¡Únete!

De Sevilla la roja a Sevilla la de las boinas rojas. Carlismo y mundo obrero, 1931-1934.

Al poco tiempo de proclamarse la Segunda República, se produjo una de las "resurrecciones" políticas más singulares de la Historia de España: el carlismo -que parecía un movimiento del siglo XIX condenado a su extinción en las primeras décadas del siglo XX- conoció una etapa de crecimiento totalmente insospechado para sus vecinos del abanico político. Así, a los pocos meses de régimen republicano, los carlistas comenzaron a unirse con monárquicos tradicionalistas e integristas separados desde hacía tiempo, convergiendo en círculos, organizaciones y agrupaciones de todo tipo. Además de sus tradicionales bastiones del norte peninsular -provincias vascas, Navarra, Santander, Cataluña- y en el este -Maestrazgo aragonés y valenciano- comenzaron a tener fuerza otros, como Andalucía Occidental, en torno a Sevilla y a la figura de Manuel Fal Conde. A la hora de explicar también su renacimiento político, debe tenerse en cuenta, igualmente, el marco de partidos propio de sus geografías: la mayor parte de las derechas sufrieron un colapso en los primeros meses de 1931, Acción Nacional estaba comenzando a surgir –sobre todo en Madrid-, y los partidarios de Alfonso XIII se encontraban desmoralizados en provincias.

Los líderes carlistas buscaron fuerza, apoyo y votos no sólo en las antiguas familias carlistas, en aquellos españoles que temían que el régimen republicano fuera la antesala de una nueva revolución -como había pasado en Rusia, en Hungría, en Baviera, en México, años antes- sino también en los católicos que comenzaron a verse desencantados con la política religiosa y anticlerical republicana. Si bien buscaron el voto de campesinos, arrendatarios, propietarios y clases medias urbanas, lo cierto es que pronto tuvieron que hacer frente a otra realidad: el mundo obrero. ¿Cómo conseguir cierto apoyo allí donde había tantas fuerzas políticas en liza?

Y fue en Sevilla donde comenzó una ambiciosa iniciativa: el establecimiento de una rama de la Comunión Tradicionalista Carlista dedicada a la clase obrera urbana. Había que transformar "Sevilla la roja" en "Sevilla la de las boinas rojas", en alusión al tocado típico de los carlistas. La conciencia del grave paro existente en la región, agudizado tras el final de la exposición internacional de 1929, conllevó a ciertos carlistas a adoptar una postura más social que en las zonas más estables, predominantemente rurales. Por otra parte, la combinación de desempleo y rivalidad intersindical entre la UGT y la CNT hizo que la minoría católica de base obrera sevillana fuera particularmente receptiva a los halagos del primer partido católico que buscó activamente su apoyo. Y el primero en hacerlo fue la Comunión Tradicional Carlista.

El esperanzador goteo de los inscritos como "obreros" en las listas del círculo local a principios de 1933 llevó a Fal Conde -el líder carlista más importante- y a la junta local a fundar una sección obrera que precedió en varios meses a la surgida en la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas). Según Martín Blinkhorn, el impulso real a esta organización fue obra de Ginés Martínez, un ferroviario que se reveló ese año como un eficaz orador, propagandista de la causa y organizador. En julio de 1933 fue nombrado presidente de esa sección y trabajó intensamente para preparar propagandistas que captaran nuevos adeptos, creando una bolsa de trabajo para obreros católicos en paro, así como diversas formas de seguros de accidentes y de desempleo. Los carlistas esperaron que, tarde o temprano, estas maniobras facilitaran el resurgir de una futura organización gremial, germen de reconstrucción de la sociedad española. En este sentido, sublimaron la historia de los gremios medievales y modernos frente al liberalismo destructor de los mismos.

A finales de mayo de 1933, Fal Conde anunció que había más de mil obreros, empleados, artesanos y trabajadores adscritos y, en agosto, el periódico El Observador afirmó que esa cifra se había triplicado, a pesar de que las facilidades para encontrar trabajo que ofrecía la sección tradicionalista habían estado paralizadas algunas semanas. Si bien no podían competir en adhesiones con socialistas y anarquistas, la organización sevillana fue un auténtico estímulo para los círculos carlistas de otras regiones y una nueva prueba de la capacidad de liderazgo de Fal Conde, que sería catapultado a la máxima dirección del carlismo en poco tiempo.

En las elecciones de noviembre de ese año, la Comunión Tradicionalista consiguió 21 actas de diputado a Cortes y, entre ellas, la de Ginés Martínez por Sevilla. Junto al diputado Arellano, Martínez representó al carlismo en el socialcatólico Grupo Social Parlamentario, agrupación de unos 17 diputados que aspiró a publicitar el socialcatolicismo tanto dentro como fuera de las Cortes, con el fin de impulsar su presencia en el medio obrero. Además, realizó declaraciones en la prensa tradicionalista afirmando que, en 1934, la situación laboral andaluza era crítica, pues el hambre y el paro continuaban creciendo. La solución no la iba a paliar una legislación a corto plazo o un cambio en la política social y económica promovida por el gobierno de centro-derecha, sino en una sustitución total del liberalismo económico y político por los principios de las encíclicas católicas.

El paro, las huelgas, los desahucios, la carestía y la lucha de clases era culpa del liberalismo -que se encontraba en la base del régimen republicano- y por lo tanto, para los carlistas, sólo su destrucción facilitaría su eliminación. Criticaron a los patronos que disminuían salarios y recurrían al lock-out, a los católicos que no eran conservadores sino "conservaduros" (duro, o sea, cinco pesetas). Los discursos y artículos periodísticos de Ginés Martínez contuvieron ataques al liberalismo económico y a los "patronos anticristianos", a los que acusó de ser los motivadores de la ola roja que amenazaba con tragárselos. Por su parte, las Juventudes Navarras, en su periódico AET, utilizaron alguna vez el lenguaje del socialismo en apoyo de soluciones claramente no socialistas sino tradicionalistas. Atacaron tanto a los izquierdas como a las derechas de Gil Robles. Urgieron a una regularización de los beneficios empresariales, en nombre de sus bases sociales que los carlistas contrastaban con otras fuerzas políticas. Hubo algunos que se atrevieron a hablar de "revolución carlista" contra la avaricia, la usura, la tozudez, el despotismo contrario a los principios sociales católicos.

La expresión de estas ideas demostró la conciencia de algunos carlistas jóvenes, que concibieron que la forma tradicional de corporativismo debía basarse en el consenso, conseguido a través de una aproximación entre tradicionalistas, católicos y proletarios. Si lo consiguieron o no queda para otro artículo.

El lector interesado puede consultar las siguientes obras:

-G. Alférez, Historia del carlismo, Madrid, Actas, 1995.

-L. Álvarez Rey, La derecha en la II República: Sevilla, 1931-1936, Sevilla, 1993.

- C. Barreiro Gordillo, El carlismo y su red de prensa en la Segunda República, Madrid, Actas, 2003.

-M. Bilnkhorn, Carlismo y contrarrevolución en España, 1931-1939, Barcelona, 1979.

-A. M. Moral Roncal, La cuestión religiosa en la Segunda República. Iglesia y carlismo, Madrid, 2009.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.