El Café Hope, un pequeño oasis de solidaridad en Atenas

Atenas, 30 de septiembre

Atenas es una ciudad decadente, de calles sucias y ruidosas entre las que aún se adivina su pasado esplendor que asoma por entre las esquinas.

En sus calles destacan edificios abandonados, muchos en ruinas, algunos convertidos en squads que daban alojamiento a cientos de gentes refugiadas sin lugar donde dormir o comer. En ellos trabajaban voluntarios ofreciendo comida, cama, cuidados. Pero desde hace un tiempo, el Gobierno griego se ha puesto a la tarea de conseguir cerrarlos todos, “limpiar” las calles de Atenas y enviar a las gentes a los campos de refugiados. Desde este pasado verano la persecución se ha acrecentado. El Gobierno quiere hacer desaparecer de Atenas cualquier atisbo de refugiados. A costa de lo que sea. Aún a costa de seguir atiborrado los campos ya exhaustos o de deportar a las gentes fuera del país. Otros están siendo conducidos a centros de detención desde los que probablemente sean expulsados a Turquía. La incertidumbre y el miedo, oímos en el pequeño Hope Cofee, crecen un poco más cada día.

Kerry, una activista inglesa, nos cuenta que una de las cosas que más temen los y las refugiadas al iniciar su éxodo es la ‘marca’, es decir, la toma de la huella dactilar. Dicha huella les señala como pertenecientes al país donde se la toman y su libertad de movimiento o elección del lugar donde quieran adentrarse se ve seriamente restringida. La huella se archiva en todos los ministerios de interior europeos. Si cualquier refugiado o migrante es detenido en un país diferente es devuelto a aquél en el que se fue tomada.

La realidad de los campos es bien conocida por los refugiados que se niegan a ir a ellos. En este tiempo se han producido ya varios actos de resistencia. Suicidios incluidos.

Es de noche y apenas queda tiempo para poco más que dar una pequeña vuelta e ir a cenar. En el camino vemos squads, escuelas y casas hasta hace poco habitadas y hoy convertidos en lugares fantasma donde reina el silencio y el abandono, en los que se acumula la suciedad y el óxido. Ya solo quedan gatos.

En las calles por las que cruzamos, próximas a la plaza Omonia, hoy en obras y rodeada por una valla metálica, es fácil encontramos con prostitutas y jóvenes bajo los efectos de alguna pesada droga.

Atenas, 1 de octubre

Atenas es bulliciosa. Como toda ciudad grande, ruidosa y caótica, aunque menos de lo que aparece en guías y folletos. Hemos quedado con Kerry, una inglesa que desde hace tres años vive aquí. Para ella van los abrigos de bebés, jabones, compresas, cremas y casi la mitad de las medicinas que hemos traído desde España. Tiene un pequeño café, el Hope Cofee (Café de la Esperanza), que sirve como base de operaciones de su actividad humanitaria. Y es a la vez almacén, centro logístico y lugar de encuentro. Acaba de llegarle un contenedor completo y dos de las tres salas con que cuenta el centro están rebosando de ropas que esperan ser clasificadas. Kerry asegura, y así lo comprobamos, que no hay ni abrigos ni buzos de bebé.

Ella es una especie de enlace o conexión entre niños, mujeres, familias y adolescentes especialmente, aunque también hay algunos hombres que buscan alimentos, ropa o asistencia médica.

Este lugar se ha ido convirtiendo en una referencia y en un punto de encuentro en el que se intercambian noticias, comentarios… esta tarde llegan noticias de más muertos en Lesbos. Hace dos días se produjo un fuerte incendio en Moira en el que murieron una mujer y su hijo. Al parecer, el incendio surgió de dos puntos diferentes, pero eso es lo de menos. En condiciones tan absolutamente precarias, con un váter para cada 90 personas, durmiendo en contenedores prefabricados… la tragedia se convierte en un gesto más de cotidianidad.

El incendio fue el detonante de los graves disturbios que siguieron. Las bombas de agua de los bomberos que no llegaban se convirtieron en bombas lacrimógenas de policías que sí llegaron.

Hoy los disturbios continúan y llegan datos de siete muertos más y varias decenas de heridos, pero es difícil saber si es o no real. De allá la información llega sesgada, los controles de todo tipo son férreos, acceder al campo se convierte en una nueva odisea. El paso está muy controlado y cerrado. Y son pocos los periodistas que allá están. Que Moira es la personificación de un infierno ya está dicho.

Nos confirman que en Atenas cada vez quedan menos refugiados, pues el Gobierno está clausurando los squads y trasladándolos a los campos. Muchos se resisten a ir. Si las condiciones de habitabilidad de los squads son deficientes, en los campos se convierten en imposibles. Faltan o son completamente insuficientes para tan elevado número de personas que en ellos se concentran. Número muy superior al que pueden admitir y para el que están preparados. Ello provoca hacinamiento, enfermedades que se propagan rápidamente… De todo ello iremos dando cabal cuenta a lo largo de estos días. Moira, la peor de las pesadillas, está preparada para tres mil personas. Hay casi trece mil.

Al centro llega una familia que pide comida y atención médica para sus tres hijos. Uno de ellos, con graves problemas de crecimiento, otro, con diabetes y un tercero con, al parecer, una bala en el estómago. Los gritos generan un cierto revuelo. Kerry nos cuenta que al centro llega tanta gente que ha de ser a veces dura y decidir necesidades urgentes y prioritarias. Le pregunto por cómo toma o puede tomar esa decisión. La intuición, no exenta de experiencia acumulada día a día desde hace tres años, es el primer filtro. Pienso si será suficiente.

Poco después entra una familia iraquí. La niña tiene las piernas atrofiadas. Nos cuentan que llegaron a Grecia desde Irak andando y arrastrando un carrito de ruedas en el que la transportaban. Tiene unos ojos de gran belleza, profundos y negros en los que la noche ha encontrado acomodo. La madre la tumba a mi lado y ella me agarra la mano. No sé cómo ha ocurrido, siento que me embarga la emoción. No puedo evitar pensar en la dureza de la existencia de tanto ser humano sobre el que parece cernirse el dolor más agrio. Le devuelvo la caricia. Siento una inmensa ternura y una ola de calor profundo me conmueve. Me uno a ella a través de esa caricia de sus dedos y los míos entrelazados. Ya no nos soltaremos hasta nuestra marcha. En ese abrazo callado, ese gesto imperceptible, tenue, apenas el aleteo de unos dedos que se buscan siento el fluir de la comunicación entre los seres humanos, la certidumbre de una unión liberadora.

En poco tiempo se forma una pequeña tertulia. Se habla de las nuevas medidas del Gobierno para controlar y terminar con los refugiados; un adolescente afgano nos cuenta su historia y cómo consiguió escapar de Moira engañando a los guardias. Junto a su familia decidieron huir el día en que una bomba cayó sobre su casa.

Una palestina llora la desaparición de su marido mientras cruzaban la frontera hace un mes. Lo busca desde entonces pero sigue sin saber nada de él. Hay quien opina que debe estar detenido.

Otros hablan de los muchos que cruzan fronteras y recorren miles de kilómetros a pie para escapar del hambre, la guerra…

Seguirán llegando más retazos de historias encarnadas en los ojos y la piel de los desheredados. Y en la pequeña sala del café de Hope la esperanza tiende sus redes.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.