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Betty Friedan y la rebelión de las mujeres


Betty Friedan. Betty Friedan.

Los sesenta fueron una década prodigiosa en muchos aspectos, también en el de la lucha por la igualdad de género. En 1962, Betty Friedan publica La mística de la feminidad, un libro llamado a convertirse en un bestseller de la nueva ola del feminismo. La insatisfacción femenina que había radiografiado Friedan se enmarcaba en un amplio proceso de cambio social. La expansión económica que siguió a la Segunda Guerra Mundial multiplicó los salarios, con lo que muchas familias pudieron mejorar su estatus a través de automóviles y casas en barrios acomodados. Surgió así una clase media que pasó a vivir en una especie de getho para ricos, donde la gente se hallaba desconectada de la suerte del común de los ciudadanos. Estos afortunados se convirtieron en los colonos de una “frontera de juguete”, en un territorio donde no se encontraban ligados a sus vecinos por ningún tipo de lazo social.

En este ambiente en el que el bienestar y el aislamiento iban de la mano, mucha gente empezó a preguntarse por el sentido de sus vidas. ¿Se reduciría todo a ser un engranaje más de una sociedad masificada? Entre la juventud, el descontento se expresa a través de la figura del “rebelde sin causa”, encarnada por el mítico James Dean. El hombre anónimo se sentía insatisfecho, la mujer anónima también. El ama de casa frustrada, como señala el politólogo Mark Lilla, apareció entonces de forma recurrente en la literatura y el cine. Había llegado el momento de preocuparse no solo por la riqueza material, también por valores como la autenticidad y la plenitud.

Aunque se habían conseguido los derechos civiles para la mujer, faltaba hacer cumplir en la práctica lo que señalaban las leyes. Esta será la gran preocupación de esta nueva ola del movimiento feminista. En el caso de las mujeres de clase media, el sentimiento de insatisfacción se transforma en un cuestionamiento de la “mística” que las empujaba a abandonar los estudios para concentrarse en la familia. Sin más horizonte vital que hacer camas y preparar desayunos para su esposo y sus tres o cuatro hijos. Mimi Alford, una becaria de la Casa Blanca que tuvo una aventura con el presidente Kennedy, describe en sus memorias este modelo de mujer. Al hablar de su madre, la presenta como un ama de casa arquetípica y pluscuamperfecta: “La habían programado para que se comportara así. Su ambición en la vida había sido casarse, criar a toda una progenie de niños bien educados, liberar a su marido de toda tarea que pudiera interferir con su súper importante carrera, crear un hogar feliz y confortable, y llevar la economía familiar de forma que jamás gastáramos más dinero del que teníamos”.

Antes de pensar en ir más allá de las ambiciones domésticas, Betty Friedan había sido un ama de casa con tres hijos que vivía en un barrio residencial, que trabajaba como periodista por libre. Tomó entonces conciencia de que algo no funcionaba bien en el mundo femenino. Cuando comenzó a investigar, pronto observó que otras mujeres compartían su desazón, una disconformidad que aún no encontraba una forma de expresión. Como hubiera dicho Ortega y Gasset, sabían que algo pasaba, pero no el qué.

Alford, en su autobiografía, confiesa que en su juventud pocas mujeres pensaban seriamente en hacer carrera después de su graduación. Ese era “el talante de la época”. En esos momentos, lo normal para una norteamericana era aceptar que el hombre estaba al mando y que ella ejercía solo una función auxiliar. Sin embargo, a partir de Friedan, el desempeño profesional deja de ser un simple adorno para esposas y madres, en familias donde no hay más éxito concebible que el del marido. El nuevo feminismo revindica un tipo de mujer muy distinto de la que permanece en casa, dispuesta a cualquier sacrificio para guardar la línea, entre revistas dedicadas a potenciar los estereotipos de género.

La mística de la feminidad alcanzó enseguida el status de bombazo editorial: tres millones de ejemplares vendidos. La concesión del premio Pulitzer vino a reconocer los méritos de un clásico solo comparable en influencia a El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir. Durante el resto de su vida, Friedan fue una escritora reconocida y canalizó su activismo a través de la asociación que contribuyó a fundar, NOW (Ahora), la más influyente dentro del feminismo de los años setenta.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.