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LA CAUSA
Una novela por entregas de
Rosa Amor del Olmo
Sonia una joven burguesa madrileña descubre el día de su cumpleaños que su casa está vacía, sus familiares han desaparecido de la manera más extraña. Tiene que abrir un Diario que alguien dejó a la vista en el día de su aniversario. Sorprendida en su propia casa por los Servicios de Inteligencia del Gobierno, la Brigada Político Social (CESIBE), tiene que comenzar una aventura de espionaje, donde Federico Sánchez, Santiago Carrillo, el doctor Poole o el Teniente Coronel Aguado formarán parte directa de su vida.

Una maraña de causalidades entre combatientes de la resistencia en Madrid, descubren a la protagonista una verdad desconocida para ella. Un viaje de pesquisas a Moscú hará de Sonia una nueva persona, afrontando acciones asombrosas al lado de un Nikita Jruschov en decadencia. Los acontecimientos girarán alrededor de un gran todo que es: la causa, donde el fin justificará los medios.
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Capítulo VIII


(Tiempo de lectura: 11 - 21 minutos)

En los suburbios de la ciudad donde antes pacían las vacas de las granjas colectivas, se hallaban las nuevas comunidades residenciales construidas en su mayor parte después de Stalin, fríos y sólidos cubos de construcciones de cemento prefabricado, carentes de adorno, de cinco a doce pisos de altura, cuyos apartamentos de dos o tres alcobas, se asignaron a las familias de acuerdo con sus necesidades de alojamiento.

Sonia Burgos no podía explicarse por más vueltas que daba a los pensamientos de su cabeza, ¿por qué admiraba tanto el personaje de Stalin quien para la humanidad entera había sido un sanguinario que aniquiló a los mejores rusos?. No podía explicarse porqué ella le veneraba, le adoraba.

La razón del recuerdo de todo aquello. Ahora venían a su garganta sentimientos de querer tener el mundo en una mano, Stalin había llevado hasta el final una causa y aunque ello implicase vidas y sacrificio, así debía de ser, sino, ¿cómo ser de otro modo? ¿Acaso respetan los derechos humanos el resto de los gobiernos con sus políticas capitalistas? —se decía —, ¿acaso hay igualdad? ¿El obrero tiene algo que llevarse a la boca o por el contrario muere de inanición y de injusticia en los países supuestamente democráticos? En España solo sobrevivían aquellos que hacían jornadas caníbales de trabajo, el pluriempleo característico de aquellos años, a cambio nada obtenían que no fuera desahogar su furia en los bares o en el fútbol porque acceso a formación o cultura era evidente que nadie podía tener. En el franquismo sí que se daba el opio al pueblo de que tanto habló Unamuno. ¿Quiénes podían tener acceso a la cultura? Los Burgos sin duda, todos los de la calle de Velázquez. Las zonas de Madrid donde en la guerra Franco no bombardeaba, estaban sus amigos. Y ¿de qué tipo de cultura se podía hablar? Al final el pueblo era feliz como esos desgraciados que lo son, como la humanidad entera que lo es, con muy poco.

De igual manera que Moscú se transformó en una gran ciudad, así también la antigua Moscovia llegó a ser el imperio de la URSS, mediante sucesivas olas de expansión irresistible seguidas por largos períodos de estancamiento, invasiones extranjeras, contradicciones. Entre las primeras y más importantes de aquellas invasiones figura la de los tártaros, pueblo mongólico que dominó 250 años, hasta fines del siglo XV. ¡Tártaros!

Cuando nuestra protagonista pasó por Polonia quedándose una semana, significaba para ella adentrarse en un mundo que era sinónimo de pintura de chozas de madera decolorada hasta que los troncos de las paredes aparecían desnudos y grises. Ella todo lo registraba en sus pupilas y no se iba jamás de su mente nada de lo que mirase, acordándose del odio tan tremendo que por los polacos tuvieron los nazis, ¡cuánto sufrimiento! ¡Si es que se podía respirar el llanto amargo, los crujidos del corazón de tantos y tantos mártires!

Los campos cultivados dan paso a los pantanos, y los bosques de abedules, con sus grupos de arbolillos de troncos blancos, que se extienden interminablemente a través del paisaje. Ahí dejaba atrás en el recorrido del tren los holocaustos, el sufrimiento humano y a ella le parecía ver en esos campos y bosques, soldados, gente ataviada pobremente, cuerpos desnudos, gritos, muchos gritos, Jorge Semprún y tantos otros compatriotas. Por fin, el tren que rechinaba sin cesar cuando atraviesa los suaves campos de la Rusia Europea (la parte occidental del país) más allá de los pantanos de Pripet, le producía estupor.

Ahí habrían caído muchos hombres de los ejércitos rusos, pobres criaturas que habían defendido tradicionalmente sus fronteras contra sus homólogos invasores europeos. Los mejores rusos con sus almas ahí, honestos ucranianos muertos de inanición…tanto dolor en aquellas atmósferas que ella misma veía las almas caminar vagamente como quien busca su identidad para poder descansar en paz, quizás demandando venganza. De vez en cuando, un tractor rompe la monotonía del yerto del desolado campo, y la regordeta mujer que lo conduce va envuelta en chales que sólo dejan ver sus rubicundas mejillas y sus grandes ojos. Quizá un barbudo campesino con botas de caucho aguijonea a un descarnado caballo uncido a una carreta o un trineo. Los campos y pastos sin cercar de la Rusia Europea, se extienden hasta el lejano horizonte, y más allá de las suaves y ricas planicies o “estepas” de Ucrania, hasta el mar Negro en el Sur y por los interminables bosques y pantanos hasta el golfo de Finlandia y el mar de Barents, en el norte. Era un espectáculo sobrenatural.

Sólo al cabo de largas horas se podrá ver el primero de los muchos anillos que circundan a Moscú, la meca no sólo de todos los rusos, sino de gran parte del mundo comunista. Se topaba con un círculo que era el suburbio de dachas donde los moscovitas más afortunados poseían o alquilaban casas de campo, en tanto que sus vecinos más pobres, a quienes no se les permitía instalarse en el repleto Moscú, se conformaban con vivir en casas más modestas, en realidad casas pobres. En la distancia se avizoran las altas y grises torres de los rascacielos de Stalin, que se levantan por encima de las cúpulas a las que en otro tiempo Moscú debió el nombre de La ciudad de Cuarenta Veces Cuarenta Iglesias. Dentro de la Estación Bielorrusa se recibe la primera bocanada áspera de Rusia: el sudor humano y el olor rancio del pan negro. Los bancos repletos de campesinas envueltas en sus chales y de hombres con botas de caucho rodeados de cajas y sacos. Cuánto había de verdad en aquellas imágenes.

Después los anchos bulevares que corren en todas direcciones a partir del Kremlim, tiras de asfalto que miden a veces 30 metros de ancho, atestados camiones que despiden nubes de humo por el escape de pequeños taxis y limusinas en las que un funcionario va junto al conductor para subrayar su actitud democrática. Muchos de los automóviles son bastante nuevos, otros no. A lo largo de las angostas aceras, a ambos lados del bulevar, los ríos de peatones van y vienen del trabajo precipitándose dentro de las tiendas para comprar comestibles o deteniéndose unos segundos para admirar los escaparates. Sonia tomaba nota de todo. Un conductor la llevaba en coche. Su avión la desplazó hasta Frankfurt y el resto de viaje hasta Moscú en coche. Mientras Sonia se preparaba. Iba ataviada como una profesora, periodista.

Una investigadora universitaria.

Casi lloraba cuando veía las gentes, los rostros impasibles y sin expresión, como los de cualquier atareada muchedumbre urbana que no siente, porque son como seres de hierro, para qué sentir algo, mejor, no sentir nada. La mayoría viste sobria, aunque correctamente, y por lo general, los hombres escogen los tonos oscuros. Muchas mujeres buscan colores vivos: vestidos estampados, bufandas de colores intensos y sombreros de variados tonos, desde el magenta hasta el aguamarina. Con todo, Sonia con un gran nudo en la garganta decidió no escribir más por el momento y entrar en la casa donde debía hospedarse hasta su regreso a España.

Aquella tarde vendría Yuri Nosenko a trabajar a casa de Sonia. Los gustos rusos y españoles a veces son distintos y en esas alturas mucho más. No sabía si le gustaba el sabor del “ajo” tan español en las comidas, o profundizar en la cebolla como aditivo, no sabía bien qué hacer ni cómo recibirle. Quería sorprenderle y conquistar los sentidos de aquel hombre que de momento le gustó porque era alguien posible para adueñarse de su corazón. Había en Sonia cierta masculinidad en mucho de su manera de pensar, en sus ideas, en su manera de querer, ella misma se definía como mujer de pelo en pecho, lo cual no dejaba de ser entre sus amigos madrileños de la Facultad, un acto de humorismo supino. Para conquistar a aquel hombre recurrió al remedio de la abuela que dice que para conquistar a un amante, primero tienes que conquistar su estómago, sus gustos en las comidas y todo eso que les inculcaban a las jóvenes de la época en el sistema franquista en la Sección Femenina y en Falange donde Sonia había hecho sus pinitos.

Alimentarse para Sonia significaba casi una cuestión puramente casual, comía porque tenía que comer, pero lo hacía sin ganas, aunque era consciente en efecto de que para aquellos que les gusta comer, hacerlo es un gran placer. Ya había entrado en contacto con las comunidades de españoles y con su fali personaje se había visto con Dolores Ibarruri, Santiago Carrillo y tantos otros. Ahora había jóvenes españoles en Rusia. Los niños que se marcharon de España, cuando sus madres los enviaron para salvarles la vida, pensando que en cuanto terminara la guerra, volverían a verlo. Nunca los volvieron a ver.

Sonia entonces, pensó que cocinar algo español era un poco arriesgado, de modo, que se propuso elaborar la cena según las costumbres rusas. Era de vital importancia para ella la manera de comer de su ya idealizadísimo hombre, idealizado porque en realidad acababa de conocerle. A ratos invadían su mente los muertos dejados atrás, el atentado, los mártires de su facultad, Grabrielito, el Coronel…pero rápidamente disociaba en su mente y olvidaba con facilidad.

Ahora habían pasado esos seis meses donde la naturaleza les entregaba a los fríos enormes de Rusia, que para una española mediterránea y de carácter era una prueba terrible. Con Nosenko tan solo había tomado de vez en cuando el té en los despachos del Departamento, en la Universidad Estatal con todo tipo de dulces y pastas. Sonia miraba y miraba a aquel hombre atontada de ver cómo se comía aquellos pasteles, despacito, mirándolos...con felicidad.. Después intentaba alejar de su mente esas ideas cursis y horrendas, hijas del erotismo, y lo conseguía, vaya que lo conseguía, tenía un poder y un dominio sobre si misma fuera de lo normal.

Luego, se fijaba en sus pies, en cómo los cambiaba de lugar, cómo se cruzaba de piernas, como las abría, la manera de meter sus manos en los bolsillos, en cómo cogía el bolígrafo, el cigarro, cómo miraba por los ventanales, cómo paseaba por aquellos históricos pasillos de facultad, cómo movía sus manos....todo, Sonia observaba a Yuri en todo. Como suele ser frecuente en las gentes que se dedican a la literatura y la crítica literaria, aquel hombre le parecía enigmático en cuanto a su vida privada se refiere. Eso sí, le llamó bastante la atención que supiera hablar el inglés.

Los españoles, tienen por lo general una tendencia muy grande a abrir su corazón a los demás y con él su carácter y los detalles de su vida. En ese sentido, muchas veces no se sabe con quién se está hablando, pero con la enorme observación de los caracteres que tenía Sonia, en seguida se podía hacer a la idea perfectamente. Sabía rápidamente y en poco tiempo, el tipo de persona que tenía delante, con la manera extrovertida española, al final conseguía enterarse de muchas cosas. No así sucede con el carácter ruso, mucho más celoso de su intimidad porque en general su intimidad —si es que la tienen — les importa en realidad muy poco. Como es costumbre entre el profesorado de letras y por razones de puro academicismo y de tiempo, sobre todo de tiempo, no queda mucho más para las relaciones familiares o para una pareja, aquel que tiene mucho que hacer, lo hará mejor si está solo, sin grandes compromisos o responsabilidades porque en ese caso estas perdido. La Universidad te come y te vuelves loco para estar a la altura de las circunstancias en muchos asuntos, que en realidad no importan nada más que al investigador y estudioso.

Pero aquella noche Sonia pensó que intentando cocinar comida rusa, llegaría más a él, vería que se había esforzado intentando realizar una proeza para “conquistarle” hecho en sí del que la mayoría de las veces y ya se ha comprobado, está de más. No encontraba los productos que ella quería, acostumbrada a variar mucho su dieta en función de los muchos viajes que había realizado, en aquel Moscú de finales de los sesenta no había gran cosa, además de una vida marcial y algo triste.

No podía sorprenderle con una cena francesa, pues en aquellos días, difícil era conseguir ciertas cosas de manera “normal” es decir sin que fueran de contrabando. Ella no se iba a arriesgar por una cena informal con un compañero de trabajo. Finalmente consiguió un buen caviar –que había conseguido el fin de semana anterior en San Petesburgo- que preparó sobre pequeñas rebanadas de pan con mantequilla, no sin antes ofrecer diversos canapés, Pirozhkí y entremeses para poder inaugurar según costumbre rusa la noche con vodka. Para esta bebida se gastó una buena parte de sus honorarios adquiriendo varias botellas de Russki Standart su marca preferida, añadiendo además unas aceitunas que había conseguido días antes en el mercado negro y algo de foie francés. Daba igual, la ocasión lo merecía. No podría obsequiarle con un stek-haché a la francesa porque a los rusos no les agrada la carne poco hecha, de modo que la cena se terminaba de forma sencilla con unos blinis pequeñitos rellenos de queso, una Borsch realizada por ella misma aunque con un sabor bastante diferente, y un strogonoff que sabía a cualquier cosa menos al strogonoff ruso. Consiguió de aquella manera hacer una cena parecida a las cenas rusas, parecida.

Aliñó los alimentos con condimentos españoles y el resultado fue una mezcolanza de sabores muy parecida a la que habría de suceder unas horas después: la mezcolanza de personas. Con todo, Yuri apreció bastante aquel acercamiento por parte de Sonia a la cultura de su país, no obstante, aquel hombre al ser hijo de español tampoco le parecía tan raro todo aquello, cosa que sorprendió gratamente a nuestra amiga. Por otro lado estaba un poco cansado de tanta pureza soviética.

Sonia llegó a su vida como ángel caído del cielo, vino como un viento fresco, casi un huracán a su vida de costumbres y más costumbres. Sonia esperaba para poder experimentar por ella misma cómo sería un brindis –tan repetitivo y tradicional- con un ruso estando a solas, —menudas tonterías se me ocurren — pensaba para si. Este se comportaba lo que podríamos decir “normal” al principio donde al hablarle Sonia de lo diferentes y complicadas resultan las relaciones humanas.

Yuri Nosenko era hijo de un español republicano que durante el éxodo de la guerra civil había emigrado a Rusia, claro, como tantos otros. Aquel hombre que se llamaba Ángel Valbuena Mendoza pasó a llamarse Boris Nosenko y su hijo Yuri Nosenko al realizar una falsificación de su pasaporte y de todos sus documentos. En aquellos días Juan Malagón, otro español que estaba en Moscú, que era el mejor dibujante, falsificador que nadie pudiera imaginar, no había trabajo que no pudiera hacer a la perfección. Así lo hizo. Como prueba de ello Semprún había entrado en España como agente infiltrado en siete ocasiones y cada vez con una documentación nueva, perfecta. De aquella noche saldrían grandes acontecimientos que después se relatarán. Nosenko era del KGB.

Ella sabía que el KGB había sido creado no hacía mucho precisamente por Nikita Jruchchov al haber eliminado a Beria quien a su vez fusionó el MGB (Ministerio de Seguridad del Estado) y el MVD (Ministerio del Interior) Jrushchov tuvo el campo libre para poder poner al mando del KGB (Komitet Gosudarsetvennoi Bezopasnosti) o Comité de Seguridad estatal a uno de sus hombres, Iván Serov. Estaban obsesionados con todo aquello que pudiera ser objeto de investigación, de traición, de espionaje, investigarlo todo era lo que básicamente hacían y especialmente obsesionados con lo que estuviera en contra del comunismo.

La joven había preparado su casauniversitaria con una pequeña zona de estudio, simple pero cómoda, diversos libros sobre la mesa, alguna enciclopedia...un diccionario. Siempre viajaba con dos juegos de sábanas y una toalla que no perdía ni muerta compradas en Galerias Preciados, lo que era un auténtico lujo para cualquier ruso de aquel tiempo donde se empezaba a abrir hacia el mundo, el consumo, lo extranjero...Ese día tenía puestas en la cama las sábanas de satén negras, las otras eran blancas, blanquísimas como la pura nieve. Sobre las blancas con puntillas de algodón y sus iniciales, aquella mujer parecía un ángel, de piel maravillosamente tamizada por el sol tomado otrora.

La extraordinaria belleza y cuidado de su ropa interior no dejaba inerte a nadie, puesto con finura sobre aquel cuerpo con formas guitarra muy muy estilizada. No quiso saber nada del mundo, ni de si misma por primera vez en su vida. Había amado tanto a aquel hombre que se atrevía a todo, sentía una fuerza interior que la superaba, una naturaleza nunca jamás perfilada, ni siquiera atisbada en algún solitario sueño. Yuri se interesó por la vida sentimental de su compañera de departamento en aquella cita, cosa extraña en un lugar donde esas cosas no importan. Sonia le dijo que no tenía a nadie que le esperara...

Volcada en su trabajo de periodista de investigación y de profesora de español jamás sintió la necesidad de compartir su vida con hombres, ni falta le hacía tener uno a su lado, ni le convenía para su libertad personal y económica. Soy muy joven todavía le dijo a Nosenko. Ella era autosuficiente hasta aquella noche en que sentía un cambio en su interior enorme e inexplicable. Sin saber cómo que es como suelen surgir los grandes pasos en la vida se rompía por dentro cuando Yuri comenzó a acariciarla con una dulzura y una seguridad inimaginable. Era como si supiera de sus traumas y estuviese decidido a pasar una página en la vida de su amiga. La ternura sin igual que se profesaban recíprocamente dio paso a un estado todavía mucho más difícil de conseguir que con el vodka y es el éxtasis al que se puede llegar cuando éste es producido por la química de las emociones y de los sentimientos, sin dejar de lado la pasión, claro. No hay nada como la naturaleza para darse cuenta de que todo lo demás no existe en nuestra realidad. Besó el cuerpo de aquel hombre millones de veces, sus ojos de color azul que cuando se encontraba con los suyos negros sentía el excitado hombre, que aquello era poseer a un ángel caído o a la humanidad entera.

Nunca jamás hubiera ni siquiera imaginado lo trascendental del sexo cuando este se hace por amor, la pasión exacerbada por el dominio del gusto, con la seguridad de que todo lo que está pasando es magnífico y placentero para la otra persona sin necesidad de preguntar. Una de las cosas que le sorprendieron a nuestro amigo ruso, fue la pasión mediterránea de aquella mujer, el mando, la seguridad y el compromiso emocional en el que se hallaban los dos. En los espacios de descanso y contemplación Yuri no dejaba de enredar sus dedos por aquellos cabellos oscuros, de besarla más y más, de aplastarla para si en un intento de querer ser un solo cuerpo. El olor de su piel, el magnífico aroma del sexo de Sonia, de una limpieza angelical se coló dentro de Yuri, que había descubierto a Eva y con ello, un sentimiento que jamás había ni siquiera imaginado llegar a tener.

No podía dejar de pensar en su almohada sobre aquella pasión sin límite vivida tan solo durante 48 horas con aquel ruso. Pensó que ya no podría poder vivir ni un solo minuto de vida si no estaba junto a él. Aquel abrazo donde había dormido esas horas, aquel regazo interminable de gozo y de pasión fueron para Sonia en una definición sencilla, lo único válido de su vida emocional. Era tal privilegio el que sentía, un placer tan enormemente singular, único que profesaba esa sensación que el sueño nos produce tan de tarde en tarde de vivir un auténtico sueño, éste ahora, hecho realidad.

En lugar de quedarse con esa sensación sintió de manera casi obsesiva, de nuevo una pasión que le ahogaba, que la apartaba de este mundo, se sentía incapaz de moverse, postrada en aquel lecho de amor absoluto. Amanecía. Los amaneceres en Moscú en nada se parecen a los de otro lugar porque son únicos y hay que aprovecharlos, simplemente son citas con la Creación en una unicidad solamente singular para el que lo vive así. Los rusos no se aperciben porque están tan acostumbrados que no les da tiempo ni a vivir ni a sentir el escenario en el que viven. Si alguien puede adueñarse de otro, entonces ese era el caso. Yuri Nosenko se había adueñado por completo de aquella mujer. Nadie que esté en su sano juicio puede llegar a imaginar o mejor a saber, el impacto que una raza diferente a la nuestra o una nacionalidad dispar puede llegar a tener en el corazón de una mujer o en el de un hombre, que digámoslo así, a la hora de sentir, tanto monta, monta tanto.

— No te vayas por favor, asintió Sonia, no te vayas amor, que no puedo dejar de tenerte en mi mente, en mi corazón, ahora en mi cuerpo...por favor, no te vayas.

— Nosenko, no dijo nada, se acercó al lecho, volvió a abrazarla fuertemente una y otra vez, besaba su cuello, su rostro, su cabello como nunca lo había hecho antes. Cada vez que pronunciaba su nombre español Sonia, con ese acento de ruso que habla otra lengua, se estremecía. Escuchar el timbre de la voz de Yuri era algo sensacional. No quería irse y no se fue, lo cual fue lo mejor que pudo hacer en ese caso.

— Ahora sí tengo que marcharme y tú también. Sí pero antes tomemos café juntos.

Sonia tenía que partir de inmediato a Madrid y no podía decir nada a Yuri porque este ni siquiera podía imaginar que su amiga, ahora amada, colaboraba con los servicios de espionaje soviéticos y españoles y que se camuflaba —haciendo ver lo que no era — bajo la apariencia de profesora de hispanismo y escritora de reportajes como si fuera espía franquista. Con todo, actuaba muy bien. Sonia esa misma noche había recibido otro mensaje encriptado hablando de Nosenko. ¡tenía que actuar! En esa gran prueba que formaba parte de una causa.

El que no actuaba tan bien era Yuri Nosenko. Sonia le asesinó por medio de su arma, una pistola que disparaba un chorro de gas cianuro, con ello aparentaría una muerte natural por paro cardíaco. Después informó al KGB de que aquel descendiente de españoles Yuri Nosenko que en apariencia estaba al servicio de la KGB, era un doble agente al servicio de la CIA, Jrushchov quedó satisfecho de su hija, era revolucionaria de raza y había actuado por encima del amor por una causa por la causa.

Sonia se había enterado –y en esto no le falló sus sospechas del perfecto inglés de su admirado amigo — además de la carta que le llegó poniéndola sobre aviso. Ella no sabía que esa carta delatando a Nosenko la había enviado Juan Santiago Burgos quien le descubrió por sus amigos diplomáticos. Nosenko no supo manejar la situación cuando en Zürich y en uno de sus viajes se emborrachó después de haber pasado la noche con una prostituta. En ese momento era uno de los mejores agentes del KGB. Tenía que intentar infiltrarse en la CIA, pero cuando descubrió que todo el dinero que llevaba se lo había robado la prostituta sintió temor por las posibles represalias que podía tener de parte del KGB. Contactó con un amigo diplomático de la embajada de los EEUU y comenzó a espiar para los americanos. Descubrió y delató a más de 300 agentes soviéticos entre los que se encontraban los Burgos, descubrió para los americanos el sistema de espionaje de los rusos por medio de micrófonos camuflados en tubos de bambú. Cuando comenzaba a sospechar de que podía ser descubierto quiso desertar en un a modo de viaje programado con Sonia para salir de la URSS. No le hizo falta. Sonia tenía que eliminarlo y así lo hizo. Eso era lo correcto.

1 comentario

  • Luz Martín de García Sábado, 11 Junio 2022 19:34 Enlace comentario

    BRAVOOOOOO, CONTINUEMOS.
    FELICIDADES AL OBRERO

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