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El derecho a la tierra, la puerta de entrada al desarrollo de la mujer rural

  • Escrito por Belén Delgado
  • Publicado en Planeta

El mero hecho de plantar árboles está ayudando a las agricultoras africanas a reclamar el acceso a unas tierras que les son negadas por costumbre y que, en el Día internacional de las mujeres rurales, ven como el primer paso para su desarrollo.

Fatoumata Diallo, representante de la Federación de mujeres rurales de Malí, lo dijo hoy alto y claro durante el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial de la ONU que se celebra en Roma: “Necesitamos ver a la mujer rural como solución a la inseguridad alimentaria y tener acceso a medios de producción como la tierra, el agua y el crédito agrícola”.

A su lado, la vicepresidenta del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), Cornelia Richter, le daba la razón tras afirmar que en África subsahariana cerrar la brecha de género supondría un aumento del 7 al 19 % en la productividad de los cultivos.

Las subsaharianas, responsables de hasta un 80 % de los alimentos básicos que se producen en sus países, están excluidas por lo general del derecho de propiedad de la tierra, pues esta recae en los hombres, explicó a Efe Cécile Ndjebet, fundadora de la Red de mujeres africanas para la gestión comunitaria de los bosques (Refacof).

Las normas sociales les autorizan a emplear las tierras de sus maridos o hijos varones, pero sin poseerlas.

Durante décadas, esta camerunesa ha intentado influir en los procesos para reformar la tierra, a menudo lentos y opacos, y ha fomentado la gestión comunitaria de los bosques, de propiedad estatal, como una puerta por la que las mujeres puedan acceder a esos terrenos.

“Algunas han empezado a plantar frutales, lo que supone una garantía a largo plazo. Por tradición, una vez que se plantan árboles en esas tierras, los hombres no pueden reclamarlas”, detalló.

Así se ha abierto una rendija por la que las africanas pueden ejercer nuevos derechos de tenencia, claves para “alimentar a sus familias y comunidades”, subrayó la activista.

Otras veces su organización les ayuda a revitalizar las tierras degradadas con técnicas agroforestales para asegurarse el acceso y la cosecha, con permiso de las autoridades.

Ndjebet también negocia con los líderes tradicionales y les hace firmar contratos escritos para que en el futuro no se despoje de las tierras a las mujeres, que siempre las gestionan en grupo, nunca a título individual, conscientes de que no pueden venderlas o cederlas.

Tener certificados, comprender esos datos, compararlos con otros y tomar decisiones adecuadas no es un proceso fácil para muchas de esas personas. La fundación Cadasta trabaja con los más vulnerables, en su mayoría mujeres, para apoyarles con la documentación de sus tierras.

“La tenencia de la tierra puede verse como una barrera o un facilitador del desarrollo”, apuntó la responsable de esa ONG Amy Coughenour, quien explicó que en ocasiones tienen que rellenar los formularios en papel y digitalizar después la información cuando los beneficiarios encuentran dificultades al usar la tecnología.

A nivel mundial, las mujeres representan el 43 % de la fuerza de trabajo agrícola, si bien sus rendimientos son hasta un 30 % inferiores a los de los hombres, ya que ellos suelen contar con mayor acceso a semillas, fertilizantes, equipamiento, crédito, tecnologías, educación, mercados y espacios políticos.

A las tareas intensivas en el campo, centradas en la pura subsistencia, se unen las del hogar en condiciones penosas. Todavía las subsaharianas dedican 40.000 millones de horas al año solo para recoger agua.

Aletheia Donald, experta en género del Banco Mundial, sostiene a raíz de su experiencia en el subcontinente que los proyectos deben diseñarse con perspectiva de género porque, si no, las desigualdades crecen.

Y recalca que esas mujeres también necesitan formación para emprender negocios, afrontar los obstáculos y manejar los recursos. “En Togo hemos visto un incremento de sus beneficios en un 30 % con esa clase de entrenamiento”, argumenta.