del reconocimiento como ser humano, ciudadano o ciudadana, y privilegiado poseedor de derechos humanos. Conseguir el segundo colorín cuesta meses. A veces más de un año.

El día se acumula a otro día más, paso lento de unas horas que se arrastran como cadenas rompiendo la esperanza. Osman (el nombre es ficticio)), un palestino de la franja de Gaza que lleva más de año y medio esperando su tarjeta azul asegura muy serio que si en 24 horas no se la dan se suicidará. Todos sabemos que no será verdad, su juventud y sus ojos negros y juguetones desmienten sus palabras ante las que nos hemos quedado calladas no tanto por su realidad como por su posibilidad. Sabemos que, en su caso, no ha de ser verdad. Demasiada vida y ganas de vivirla. Y sabemos también que nadie anuncia su suicidio.

Pero detrás de esas palabras se esconde otra realidad: los suicidios en el campo no son infrecuentes. Y suponen una realidad tan presente como silenciada. Sólo la sucesiva obtención del color impreso en cada cartilla otorga visibilidad y reconocimiento de existencia a quien la posee. Y no es fácil conseguirlo. Hagan lo que hagan, ya se porten bien, sean colaboradores, participen con la policía y la comunidad… da igual. Nada sirve para acortar tiempos. Es ésta una cárcel muy cruel.

Ľos militares impiden nuestro paso. El exterior del campo me evoca indebidamente a los campos de concentración nazis. No podemos acercarnos a la entrada sin que las armas empiecen a moverse de forma imperceptible. Al fin y al cabo somos europeas. Es la amenaza convertida en costumbre. Ante ello y la imposibilidad hoy de entrar en el campo, enseguida se forma una pequeña tertulia en la puerta. Quieren contarnos sus historias, su desesperación ante la incertidumbre, ante un futuro que se niega a deprenderse de esperanza pero que cada día se aleja más. Es imposible tocarlo. Es imposible imaginarlo. Las horas se transforman en días, los días en semanas, éstas en meses en un carrusel de incredulidad. Cuando tocaron tierra griega pensaron que ya su pesadilla estaba a punto de terminar. Soñaron un futuro para ellos, para sus familias. Habían llegado con demasiadas ampollas, con demasiadas heridas. Llegar aquí se prometía el principio del fin de un viaje dantesco. Pero sólo era un espejismo.

 

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.