Quantcast
ÚNETE

Jerusalén: La ciudad imposible, para alguien en su corazón durante décadas

El autor y activista Meir Margalit, ganador del premio Catarata con un ensayo dedicado a la ciudad. EFE El autor y activista Meir Margalit, ganador del premio Catarata con un ensayo dedicado a la ciudad. EFE

Jerusalén, ciudad santa para el cristianismo, el judaísmo y el islam, es una urbe imposible, asegura el autor y activista Meir Margalit, ganador del premio Catarata con un ensayo dedicado a la ciudad, en cuya Municipalidad trabajó durante tres décadas.

"El libro (Jerusalén, la ciudad imposible, que se publicará en abril) presenta un análisis nuevo de lo que está pasando en Jerusalén, basado en observaciones personales a partir de mis años de trabajo en el municipio", explica a Efe este activista de los derechos humanos, profesor e investigador del centro de pensamiento Van Leer.

"Conozco de cerca y de forma muy íntima las políticas municipales de Jerusalén Oriental y también puedo hablar de las motivaciones privadas de las personas que las llevaban adelante", asegura.

Margalit trabajó dos décadas en el departamento de Educación municipal y otra más como concejal del partido pacifista Meeretz, una época que recuerda como "llena de frustraciones".

Pese a su aprecio a la urbe, considera que es una ciudad imposible de vivir y asegura que no queda más remedio que "desmontarla y volverla a montar".

"Jerusalén no es una ciudad, la defino como una no-ciudad porque para que un conglomerado se transforme en ciudad hace falta un mínimo denominador común entre sus componentes que aquí no existe.

No solo entre judíos y palestinos, sino también entre judíos laicos y (ultra)ortodoxos. Hay que desarmarla y unirla componiendo tres ciudades: la Jerusalén laica, la ortodoxa y la árabe", opina.

Tal y como está ahora, la urbe se encuentra "en una pendiente que conduce a un precipicio", dice y afirma pesimista que en estos momentos Jerusalén "no tiene futuro ni para los palestinos ni tampoco para los judíos que viven en ella".

"Estamos tan entrelazados que si los palestinos no tienen futuro aquí, nosotros tampoco. O ambos nos redimimos juntos o ambos sucumbimos", cree este judío argentino-israelí.

Afirma convencido: "Sí, Jerusalén es una ciudad imposible" y no solo para ser vivida, sino también "imposible de definir con los términos y conceptos que usamos generalmente para analizar complejos urbanos". Entre los dos grandes grupos de la población judía, de alrededor de un tercio del total cada uno, la desconfianza y separación también es desgarradora.

"Los judíos laicos ven a los (ultra)ortodoxos como parásitos, y si los ves como parásitos los tratas como parásitos. Y ellos nos ven a nosotros casi como una manga de prostitutos.

Hay un trato humillante entre todos sus habitantes", lamenta. Mayor es el problema de los palestinos, que son de facto ciudadanos de segunda.

"Todos los judíos son ciudadanos (con nacionalidad y pasaporte israelí) y todos los palestinos son residentes, ¿qué es eso?.

Vienen judíos de Rusia mañana que no saben ni dónde han aterrizado y ya son ciudadanos, y el palestino que lleva generaciones en la ciudad tiene un estatus jurídico mucho más vulnerable.

¿Puede alguien imaginar algo similar en un país democrático occidental?", se pregunta.

Denuncia violación de derechos, sobre todo de menores, con "miles de niños palestinos que no están registrados en el padrón solo para disminuir artificialmente el número de residentes palestinos y unos 10.000 niños que no tienen pupitre en las escuelas" y con la práctica imposibilidad de lograr permisos de construcción en la parte palestina de la ciudad.

"En esta 'única Democracia de Oriente Medio', los palestinos son ciudadanos de segunda o tercera clase", acusa, y agrega que el Ministerio del Interior les pone tantos obstáculos que para ellos conseguir la ciudadanía, con los derechos civiles que conlleva "es casi imposible".

Entre los jerosolimitanos "existe conflicto, desconfianza y humillación mutua. Es por eso que digo primero hay que desarmarla y después armarla de nuevo".

Margalit ve "indecente" que decisiones importantes sobre una comunidad las tomen personas de otra y que en el consejo municipal "todos sean judíos y más de la mitad sean (ultra)ortodoxos", y cree que lo ideal es "una ciudad donde cada grupo social se autogestione".

Opina que Jerusalén es "una ciudad que humilla a sus habitantes" como, por ejemplo, "al palestino que camina por la parte occidental y en cada cuadra lo para algún soldado o guardia para pedirle sus documentos".

A todos los problemas que ya de por sí tiene la urbe, afirma, se unió en diciembre el reconocimiento de la ciudad como capital de Israel por el presidente estadounidense, Donald Trump, que Margalit considera "un clavo en el ataúd de los optimistas".