Samos. Rejas de agua

Foto cedida por Luz Modroño Foto cedida por Luz Modroño

Hay que sujetar bien el suelo de la tienda. No es fácil. Hay que buscar piedras y en este trozo de monte hasta las piedras escasean. Sujetar bien el suelo para no dejar resquicio alguno por el que pueda entrar cualquiera de los animales que pasean por entre las tiendas cada noche y estar preparado para arrojar una con la que defenderse son tareas nocturnas primordiales en este lugar sin nombre. Es imposible acostumbrarse al sonido de una rata tratando de entrar en la tienda. Por ello duermen sin dormir. Es el campamento de refugiados de Vathi, en Samos, cuna de Pitágoras y Epicuro.

“Llegué hace tres meses. Dispararon a mi padre y lo mataron. Yo soy de Ghana en la frontera de Nigeria. A mi me abrieron la cabeza” -dice Sami, un joven enseñándonos el cráneo donde, efectivamente, una gran cicatriz ya semicubierta por el pelo se aprecia-. “Al morir mi padre tenía que hacerme cargo de la familia, pero sabía que si me quedaba vendrían a matarme”.

Sami llegó a Grecia hace tres meses. Antes había pasado por Camerún, Nigeria… Muerto su padre, la tradición musulmana manda que el hijo mayor se convierta en cabeza de familia y se responsabilice de su cuidado y mantenimiento. “Mi vida corría peligro” –asegura-. Así que, un buen día, muerta su madre y él divorciado, decidió esconder a sus dos hijos y pedir refugio en otro país.

Sami nos enseña orgulloso su “casa”. A base de plásticos rotos y cartones recogidos de la basura con paciencia, consiguió levantar este habitáculo en el que vive. “Ésta es la ducha -indica señalando un espacio vacío que en nada se diferencia del resto-. Traigo el agua en un cubo”. En los campos de refugiados apenas hay uno o dos puntos de agua para todo el campo. Se han instalado algunos tanques de plástico distribuidos por todo el recinto y hay también algún grifo. Eso es todo. Algunas ONG han instalado duchas en sus locales, que utilizan los hombres y mujeres que asisten a sus actividades en horarios de mañana para unos y de tarde para otras.

Las ONG distribuidas por la isla hacen lo que pueden, sin duda. Pero, por un lado llegan a muy pocos, no hay capacidad para más. Por otro, se viven por muchas personas refugiadas como una bofetada y, aún sabiendo de su existencia, no quieren ir. Llevadas por europeos que no pisan el barro del campo, abiertas de nueve o diez de la mañana hasta las 5 ó 6 de la tarde, bien alimentados, bien vestidos, viviendo en una casa confortable, con ducha y sin amenazas y con billete de vuelta a su país, contrasta demasiado con la realidad vivida día a día por seres inocentes, víctimas de la más flagrante de las injusticias. Miles de personas viviendo en situación degradante, abandonados, atrapados en una isla-cárcel de la que no pueden huir. La dignidad conservada como el último recurso para sobrevivir hace que estas ONG sean rechazadas por una gran parte de esta población “No quiero hacer nada aquí, quiero marcharme… ¿Por qué tú sí puedes y yo no?” La pregunta no es más que un grito en el aire sin respuesta.

La inhumanidad de los campos, que pasará a la historia como un horror ante el que nadie se rebeló aún conociendo su existencia, es demasiado cruel.

Comer, vestir, abrigarse, son necesidades básicas que están muy lejos de poder cubrirse. Como en Atenas, en Lesbos o en Chios, en Samos se pasa hambre, mucha hambre. Y el abrigo no llega. “Solo podemos dar una aprenda de abrigo. Y primero son las personas que llegan. Es duro tener que decir que no a alguien que viene en sandalias o con camiseta de verano. Pero no llega a más. Aunque el almacén parece lleno a rebosar, la verdad es que es muy poca. Son más de seis mil”. Refugees for Refugees tiene uno de estos warehause y es su coordinadora quien habla. Ropa interior, de abrigo, compresas, pañales… son necesidades básicas imposibles de cubrir. Un drama añadido para la mujer por el hecho de serlo.

Pero en una población de seis mil habitantes, veinte o treinta duchas no da para mucho. Por ello es habitual que sea el mar el lugar donde se lavan. También es en el mar donde lavan la ropa tanto exterior como interior. Con el problema añadido de la falta de jabón. Y es en el mar donde cada mujer tiene que lavar los trapos que utiliza cada mes.

Es muy difícil caminar por entre las tiendas. Al terreno difícil de la ladera de este trozo de monte, en el que se hacinan miles de tiendas, hay que sumarle el barro sucio y pegajoso. Es necesario ir sorteando continuamente estas infraviviendas, lo que nos obliga a retroceder una y otra vez.

Sami llegó aquí en la misma patera que Bernard Doudu, famoso futbolista de Sierra Leona. Se conocieron durante la travesía y ya no se han separado. Bernard era un importante futbolista en su tierra y, para demostrarlo, nos enseña fotos que consiguió salvar del agua y la sal aquella noche oscura en la que por fin montaron en la patera. Ambos tuvieron suerte y solo hicieron el viaje una vez. Lo habitual es que tengan que intentarlo tres o cuatro veces. “Por un problema de lindes y tierras mataron a mi padre tras una discusión. Yo tenía que hacerme cargo de ellas porque soy el hijo mayor. Pero sabía que me ocurriría lo mismo que a mi padre. En mi país no hay justicia y ese hombre anda suelto. Yo ganaba muy bien en mi país y me conocen en toda África”. Un buen día, no pudiendo ya con el miedo de la amenaza, decidió huir dejando escondidos a su mujer y sus dos hijos de dos y cuatro años de edad.

Historias paralelas de dos africanos que un día tuvieron que enfrentarse a la decisión de afrontar una muerte segura o romper sus vidas para salvarlas.

Pero la desesperación y la desesperanza, viejas conocidas de las gentes que llegan a este infierno, se convierten pronto en habituales. No es posible saber cuánto tiempo deberán pasar aquí, pero si saben que hay gente que lleva tres y cuatro años.

Al final, la petición de asilo, muchas veces es denegada. Las abogadas que les asesoran y ayudan prefieren ser duras. “Es mejor prepararles para lo que pueda pasar porque puede pasar de todo. Es una lotería. Muchas veces, después de tanto tiempo en este espantoso lugar, los deportan. Pero hasta el último momento no se puede saber. Es la EASO, la Agencia Europea de Apoyo al Asilo, la que tiene la última decisión”.

Tienen derecho a tres alegaciones. Antes no ocurría, pero actualmente, e incumpliendo leyes y derechos, tras la primera denegación son deportados. Si se sigue adelante con los recursos no es infrecuente que resulte a favor del que buscaba refugio. Pero ¿dónde y cómo encontrarle ya?

“La situación es tan abrumadora -continúa contando una abogada española voluntaria- que se ha dado el caso de una familia cuyos miembros van a ser todos deportados excepto el menor de ellos, que aún no tiene los 18 años. Si no conseguimos pararlo, otro menor será separado de su familia y obligado a deambular sólo”.

Mientras la sentencia llega, la vida continúa en este inframundo. Negado el derecho a la compasión y arrojados a este inmenso basurero humano, hay que buscarse la vida como mejor se pueda. Noventa euros mensuales dan para muy poco y si, además hay que enviar dinero a la familia, las acrobacias se imponen.

Los cubos de basura de la ciudad se han transformado en almacenes donde buscar y rebuscar. Cualquier cosa vale: un plástico roto, una manta gastada, una toalla rota, un juguete desechado… Cualquier cosa tirada como inservible aún podrá ser útil para los que nada tienen. Algunas servirán para tratar de acondicionar un poco el lugar que habitan: con los plásticos tratarán de cubrir los agujeros que continuamente se producen en unas lonas desgastadas por el sol y el aire tras meses y años en el mismo lugar. Hay que evitar que el agua de lluvia penetre dentro y estropee los escasos enseres o moje el colchón que apoya sobre el suelo de tierra del interior; con cartones intentarán cubrir las paredes.

A veces hay suerte y esos juguetes rotos, esas toallas desgastadas, esas mantas con agujeros podrán venderse por un euro. Todo es aquí objeto de transacción. “Comemos arroz todos los días para poder ahorrar un poco y enviar dinero a la familia y vendemos eso” – dice Bernard mientras nos enseña una bolsa de plástico llena de cosas recogidas-.

Pero no solo los basureros están llenos de cosas reutilizables para quien aguza el ingenio. El mar, en esta parte del Egeo, aún da excelentes pescados. Y es fácil ver a refugiados que han tenido la suerte de que alguno pique ese anzuelo con un trozo de nada. A la entrada del campo, algún pescador furtivo espera paciente a que alguien compre ese pescado recién cogido.

Mientras, por los altavoces resuena el nombre de las personas que ese día realizarán la entrevista. Los nervios se desatan. Cualquier contradicción, por mínima que sea, cualquier fallo de memoria… puede suponer la vuelta a un país del que salieron hace tanto tiempo. Puede suponer la pérdida del asilo después de haber estado en este infierno durante años. Es mucho lo que está en juego, mucho lo que depende de la arbitrariedad de unos funcionarios europeos.

Foto cedida por Luz Modroño

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.