Cumbre del clima y perspectivas

La recienta cumbre de Naciones Unidas sobre el cambio climático ha sido pródiga en imágenes y gestos, desde los grandes líderes mundiales como el presidente norteamericano Trump, hasta simples representantes de la sociedad civil como Greta Thumberg, pero tristemente hay que decir, una vez más, que eso ha sido casi todo y seguimos con las manos vacías. Más allá del postureo, lo que realmente ha trascendido es la cruda realidad de la inacción tras el Tratado de Paris. En los cuatro años transcurridos desde la cumbre, la necesidad de impulso político contrasta mucho con su ausencia, y la joven Greta es una muestra del desasosiego de una parte creciente de la opinión publica mundial, en especial los jóvenes.

El objetivo de esta cumbre era que los países implicados en el tratado de Paris declararan lo conseguido y anunciaran sus objetivos. Respecto a lo primero, el informe previo del IPCC ya mostró que la situación es de emergencia. Vayamos a lo segundo, propuestas concretas.

Un total de 77 países asumieron el objetivo Gases de Efecto Invernadero cero para 2050, y 70 de ellos tendrán listos o en ejecución sus planes de acción nacionales para el 2020, lo que encaja con los compromisos del acuerdo de París; ahí estará España… siempre que tras las elecciones tengamos un gobierno progresista. En ese grupo de países hubo anuncios relevantes, como medidas de reducción en la extracción y uso del carbón.

China anunció que reducirá las emisiones en más de 12.000 millones de toneladas anuales, y que mejorará su eficiencia energética; suena bien, aunque no sabemos cuando llegará a su nivel máximo de emisiones. Por otra parte, ni una sola mención a sus planes con el carbón, al igual que India, y es un tema delicado pues ambos países son los mayores consumidores. Por lo que respecta a India, se comprometió a un importante crecimiento de su potencia en renovables.

Rusia anunció la ratificación del acuerdo de París, ya solo queda que se pongan en marcha. Desde la UE se ha optado por intentar recuperar algo del pasado liderazgo, y la Comisión declaró que al menos el 25% de su próximo presupuesto se dedicará a actividades relacionadas con el clima, mientras que Francia promoverá el bloqueo de nuevos acuerdos comerciales con países que tengan políticas contrarias al acuerdo de París (de revisar los que ya hay no dijeron nada).

Más allá de los países, es cada vez más importante el papel de otros actores, y sobre todo el de las grandes corporaciones. Algunas, en concreto 87, anunciaron medidas para sincronizar su negocio con las recomendaciones científicas, y 130 bancos declararon objetivos semejantes: todos dispuestos a alcanzar las metas del acuerdo de París en la transición energética. ¿Suena a greenwashing? Pues sí, sin duda. Es además un enfoque agotado, el tipo de planteamiento que ha motivado la rebelión juvenil. Un agotamiento que se evidencia en la inquietante constatación de los peores escenarios climáticos planteados por los sucesivos informes del IPCC, y la percepción de buena parte de la ciudadanía de que ya se están notando efectos (lo que no es completamente cierto) y parece que “no hay nadie al volante”. Así las cosas, en algunos países, regiones y ciudades se están haciendo declaraciones de “emergencia ambiental”, y es legitimo preguntarnos si tienen sentido, y que tipo de acciones hay que emprender.

Respecto de la primera pregunta, la respuesta es sí. Desborda el alcance de este texto una justificación adecuada, pero como apunte básico indicar que, como he dicho antes con la mención al ultimo informe del IPCC, la situación ambiental en este momento responde a los parámetros de algunos de los peores escenarios planteados, y el horizonte tendencial que se vislumbra exige respuestas rápidas y contundentes. Respecto de lo segundo, cabe plantear tres tipos de acciones. Es una tipología, y no son más prioritarias las que entren en un tipo que las de otro. De hecho, lo ideal seria que cualquier política que se planteara encajara en los tres. Veamos cada uno.

Por una parte, están las políticas de lucha contra el cambio climático y de reducción de la huella ecológica. Subrayo ambos elementos porque puede darse el caso de reducir las emisiones GEI e incrementar la huella, como por ejemplo fomentando la energía nuclear, un negocio muy lucrativo para algunos y peligroso para todos. ¿Por qué la elusión de las políticas cuando la ciencia deja tan claro el problema? Porque las soluciones afectan directamente a nuestro estilo de vida, todos estamos involucrados. La inacción se debe en gran medida a esto, sin querer quitar méritos a la presión de las grandes empresas de ciertos sectores.

La segunda tipología son las políticas de adaptación. Vamos a tener que adaptarnos a nuevas condiciones climáticas, porque parte del cambio climático es inevitable y nos conduce a un estado de cosas desconocido que va a afectar a todos los aspectos de nuestra vida, desde los horarios escolares y laborales hasta el diseño y estructura de nuestras ciudades, sin olvidarnos del propio concepto de estado-nación.

La tercera cuestión es la más delicada, es el conjunto de políticas de transición. Cuando se plantea el cierre del carbón se habla de fuentes energéticas alternativas, de compensaciones a las empresas… ¿y los trabajadores? ¿y las comarcas que hasta ahora vivían de la minería? La transición a un modelo económico realmente sostenible pasa porque todos podamos hacer ese cambio de manera equitativa. Nos va la vida en ello.