El tratado de Turquía: un camino hacia el infierno

El tratado de Turquía: un camino hacia el infierno / EFE El tratado de Turquía: un camino hacia el infierno / EFE

Llegaron a la isla persiguiendo un sueño. Tocaron un infierno dantesco. Pero no había Beatriz alguna. Solo algunos hombres buenos, como ese par de piratas al revés y de nuevo cuño, Antoni y Mihail, fundadores de FEOX, esperando en la orilla de un mar amenazante, preparados para salvarles. Llegaron persiguiendo un sueño pero sólo encontraron una pesadilla.

Chios era una isla tranquila, rica y apacible. En 2015 comenzaron a llegar los primeros refugiados. Sirios ricos huyendo de una guerra tan difícil de comprender como de solucionar. Demasiados intereses en juego, demasiados problemas históricamente entrecruzados.

Poco a poco fueron llegando más. Ya no eran solo gentes adineradas. Las guerras es lo que tienen: nadie quiere una en su casa y si se puede escapar de ella, aunque la travesía esté repleta de peligros, uno coge el hatillo con lo poco que tenga y emprende la huida.

Si cabe la posibilidad, lo mejor es llevar la guerra a un país distinto del propio. Así, además, siempre podemos decir que no hay guerra. Claro que eso también tiene un inconveniente: el de cómo evitar que las víctimas de esa guerra entren en nuestra casa, Aunque nuestra casa sea parte de un continente. Total, para sentir vergüenza primero hay que tenerla y no parece que Europa o Estados Unidos anden sobrados de ella.

La firma, el 20 de marzo de 2016, de un tratado con Turquía parecía haber dado con la solución. Suponía un punto de inflexión más y un cambio de estrategia. Por él, a cambio de 6.000 millones de euros, la rica Europa se intentaba quitar un problema de encima ignorando los costes que la pérdida de dignidad histórica supondría para este continente que había firmado la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El objetivo era impedir a toda costa que refugiados y migrantes entrarán en la casa Europa. Si para ello había que pagar la colaboración de un país como Turquía, sistemático desconocedor de los derechos humanos, se pagaba. Un coste de 6.000 millones de euros no parecía excesivo si posibilitaba el blindaje de las fronteras europeas. Además del monto económico también se acordó que por cada sirio al que se impidiese la entrada a Europa se liberaría un visado turco. La guerra de Siria, en cuyo tablero se entrecruzan intereses rusos, estadounidenses y europeos, se preveía larga. Y largo, por consiguiente, el éxodo de aquel país en busca de paz y de futuro.

Pero no se contó con un hecho importante: una gran parte de la ciudadanía europea no podría mirar hacia otro lado mientras ese drama de los refugiados no encontrará una solución real. Y las protestas no tardaron en llegar.

Dos días después de la firma del acuerdo comenzaron las primeras manifestaciones en las calles griegas. También en Chios, la quinta isla en tamaño. Solo 8 Km. de distancia la separa de la costa turca. En Chios, Lesbos, Samos… empezaron a crearse campos más parecidos a campos de concentración nazis que a lo que debería ser un campo de acogida de gentes en busca de refugio.

Y a ellos comenzaron a llegar víctimas directas de la guerra, del hambre, de la persecución. Una población ahora ahíta de muerte y sufrimiento. Y desconocedora de la ausencia de solidaridad y compasión.

No son solo sirios. Un mar de pueblos no occidentales busca un lugar en Occidente, la tierra prometida, con bellos reclamos de playas doradas y trabajo. Donde no explotan bombas en los tejados de las casas. Donde no caen los padres muertos a los pies de uno, acribillados por balas de gobiernos dictatoriales, en demasiadas ocasiones colocados por las propias potencias occidentales para ser fieles colaboradores; donde pueden comer todos los días o donde sus hijos pueden crecer con dignidad.

Llegaron con la esperanza de que Europa les protegería pero fueron confinados en campos que pronto comenzaron a desbordarse. Chios, con una capacidad para 1.000 personas, hoy cuenta con 4.400; Moira, en Lesbos, pasa de 3.000 a más de 13.000, sin que dejen de aumentar de día en día. Llegan por la noche, en silencio. Muchas veces después de tres, cuatro, cinco o seis intentos. No importa cuántas veces hayan de repetir la travesía. Muchos siembran con sus cuerpos el fondo de un mar antaño amable. No se pueden poner cadenas a la determinación. Sabiendo que no será un camino fácil el que habrán todavía de cubrir hasta llegar a la meta soñada pero incapaces de imaginar el infierno a la vuelta de la esquina.

Luz Modroño

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.