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Editoriales

Sobre la Constitución

Entramos en la semana previa a la festividad de la Constitución. En El Obrero nos vamos a acercar, desde nuestra óptica habitual de Historia, a las distintas Constituciones que España ha tenido, aportando materiales para el conocimiento y la reflexión. Antonio Ramos Oliveira nos ofrece un punto de vista sobre la de 1931 desde aquel diciembre con un artículo que tituló, “La Filosofía y los Filósofos de la Historia”:

“Ya lo sabemos. España, efectivamente, ha tenido muchas Constituciones. Cuenta hoy con una más. Y descartando, como es de rigor, la circunstancia cronológica, la Constitución de 1931 es la mejor. No, no es una de tantas, confeccionada—y recogemos palabras de las derechas monárquicas—por una gran mayoría homogénea. Se dice, con manifiesto error, que hasta aquí los Estatutos nacionales vivieron poco, a despecho del carácter que todos tuvieron. Quieren hacernos creer, sin duda, que es una gran ventaja, con vistas a la longevidad de una Constitución, el que sea tramitada de modo contrario a como lo ha sido la que dentro de -nada tendrá la jerarquía de Código fundamental de España. Esto es, sin «votaciones exiguas y casuales, sin rectificaciones ni revotaciones entre muchos episodios de incertidumbre y de confusión». Pasemos por alto la exagerada tónica de la frase. Concedemos, si es preciso, lo que se dice. Pero una cosa hemos de someter a la consideración, tan hipotética, de las derechas monárquicas, que así hablan y escriben. El error vivo en nuestras Constituciones anteriores —que eran nuestras, o sea del liberalismo de entonces, o no lo eran—, el error vivo en aquellas Constituciones fué, precisamente, esa homogeneidad que las informaba, a lo largo del texto, pensándolas de eficacia. La Constitución representaba una fuerza Victoriosa que se imponía. Y así, una vez -es la Constitución liberal, en pugna, por tanto, con el absolutismo, y otra vez la Constitución es de tipo absolutista, intransigente, muy siglo XIX español. Le Constitución subsiguiente se venga siempre de Ja anterior. Era el reflejo fiel de la lucha sobre las piedras de la calle, donde la libertad, siempre vencida, surgía siempre victoriosa. Tenían, en efecto, un carácter homogéneo en cierto modo aquellas Constituciones de nuestro siglo XIX. Defecto que, con mucho, soslaya el Código nacional de 1931.

Pisan falso, pues, quienes impugnan la novísima Constitución española con armas que, en fuerza de pueriles, se vuelven, en buena lógica, contra ello. La verdad anda por otra senda. No hay base ni motivo ni razón que aconseje pensar como piensan, aherrojadas por el despecho, los monárquicos que,- en síntesis, dan ya por muerta la Constitución y le preparan unas exequias magníficas, muy piadosamente, claro es. La mejor virtud de nuestra Carta nacional reside, a buen seguro, en su textura, resaltado de fusiones de ideales y aglutinante de opiniones dispares y concesiones mutuas. Será fuerte por la heterogeneidad de los materiales que forman su osamenta. Las Constituciones anteriores—aunque ninguna se forjó por una voluntad estricta—recibieron retoques de menor alcance, es cierto. La «gran mayoría homogénea» sólo está en coyuntura de realizar, en todo caso, una Constitución homogénea, v, en consecuencia, con perfiles notorios de secta. esto, que es contraproducente -en régimen de libertad, hubiera representado en la Carta nacional que, España se da a sí misma en 1931 error crasísimo. Ocurriría, como arguye la reacción, lo que en otras ocasiones. A nadie se le ocurre construir un edificio con el empleo exclusivo de argamasa.

Una vez más se equivocan las derechas al enjuiciar, dominadas por la nostalgia del «vieux régime», la vida posible de la Constitución. Aliada de la injusticia, la reacción repudia el equilibrio de la balanza de Temis. Como caminan de espaldas, buscan asesoramiento en siglos pretéritos. Pero lo hacen con tanto desacierto, que, filósofos de la -Historia, profetizan el pasado, de acuerdo con la ironía de Clarín.”

(Fuente: El Socialista, número 7121, de 5 de diciembre de 1931).

Socialización de la medicina

Tiempos de sanidad pública, tiempos de defensa de esta sanidad en medio de pandemias y después de tantos recortes padecidos por la anterior crisis…

Juguetes

Se acercan las fechas de los regalos, a pesar de los pesares de la pandemia, y en El Obrero planteamos una interpretación sobre los mismos y sobre el regalo a los niños y niñas, siguiendo nuestro método.

La colocación de los trabajadores

Un acercamiento a la cuestión del empleo en tiempos de cambios tecnológicos, pero en los años treinta. Los materiales del pasado sugieren muchas cosas en el presente.

Una enseñanza de la historia para la paz

En estos tiempos de intensísima polémica educativa, junto con este auge de sentimientos nacionalistas y “patrióticos” sobre el pasado, nos sumergimos en 1933 para reflexionar sobre qué enseñamos a nuestros alumnos y alumnas, en relación con la Historia.

El presupuesto de educación

Llevamos unos días en El Obrero trayendo en Editoriales la opinión de Rodolfo Llopis, un personaje clave en la Historia de la Educación en España, en su apuesta por la escuela pública y laica. Los materiales del pasado son tan inspiradores…

El diablo en la escuela

“Una vez en semana el buen maestro rural recibe por correo el alarmante aviso. Es una hojita roja o verde, chillona, anónima, que viene llamando apresurada al instinto de conservación del pobre padre de familia que es, casi siempre, el pedagogo –“No te fíes -le vienen a decir- porque aún no te hayan despojado de tu escuela: ya lo harán, si no te sabes defender, si no te alistas en un frente católico…”-. Y enseguida el boletín de inscripción.

El experimento de Roosevelt

“Parece que el presidente de los Estados Unidos se halla próximo a triunfar en la lucha emprendida contra los más poderosos industriales de aquel país, apoyados por los grandes financieros; a quienes les unen vínculos económicos. Sabido es que mister Roosevelt yo que regresar a Washington a causa de la resistencia que oponían al general Johnson, administrador de la N. I. R. A., los industriales del carbón, del acero y del petróleo.

Libertad y sacrificio

“Es necesario que los trabadores, y sobre todo los socialistas, piensen que no ha llegado para ellos aún la hora del descanso. El proletariado, en su lucha diaria contra la injusticia del régimen capitalista, triunfa todos los días un poco, pero hasta alcanzar la victoria plena, definitiva, no tiene derecho al descanso. Y después de esa victoria tampoco. Trabajar, batallar es el destino del hombre. A través de la historia que conocemos de la Humanidad, el hombre ha luchado siempre con tesón por ser feliz y libre. Dos ilusiones que, a medida que parecen que se van a alcanzar, se alejan en el inmenso horizonte de los idealismos humanos. Y es un imperativo de las necesidades de la vida colectiva correr tras ellos, unos con la ilusión de lograrlos pronto, otros con el Convencimiento de que se cumple el deber y la función de buscar en lo desconocido las satisfacciones morales y materiales que nos niega la realidad presente.

Queremos escuelas sin dogmatismos

“Pero nuestra preocupación no está tanto en construir escuelas, sino en que esas escuelas sean buenas, y al decir que sean buenas no nos referimos, naturalmente, a sus condiciones materiales, sinos fundamentalmente, a la necesidad de que esas escuelas tengan espíritu, sean las que la República necesita; escuelas que fundamentalmente liberten la conciencia del niño, que sean de verdadera liberación. Nosotros nos acordamos con dolor de que antes de 1914; antes de la guerra europea, también tenían los países que fueron luego beligerantes muchas escuelas, pero eran escuelas donde se hizo un tipo de hombre capaz de ir resignadamente a la guerra, de sufrirla, y nosotros queremos escuelas que hagan hombres, no capaces de sufrir resignadamente la guerra, sino capaces de impedir, cueste lo que cueste, que ha y a guerra. No queremos escuelas que hagan hombres capaces de sufrir la tiranía de un militarote, como han sufrido los españoles; queremos escuelas, que hagan imposible el retorno de situaciones de esta naturaleza, que liberten, como digo, la conciencia del niño; escuelas sin dogmatismos de género alguno; escuelas donde el niño no sea ni un momento más, como hasta hoy, instrumento del maestro, instrumento de los padres o instrumento del Estado; queremos escuelas que hagan crecer a ese niño con plena libertad, sin género alguno de coacción, cuidando tan sólo de que ese niño crezca libremente, desarrolle su conciencia libremente para que después, y en plenitud de conciencia, sea él, por propio instinto y por su propia inclinación, el que se adhiera a un grupo político, a un grupo social o a una creencia religiosa; pero que sea él el que lo haga, él, y no como ahora, que se lo imponen los demás.

Moralización de la vida política

“La inquietud más viva del Partido Socialista fué la de depurar la política nacional. En el régimen monárquico, ser político era sinónimo de negociante y a veces de otras denominaciones más expresivas. De tal manera juzgaba el vulgo a todo aquel que intervenía en la vida pública. Y no le faltaba razón. El cargo público era gratuito, y sin embargo era ambicionado por tirios y troyanos. ¿Por qué? El vulgo veía además que el concejal, el diputado, en cuanto empezaba a actuar mejoraba de posición económica. Siendo el cargo gratuito, ¿a qué podía deberse? No a otra cosa que al soborno. El concejal y el diputado recibían gratificaciones de los gremios, de las contratas. Cada vez que se gestionaba una concesión de un gran negocio se establecía una prima para el gestor afortunado. Un simple traslado de un funcionario a un puesto de relieve valía miles de pesetas.

El paro: problema urgente

“De entre los puntos que solicitan con mayor urgencia la atención de los gobernantes actuales destácanse por su importancia lo referentes al paro en todos bis ramos del trabajo y a la repatriación de los españoles residentes en el extranjero, principalmente en América, que perecen de hambre y carecen de medios para restituirse a España. Ambos casos son repercusión irremediable de la crisis económica dominante en el mundo, y de la que España no está exenta, aun cuando no figure entre las primeras potencias industriales. Si el mal del paro no alcanza entre nosotros las proporciones colosales que en los Estados Unidos, Alemania e Inglaterra, por ejemplo, no deja de tener bastante intensidad, agravado por la actitud negativa en que algunos núcleos patronales se han colocado a partir del advenimiento de la República, ya restringiendo deliberadamente la producción o negándose a cultivar los campos.