Enfermos de odio

La petición de hasta 50 años de prisión para algunos de los participantes en el linchamiento de dos guardias civiles y sus parejas en un bar de Alsasua por parte de la Fiscalía ha desatado una polémica que esconde una enfermedad, el odio, que aqueja a una parte de la sociedad, no solo vasca, sino española, a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y especialmente a la Guardia Civil.

El odio impulsa a una parte importante de la sociedad vasca y navarra a pedir que la Guardia Civil salga fuera de su territorio (ojo, su territorio, como si no formaran parte del territorio común, el de todos, España). Odio que se sustenta en excusas tan peregrinas como que fue la benemérita la que asesinó a Lorca o que fusilaron a 4000 españoles durante la Guerra Civil. Olvidan que en el 36 una parte importante de la Guardia Civil se mantuvo leal a la República, a la legalidad vigente.

Hace unos días se cumplía el vigésimo aniversario de la liberación del funcionario de prisiones, Ortega Lara, secuestrado por ETA y mantenido en un inhumano zulo, enterrado vivo, durante 532 días. Para celebrarlo, el rapero Pablo Hasel escribía en la red social Twitter “Muchos temporeros durmiendo al raso están en peores condiciones que Ortega Lara y sin haber sido carceleros torturadores”.

La incapacidad de empatizar con un ciudadano secuestrado, privado de libertad durante casi dos años, torturado física y mentalmente por una banda terrorista que no dudaba en matar indiscriminadamente, mutilar, secuestrar, extorsionar y someter al yugo del terror a la población española, únicamente porque era funcionario de prisiones, es una enfermedad, se llama odio.

Estos son solo un par de ejemplos, pero basta abrir cualquier red social para comprobar que el odio es una enfermedad que se ha extendido irremediablemente entre la sociedad española , y lo más preocupante, es que aqueja a los más jóvenes, aquellos que no sufrieron en sus carnes ni la Guerra, ni la dictadura, ni el terror de ETA, los que nacieron en libertad y disfrutan de un Estado de Bienestar que les garantiza una educación pública de calidad, sanidad, servicios sociales…

En el 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas se realizó un acto conmemorativo en el Congreso de los Diputados en el que representantes de Podemos o ERC, se negaron a aplaudir a figuras emblemáticas de la izquierda en la Transición como Santiago Carrillo o Dolores, la Pasionaria, porque según ellos se vendieron a los franquistas y formaron parte de “la trama”, del “régimen corrupto del 78” y un sinfín de barbaridades más.

Sorprende que quienes sufrieron el exilio, la represión o incluso, la cárcel y la tortura, fueran capaces de, si no olvidar, si perdonar o comprender lo suficiente para poder entenderse con los que representaban al Régimen que los había perseguido. Y, sin embargo, cuarenta años después, los que solo han disfrutado de los beneficios que esas cesiones de la Transición trajeron para todos, han contraído la enfermedad, el odio.

El desconocimiento de lo acontecido que tiene gran parte de la juventud española, la interpretación torticera que hacen algunos de lo que supuso el fin de la dictadura, la Transición, el terror de ETA, los años del plomo, el reto como sociedad al que nos enfrentamos durante los primeros años de nuestra frágil democracia y los logros que hemos alcanzado como país en tan solo cuatro décadas, conduce a que se den situaciones como las que he descrito someramente, que son solo ejemplos, una muestra de que algo hemos hecho mal como sociedad, permitiendo que la enfermedad del odio anide entre nosotros.