La dignidad y el cinismo

Foto de Luz Modroño Foto de Luz Modroño

Un cartel en tonos azules señala la entrada. En él, la foto de los mandatarios europeos. Y un letrero bien visible da la bienvenida al infierno a los más de 4.000 refugiados, hombres, mujeres, niños y niñas del campo de refugiados de Chios: “Bienvenidos, refugiados”.

La incredulidad compite con el bochorno y la vergüenza.

Algo más adelante, la policía -y, en ocasiones, el ejército- supervisa la entrada de observadores ajenos a un campo donde nada hay que custodiar salvo el estado de miseria y abandono de los que malviven dentro. En los campos de refugiados se protege a la miseria de ojos testigos. No podrá tomarse imagen alguna. Si algún despistado intenta siquiera hacer una inocente foto en las inmediaciones del campo, corre el riesgo de ser detenido, conducido a comisaría e interrogado. Que la realidad quedé plasmada en imágenes pone en peligro la seguridad europea. Nada que pueda evidenciar la vergüenza que Europa no siente.

Dentro, ninguna protección. La policía sólo está fuera. Cuando alguna vez se produce alguna pelea, algún altercado, entran blandiendo armas y deteniendo sin control ni orden alguno a los que pillan. Son redadas indiscriminadas, con un único objetivo: hacer callar y servir de escarmiento.

No habrá investigación, no habrá esclarecimiento de hechos… Se detiene a los que se pueda, se los envía a alguna prisión ateniense donde esperarán, a veces hasta meses, a que los suelten. Y todo seguirá igual. Dentro, nadie controla el orden ni el caos. Si algún refugiado necesita ayuda tendrá que buscarla como pueda. Si alguna refugiada es agredida o es víctima de un intento de violación, cosa bastante frecuente, no tendrá a quien pedir auxilio.

El olor es nauseabundo y se aprecia ya mucho antes de entrar en el campo. Una valla terminada en concertinas rodea su perímetro. Inicialmente fue concebido para unas 1.000 personas pero el Tratado de Turquía ha logrado que en tres años la población se multiplique por cuatro. Los más afortunados, familias con niños o madres solas, duermen en contenedores. Las ratas no pasarán por encima de sus cuerpos y la lluvia no empapará sus cuerpos ateridos. No podrán escapar del frío. Tampoco del calor abrasador que el metal con que están hechos produce en su interior.

Hay distintas categorías de habitáculos en los que protegerse. Algunos son tiendas cedidas por diversas organizaciones que estampan su nombre en la lona. Se asemejan a barracones de tela y se caracterizan por el hacinamiento y la ausencia de intimidad. Compartimentos apenas separados por un ligero tabique de madera. Pero no hay para todos.

La mayoría acampa en pequeñas tiendas de campaña. Algunas, cedidas; otras, compradas de segunda o tercera mano por quince o veinte euros. Común a todas es el estado en que se encuentran. Cualquier cosa vale para protegerse. Los que más suerte tienen colocarán bajo la tienda paléts que, cuando las lluvias hacen presencia, permitirán que el agua no empape el suelo. Los que menos, las pondrán directamente sobre él y el agua entrará a discreción y sin piedad. En muchas viven familias con dos o tres hijos. Tampoco la protección debida a la infancia ni los refrendados derechos de los niños aquí tienen cabida. Por último, a los más desafortunados, los últimos en llegar o los que han perdido la tienda por ser demasiado vieja o por haber sido arrastrada por alguna riada, aún les queda un plástico sobre la tierra. Tierra en la que no existe la mínima presencia de hierba. Tierra embarrada, en la que los charcos de cieno formados por las últimas lluvias se resisten a secar.

La tierra embarrada amenaza. Pero el hospital de la isla no acoge a refugiados. Ni los refugiados ni las refugiadas tienen derecho a ser atendidos. Si enferman habrán de ser, en la medida en que puedan, pues se están convirtiendo en incómodos testigos, atendidos por organizaciones como Salvamento Marítimo. No dan abasto. Demasiado pocos para tanta gente. Tampoco el derecho de acceso a medicinas les asiste. No hay medicamentos para estos miles de personas para quienes el día a día es una lucha por la supervivencia.

El único centro médico es un pequeño hospital que debe atender a las más de 4.000 personas que viven en el campo. Algunos médicos griegos acuden por las mañanas, pero son pocos (muchos han emigrado ellos mismos a Arabia Saudí) y mal pagados. No hay posibilidad de más.

El riesgo es grande. El hacinamiento, mucho. Tanto como la basura, tanto como el riesgo de contraer cualquier enfermedad. Muchas podrían convertirse en epidemias. Enfermedades algunas que parecían propias de tiempos lejanos, medievales casi, junto a otras más modernas acechan. Tuberculosis, tifus, sarna, sida… también peste si, casualmente, a alguna pulga transmisora le diera por cabalgar sobre el lomo de cualquiera de las centenares de ratas huéspedes también del campo. Y cualquiera de ellas podría ser de rápida transmisión allende fronteras.

En algún punto del camino del campo que separa la concentración de tiendas, pequeños baños químicos, letrinas, han de servir para todos. No hay distinción alguna. Ninguna señal que indique cuáles han de ser para hombres y cuáles para mujeres y niños. Seis letrinas para atender las necesidades de los residentes. Pero ellos sobrepasan los 4.000.

Olores nauseabundos; basuras repartidas y acumuladas por todo el campo; tiendas rotas por las que entra el agua, el frío; hacinamiento que no permite un milímetro de separación entre tienda y tienda, inodoros químicos infectos; ratas paseando por entre las personas indiferentes a edades; picaduras que se producen en los cuerpos sin saber de qué tipo de insecto son, violaciones, hambre, miedo, indefensión… conforman el patético escenario convertido en cotidiano de los campos de concentración griegos. Decir de refugiados es sólo un indigno eufemismo. La dignidad sólo les pertenece a ellos. Y una se pregunta cómo es posible que no se les caiga la cara de vergüenza a los responsables de ello, cómo es posible tanto cinismo.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.